Lo normal
es tomar Capitán Phillips como puro entretenimiento, una película en la que
entras con la emoción tasada, que no dura más allá de la salida del cine o del
clic en el mando a distancia. Un capitán de carguero entre una ciudad del Golfo
Pérsico y Mombasa es secuestrado por unos piratas somalíes. El capitán y sus
hombres están desarmados y los piratas lucen tremebundas metralletas y además
las disparan. Sin embargo.
Sin embargo la desproporción es tan grande. El enorme carguero y la lancha. La
ropa de calidad y las camisetas. Incluso un pirata va descalzo y en una escena
pisa los cristales de una botella rota y se hace heridas en el pie. La
incomodidad que siento ante esa diferencia entre los hombres del Occidente rico
y los de Somalia miserable es una incomodidad buscada, deliberadamente
producida por la película. Juegan con la mala conciencia. A pesar de su
brusquedad, de su violencia, nunca del todo extrema, los piratas son
presentados bajo el paraguas del sentimiento de culpa. No les falta razón,
pienso con mis recuerdos, con mis cientos de lecturas sobre el centro y la
periferia, sobre ricos y pobres, sobre África. El capitán tiene mi simpatía,
deseo que sea rescatado, pero hay un fondo inconsciente que exige lo contrario,
que los piratas se salgan con la suya. Un peldaño más en la construcción del
suspense. Inquietud, desasosiego, doble sentimiento a favor de Tom Hanks y de
los guerrilleros desastrados, pues eso es lo que parecen al fin más que piratas,
sobre todo cuando finalizando la película aparece la marina y los navy seals,
presentados de lejos, deshumanizados hombres biónicos, infalibles, robóticos,
mortales.

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