martes, 8 de noviembre de 2016

Cero K, de Don DeLillo


            La dualidad da entidad a lo que somos, cuerpo y mente, a lo que nos diferencia, hombre y mujer, a lo que nos parecemos, pero con lo que entramos en conflicto, padre e hijo, a lo que nos identifica y nos hace diversos, individuo y multitud, a lo que nos da conciencia, nos alarga y nos desgasta, presente y futuro, a lo que nos da sentido y nos niega, vida y muerte. Estamos inscritos en esas divergencias pero nuestro anhelo es superar nuestra entidad dividida, que nuestro cuerpo material no sea un freno, ser uno con la mujer de nuestros sueños, superar el conflicto con el padre o el miedo de vernos frente al otro diferente, conquistar el futuro, predecirlo y someterlo y que la muerte sea un recuerdo del pasado en la utopía de una vida prolongada indefinidamente. Lo que somos, lo que queremos ser, la vida real y la vida de ficción que nos construimos sin parar. Humanidad, naturaleza.

            La novela podría haberse titulado La Convergencia, el nombre de la institución que inaugura el futuro, pero DeLillo habrá tenido sus razones, meditadas, sin duda, para quien tanta importancia da a la precisión léxica, a la definición de los conceptos, una continua referencia en el texto, para titularla Cero K . Se refiere al cero absoluto, -273º centígrados, una alusión, no exacta, a la criogénesis. La estructura novelística se despliega entre el presente, al que amenaza la catástrofe, y un futuro incrustado en él, ese cero k de la criogenización que permite suspender la vida justo antes de morir. Un futuro en el que convergen y se superan las dualidades que nos desgarran. Jeffrey y Ross Lockhart son el padre e hijo cuya flecha hacia el futuro sigue la trama. Jeffrey, el narrador, es un hombre que no encuentra un lugar en el mundo, se presenta continuamente a entrevistas de trabajo, no encuentra una mujer a la que unirse, siente el peso de su padre. Por el contrario, Ross es un genio de las finanzas que alcanza la portada del Time. La novela comienza cuando, tres décadas después de que Ross lo abandonase, a él y a su madre, Madeline, pide volverlo a ver. Ross quiere que su hijo esté presente en el proceso –una forma de criogenización- que ha de convertirle, a él y a su segunda mujer, Artis, en inmortales, cuando la tecnología sea capaz de resucitarlos. El lugar donde eso sucede se denomina la Convergencia. Es un lugar abstracto (“El más allá lunar del planeta, con un vínculo especial a una vida que ya no es transitoria”), situado en algún punto del Asia central (“Una geografía agreste, más allá de los límites de la credibilidad y de la ley”), aislado del mundo y de la historia, protegido ante la inminencia de la catástrofe (“El Apocalipsis es inherente a la estructura del tiempo”), construido según un diseño indiferenciado.

            La primera parte de la novela describe la materialidad abstracta de ese lugar, su frialdad numérica, cómputos, nombres, definiciones, su arquitectura esterilizada, vaciado de sentimientos, de humanidad. Allí acuden personas con enfermedades terminales, pero también otros, como Ros, que quieren adelantar el proceso (Ross ama a Artis), heraldos del nuevo mundo sin historia que se anuncia. Ross y otros potentados como él usan el dinero para construir ese refugio intemporal. Aparecen personajes símbolo o emblema, a quienes el narrador busca un nombre que los defina, el Monje, Ben-Ezra, los gemelos Stenmark, que van describiendo las características del proceso. Los nombres y las definiciones de los términos son una parte decisiva de la novela. En la segunda parte, Jeffrey vuelve al mundo real. Un mundo que igualmente necesita definiciones precisas, en el que también hay personajes símbolos: Stak, el hijo extraño de la mujer que ama, Emma, con quien no consigue establecer una relación continuada; la mujer inmóvil y con los ojos cerrados que aparece en una acera de la ciudad o en el andén del metro. Hay una voluntad de contraponer a padre e hijo, su relación con las mujeres, con el trabajo, antitéticos en la forma de concebir la vida y la muerte, el presente y el futuro, la vida insulsa donde la humanidad se desarrolla (“La vida contemporánea es tan insustancial que puedo atravesarla con un dedo”, dice un personaje) y la voluntad de programarla y preservar los cuerpos para un nuevo mundo sin historia (“¿Estaba aquella gente trastornada o bien era la vanguardia de una nueva conciencia?”).

            ¿Es vano o condenado al fracaso el intento, sueño o delirio de sintetizar la dualidad? La lectura de Cero K nos enfrenta a esa pregunta. Deseamos que la mujer que amamos se funda con nosotros. Queremos preservar nuestra identidad en una ciudad invadida por identidades amenazantes. El espejo es el notario de nuestra decadencia, pero también de nuestra progresiva fusión con el padre de quien deseábamos separarnos. Advertimos la digitalización de nuestras vidas, pero hacemos lo posible por tecnologizarlas. ¿Cómo hacer frente a la desnaturalización del mundo? Asistimos a un proceso de virtualización, elevados a una realidad flotante, descarnados, incorporados a la corriente de los megadatos (“La tecnología se ha vuelto una fuerza de la naturaleza. No la podemos controlar”). Ross se entrega a ella. Jeffrey se encoge. Quizá el dolor, la pérdida, la cercanía de la muerte hagan aflorar como ninguna otra cosa la humanidad que nos hace únicos, pero anhelamos prolongar la vida, soñamos con una vida eterna.

            DeLillo lo cuenta con un estilo depurado de ganga retórica, frío como un informe o como un documento notarial. Reduce la narración al mínimo, adelgaza el volumen de sus personajes para convertirlos en abstracciones, el relato deja paso al ensayo, a las ideas. La lectura exige concentración y esfuerzo, pero merece la pena.

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