Coinciden en cartelera
tres películas cool, que tratan tres
temas muy vistosos, que están en el aire y preocupan socialmente, aunque quizá no de un modo vital, sino vagamente con esa preocupación moral, distante, de buen tono, de quien está al día, informado y concienciado, y que sólo afectan con
brutalidad a aquellos cuyas vidas los padecen. En Bestias del sur salvaje es el tema del
cambio climático, en El lado bueno de las
cosas el de la integración de personas con problemas mentales y en Il villaggio di cartone el problema de
los inmigrantes clandestinos.
En la primera, tras el
deshielo del polo sur, el agua asalta diques e inunda las tierras y sólo quienes disponen de
balsas y voluntad de supervivencia logran salir a flote. La protagonista es una
niña que vive con su padre en una zona de islas y canales. El mensaje es que
hay que estar a bien con el mundo. Como el mundo está visto desde los ojos de la niña el director se permite mezclar realismo y fantasía, aunque quizá no sea ese el problema principal.
En la segunda un hombre
bipolar sale de un psiquiátrico al que le había llevado su agresividad –había atacado
con virulencia al amante de su mujer. Vuelve a casa de sus padres con la
intención de recuperar a su ex mujer. En el barrio se topa con una vecina con
parecidos problemas a los suyos. La peli trata de la evolución de la relación
entre ambos y de cómo contra todo son capaces de salir a flote.
En la tercera, un
sacerdote de una iglesia desahuciada –está a punto de que la derrumben- se
encuentra con que esa noche una pandilla de clandestinos la convierte en su
guarida huyendo de la policía. El cura se entrega a ellos con todas las
consecuencias.
No siempre las buenas
intenciones –la extensión de la buena conciencia por el mundo- son suficientes
para hacer una buena obra, ni siquiera moral. En Bestias del sur salvaje el resultado es una especie de cromo bonito,
más cerca del dibujo animado que del drama ambiental. En El lado bueno de las cosas el planteamiento inicial convence y el
espectador está a la expectativa, atento a la propuesta para un tema
complicado, pero la segunda parte –en realidad son dos películas en una-
decepciona: se torna en una caramelizada love story entre dos chicos con
problemas mentales a los que el mundo acogerá con los brazos abiertos. Y en Il villaggio di cartone la lenta estética
de Ermanno Olmi no basta para que la invasión de la iglesia por los inmigrantes
se convierta en una historia.
Antes que nada las
películas, cualquier película tiene la obligación de interesar, de atrapar a quien paga para que le seduzcan, porque lo que cuentan es atractivo, porque las
historias son potentes, porque los guionistas se han roto los cuernos en el intento. No vale con jugar con la buena conciencia y el buen rollito moderno exhibiendo los temas de la difusa preocupación por el mundo. No vale hacer trampas con la buena fe del espectador.


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