domingo, 20 de julio de 2014

El huérfano, de Adam Johnson


            La primera impresión en la lectura de El huérfano es de caos y desorganización. No sé cómo ha procedido Adam Johnson para construir su novela. Está clara la división en dos partes. En la primera su protagonista Jun Do explica en estilo indirecto libre su biografía antes de desaparecer en una de las terroríficas minas-prisión: desde su vida de huérfano sin nombre propio, en Feliz Porvenir, el orfanato donde los niños, antes de los nueve años, morían de hambre o a consecuencia del trabajo, antes de los once, hasta los diferentes empleos en el ejército después, instruido para combatir en ausencia de luz en los túneles de la zona desmilitarizada entre las dos Coreas o como secuestrador en las ciudades costeras de inadvertidos ciudadanos japoneses, como espía en un barco pesquero captando conversaciones a través de un rústico sistema de escucha, como enviado del gobierno en una misión diplomática al rancho de un senador americano en Texas y, por fin, su destino en el sumidero de la Prisión nº 9. En la segunda parte, diferentes voces construyen el segundo avatar de Jun Do, cuando de modo imprevisto escapa de la mina-prisión de la que nadie ha escapado nunca, usurpa el nombre y personalidad del Comandante Ga y vive una vida que no le corresponde de alto funcionario del régimen, con la mujer del comandante, Sun Moon, y sus dos hijos.

            Quizá ese sistema de agregación de episodios aparentemente inconexos sea la forma más adecuada para darnos cuenta del mundo ignoto y surreal de la dictadura de Corea del Norte. Y a fe que Adam Johnson lo consigue. Hasta en los menores detalles nos ofrece una información precisa y realista de los modos de opresión y miedo, de humillación y supervivencia, de horror y esperanza por lejana que pueda parecer, un mundo donde la violencia y la arbitrariedad siempre están presentes. La yuxtaposición de episodios tan diversos, contados por voces distintas: la del propio Jun Do, acostumbrado desde su orfandad a ver el mundo sin emoción y con una capacidad sobrehumana para sobreponerse al dolor, pero que sin embargo persigue la sombra tatuada en su pecho de la actriz más famosa del país Sun Moon; la de los altavoces públicos del régimen, uno en cada vivienda, imperativos, amenazadores, secamente persuasivos, que todo el mundo ha de oír por encima de su voluntad; la del interrogador inteligente, de la División 42, que persigue construir biografías completas de sus torturados, biografías que una vez completadas se archivarán para que nadie lea, que por su oficio se entera de la realidad, la acepta y la rechaza en un mismo gesto de voluntad; la de un narrador omnisciente, por fin, que va entrelazando y contando lo que las otras voces no pueden contar, la verdad que todos temen y se niegan a aceptar, que Wonsan, por ejemplo, no es el mundo feliz donde se retiran los jubilados, que hasta los viejos interrogadores acaban en las minas-prisión, ese mosaico de sucesos y voces, pues, ayuda a comprender la extraña realidad de un régimen totalitario que vacía a los individuos de su individualidad, los uniforma por fuera y los llena de diques infranqueables para la imaginación o la fantasía de modo que la libertad sea imposible.

            Para contar el mundo real de la aparente irrealidad totalitaria el autor se sirve de numerosas argucias, desde el relato indirecto libre en la voz del protagonista, al directo que surge de los interrogatorios, de la confusión entre lo soñado y lo vivido al reflejo de lo impensable en diálogos o situaciones surrealistas, montando un gran rompecabezas que el lector va tratando de ordenar mientras lee con creciente interés. La información que nos transmite Adam Johnson es vastísima. Sería de interés otro libro que contase cómo ha llegado a ella, entre otras cosas consiguiendo un permiso de pocos días en ese país.

            Creo que hay algo en lo que el autor yerra, y es lógico que así sea porque Adam Johnson en un escritor norteamericano, y es que dota a su personaje principal de conciencia. Lo vemos  reflexionando, repasando su vida, las sucesivas renuncias hasta perderlo todo y quedarse vacío, pero sobreponiéndose, al final, hasta hacer una machada propia de un héroe americano. Pero, ¿pueden los norcoreanos haber adquirido conciencia de sí tras dos generaciones –estamos en la tercera- de arrasamiento, cuando ninguno de los que están vivos ha nacido en un mundo donde la individualidad exista? ¿Dónde están los disidentes o los que han conseguido huir?

            Adam Johnson ganó con esta su segunda novela el premio Pullitzer de 2013. Es profesor de escritura creativa, conoce por ello las técnicas de construcción literaria y la propia historia de la literatura. Es fácil pensar en los grandes autores del siglo XX que le precedieron en el intento de explicar lo inexplicable, las dictaduras totalitarias, la destrucción de la personalidad, el autoengaño, la denuncia de los padres por los hijos y de los hijos por los padres, un país que es una cárcel y un pudridero, en el que los individuos pueden llegar a pensar que la única liberación es la muerte. Orwell, Kafka, pero también los diferentes géneros literarios que le sirven para explicar la lógica del absurdo. Novela de aprendizaje, de aventuras, de intriga política, de dictador, novela rosa, novela distópica. Quizá no sea una obra original, pero el modo de disponer la información recopilada en 600 páginas en la que nada sobra tiene un mérito extraordinario. Leer esta novela es como leer un cuento en el que se explicitan las peores pesadillas, pero sabiendo que nada ha sido inventado. Todo es real y sigue ahí en un país llamado Corea del Norte.

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