jueves, 24 de mayo de 2018

Proyectos del pasado, de Ana Blandiana




            No ayuda el formato cuadradote de la edición, el color, la austera portada, los tipos desfilando en formación como un ejército en marcha hacia la derrota, los escasos o nulos puntos y aparte, la falta de diálogos. Nada alegra la mirada del lector, y cuando, por fin, entra en este jardín de plantas secas, y avanza por los surcos resquebrajados tiene que hacer enormes esfuerzos para permanecer en ellos y vencer la tentación de saltar a otros jardines en busca de la humedad y los aromas de la vida. Sé que el libro fue publicado en origen en 1982, y sus cuentos escritos antes, sé, al comenzarlo, que el lienzo sobre el que han corrido sus historias es el de la inhóspita dictadura de Ceaucescu, que todas las dictaduras entregan a sus gentes terrenos baldíos para que vivan en ellos, que no hay alegría en ellas y que cada una es una afrenta a la dignidad humana, pero un escritor es un artista y no debe conformarse, su mirada debe prolongarse en el tiempo y en el espacio.

             La mayor parte de las historias que relata Ana Blandina parecen como tiradas de dados, donde se describen con detalle los prolegómenos del juego, con abundantes interpolaciones que parecen no venir a cuento, donde se dicen pocas cosas de los jugadores, apenas sabemos de ellos, y se alargan en descripciones, enumeraciones, fraseos que ponen a prueba los nervios del lector, esperando a ver que sale del cubilete de la escritura. Algunos finales son graciosos, un delfín que parecía de plástico pero que un niño muestra que es auténtico, unos ángeles, doce, que salen de los huevos empollados por una gallina, una isla en medio del Danubio sostenida a hombros por soldados vivos y muertos, unos gorriones que elevan en el aire una Iglesia antigua, pero apenas producen efecto en la somnolencia del lector (yo). El efecto buscado es como un alfilerazo en las nalgas del dormido, pues la dictadura a la que se pretendía irritar no podía hacer nada, no se podía esperar de ella una reacción porque estaba muerta antes de que se proclamase su defunción en aquel sainete de los últimos días de diciembre de 1989, cuando el dictatoru cayó en Târgoviște. Quiero decir que estas historias están demasiado apegadas al tiempo histórico y a su geografía como para convertirse en historias kafkianas, es decir, universales.

             Quizá la única con valor de verdad es la que da título al volumen, Proyectos del pasado, en la que se imagina una retroutopía, un comenzar de nuevo exitoso: a nueve individuos se les condena durante once años a desaparecer de la vida social abandonándolos en medio de un paraje inhóspito, allí, en esa isla habrán de empezar a vivir de nuevo, como si en el mundo no hubiese más habitantes que ellos. Es tan esquemática como las demás historias, los personajes solo tienen nombre y algún detalle, apenas ocurre nada, pero al menos hay las trazas como para que el lector la levante con su imaginación.




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