Cada generación de adolescentes ha de tener su entrada
particular a la vida, sus ritos para encararla. Antes había novelas que
ayudaban, héroes de la edad con los que sufrir, gozar e identificase, con los
que aprender cómo sobrellevar la amenaza de la muerte, adaptarse al
crecimiento, aprender a relacionarse con las mujeres, a amarlas sin perder la
independencia. Ahora están las películas y más cosas, aunque no sé cuáles, la
adolescencia me pilla lejos y mis hijos ya la han pasado.
En Las ventajas de ser un marginado se ven todas esas cosas y se
adivina que puede seguir cumpliendo la función. Se añaden algunas cosas de las que
en las antiguas novelas no se hablaba con tanta claridad, el suicidio, la
homosexualidad, la enfermedad, las drogas, el trauma derivado de los abusos en
la infancia. Por lo demás hay chicos guapos y chicas irresistibles, hay padres
distantes y mucha torpeza y confusión como se espera que ocurra en los
adolescentes, timidez y necesidad de amigos. La acción sucede en un instituto
de secundaria americano, con chicos entre los 16 y los 17 años, con profesores que
ayudan mucho y otros no tanto.
Si yo tuviera esa edad -¿quién quiere volver a la
adolescencia?- me gustaría verla y si fuese padre con hijos llenos de granos
les animaría a ir a verla. Parece que la peli adapta una novela escrita por el
propio director novel, Stephen Chbosky, lo que le da autenticidad.

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