“Los personajes no nacen como los seres humanos del cuerpo de su madre, sino de una situación, una frase, una metáfora en la que está depositada, como dentro de una nuez, una posibilidad humana fundamental que el autor cree que nadie ha descubierto aún o sobre la que nadie ha dicho aún nada esencial (…) Una novela no es una confesión del autor, sino una investigación sobre lo que es la vida humana dentro de la trampa en que se ha convertido el mundo”.
En un mundo
donde las acciones no se repiten los actos más brutales o los más bellos
terminan por diluirse, relativizarse, desaparecer, en cambio si en ese mundo
girase el eterno retorno nietzscheano volveríamos a repetir nuestros actos o
bien podríamos tener la oportunidad de deshacerlos y obrar de forma contradictoria.
En un mundo donde las decisiones son irrevocables la vida marcha hacia delante,
sentimos su peso, si tuviésemos la oportunidad de repetir o rectificar la vida
sería leve."El tiempo humano no da vueltas en redondo, sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir".
¿Peso o levedad, cuerpo o alma, sexo o amor? ¿Una vida pegada a ras de suelo, pesada, u otra tan ligera como el aire? La vida humana acontece sólo una vez, ¿qué decisión es la correcta? ¿Arrojo o prudencia? ¿Es posible ser libre? ¿Podemos llevar una vida sin obligaciones, sin sentir el peso de la imposición?
Los
personajes de Kundera surgen de una imagen o de una frase o de un gesto, llevan
dentro una posibilidad que a lo largo de sus novelas el autor pretende
desarrollar. Las posibilidades que él, Milan Kundera, no ha podido
experimentar. Intenta realizar lo que en el mundo real no es posible. Aunque
cada uno de los personajes sigue su propio progreso, también su vida de ficción está
sujeta a la necesidad.
Tomás es un
cirujano de Praga que ha encontrado la felicidad en la forma leve en que se
relaciona con las mujeres: tiene una gran facilidad para seducirlas, se acuesta
con muchas pero no pasa la noche con ninguna de ellas. Hasta que conoce a
Teresa. Teresa vive en un pueblo, trabaja de camarera y siente la humillación
de una madre resentida. Conoce a Tomás de forma casual, una casualidad que
marcará sus vidas: lo busca en Praga, en su casa, y una gripe febril hace que
Tomás la deje pasar la noche en su casa. Ya nada les separará. Tomás seguirá
con su pulsión de conocer la vida a través de las mujeres, tratando de captar
la millonésima parte de diferencia que hay en cada una de ellas. Teresa será
fiel a su fidelidad, a su amor a Tomás, a sabiendas de que cada noche, en la
cama común, su pelo huele al sexo de otra mujer. En los momentos decisivos, sin
embargo, Tomás sigue el rastro de Teresa: la sigue a Zurich cuando los rusos
invaden Praga; la sigue a Praga cuando Teresa queriendo liberar a Tomás vuelve
a Praga sin avisarle, aun cuando él piensa en liberarse de ella; abandona
Praga cuando ella le propone marcharse a un pueblo lejano. Tomás siente que
Teresa ha llegado hasta él en un cesto arrojado al río, cómo Rómulo, como Moisés,
como Edipo, y que no la puede abandonar.
Sabina y
Franz son personajes antitéticos, cada uno lleva una posibilidad extrema:
Sabina la levedad, Franz la pesadez. Sabina era una de las amantes de Tomás en
Praga, se avenía a compartir la cama, aunque no la noche. Cuando las cosas se
pusieron feas abandonó Praga por Ginebra. Allí se encontró con Franz, un
profesor universitario. A Franz, como a todo el mundo, le costaba decidirse en
una dirección, pero lo hacía. Desde que la conoce, toma a Sabina como guía,
decide en función de lo que ella pensaría. La convierte en su ideal: "Sabina lo ve". Un día se presenta en su estudio y
le confiesa que ha dejado a su mujer y a su hija. Le pregunta si puede quedarse
a pasar la noche. Sabina no le contesta. Al día siguiente, cuando Franz vuelve
se encuentra el estudio vacío. Sabina abandona Europa por Nueva York y luego
por California, siempre lejos, sin fijarse en ningún lugar. Sin embargo, Franz
acude a las manifestaciones de protesta y a una llamada de una organización
internacional hasta la frontera con Camboya para protestar por la ocupación
vienamita, incluso está a punto de lanzarse contra las alambradas y convertirse
en mártir de una causa de la que, sin embargo, no está plenamente seguro de
apoyar. Irónicamente sufrirá un atraco antes de embarcar para volver a Europa,
de resultas de un golpe morirá en un hospital donde su mujer, cuyo
convencionalismo odia, le cerrará los ojos. Sabina deja escrito que su cuerpo
quede convertido en cenizas para no tener que reposar bajo una lápida de piedra.
Al final,
Kundera dedica todo un capítulo a la muerte de Karenin, la perra adoptada por
Teresa, al lado de quien ha sentido la mayor felicidad. Un amor sin obligación.
Tras su muerte, sueña con que Tomás se convierte en conejo y lo acoge en su
regazo. Entonces se da cuenta de que su debilidad ha sometido, a lo largo de su
relación, a Tomás. Tomás no ha podido ser el cirujano que podía haber sido:
abandonó una carrera en Zurich, fue expulsado del hospital de Praga, incluso
dejó de ejercer la medicina para ponerse a limpiar escaparates. Son los débiles
los que someten a los fuertes. Así se lo confiesa a Tomás, intentando ser
perdonada. Entonces Tomás le replica:
—Teresa —dijo Tomás—, ¿no te has dado cuenta de que aquí soy feliz?
—Tu misión era operar —dijo.
—Teresa, la misión es una idiotez. No tengo ninguna misión. Nadie tiene ninguna misión. Y es un gran alivio sentir que eres libre, que no tienes una misión.
Kundera
sitúa el contexto de su novela en los tiempos de la invasión rusa de
Checoslovaquia. Para los temas que quiere desarrollar podría haber sido otro
cualquiera, aunque esa situación le sirve para reflexionar sobre el peso del
poder en la vida de los individuos, cómo nos cambia y trastorna. Sus
reflexiones, a través de sus personajes, sobre el comunismo, el compromiso
político, la humillación, la traición, la delación, sirven para cualquier
sistema de poder. No han perdido un ápice de su fuerza. También le proporcionan
la excusa para momentos brillantísimos como la escena del interrogatorio de
Tomás por un funcionario del ministerio del interior. Y una de los mayores
hallazgos, a través de Sabina: la condena del comunismo, antes que moral, por estética. El comunismo, como los regímenes totalitarios, como las religiones
(¡Todo está en el Génesis!), como los movimientos de masas, incluso como
cualquier sistema de agrupación, es insufrible por ser kitsch, es el kitsch lo
que le hace despreciable.
“Nadie lo sabe mejor que los políticos. Cuando hay una cámara fotográfica cerca, corren en seguida hacia el niño más próximo para levantarlo y besarle la mejilla. El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los partidos políticos y de todos los movimientos”.

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