Hay un
método infalible para saber si lo que estás leyendo te llega, te atrapa, está
mereciendo la pena. Si has salido fuera de ti dejándote llevar por la
imaginación del escritor –escritora en este caso-, si sobrevuelas las páginas,
que van pasando sin mirar cuántas páginas quedan para acabar. Eso me ha
ocurrido en general con todos los relatos del libro El progreso del Amor
de Alice Munro, excepto con los últimos tres. Munro elabora una escritura
sofisticada, no en la forma, legible, fácil, sino en el entramado de historia y
personajes. Munro describe todo el rato personajes complejos. Cada uno con
espesor, ninguno del grosor de una hoja sino volumétricos. Las acciones están
en función de la hondura de los personajes, sirven como las frases que los
describen para explicarlos, son extensiones de su forma de estar en el mundo.
Los últimos tres relatos no son perfectos como sí lo son todos los demás.
Necesitaría saber su cronología, su gestación para hacerme una idea de por qué
son imperfectos. Sin embargo, tienen su particularidad. El bicho raro y El
vertedero blanco son como novelas abreviadas, quizá ahí radique su
anomalía, como proyectos no resueltos. El bicho raro tiene dos partes.
La primera parte es perfecta, lo más perfecto que he leído de Alice Munro, sin
embargo en su segunda parte se viene abajo, prescinde del vuelo que necesitaría
para dar la continuidad necesaria que exige la primera parte, como si la
escritora canadiense se agotara en el empeño.
El bicho
raro cuenta la historia de una familia atípica. La rareza, diríamos, es su
seña de identidad. El padre, la madre y tres hijas. En la primera parte Munro
describe a cada uno de los personajes con frases precisas pero al mismo tiempo
veladas, porque no acaban de definirlos del todo, hay un margen de ambigüedad
en el que todo, es decir, la apertura de la imaginación, es posible. Violet, a
través de quien vemos lo que sucede, es la hermana lista o, mejor, la hermana
viva, que querría independizarse y vivir su propia vida, pero no puede, se ve
obligada a cercenarse para que los demás puedan seguir adelante. Pero ni
siquiera cuando la familia se disperse ella quedará libre para ser lo que
podría haber sido.
Algo
parecido sucede con El vertedero blanco, este en tres partes: una
familia amplia, cada personaje con su retranca, su incompletitud, cada uno con
un hecho revelador pero que al lector –a mí- resulta insuficiente, necesitado
de muchas más páginas para coger vuelo. Sophie, la madre de Laurence que gusta
de bañarse desnuda en el lago junto a su casa. Un día unos chicos le cogen el
albornoz, re ríen, lo rasgan y lo arrojan al agua. Cuando vuelve a casa, en la
mañana del cumpleaños de Laurence, todo el mundo asiste a su llegada desnuda,
lo que a Laurence incomoda hasta el enrojecimiento, Isabel lo toma como una
forma de deliberada exhibición y la propia Sophie como un imponderable. A
Laurence le regalan un viaje en avioneta por su cumpleaños. Laurence tiene un
carácter difícil, Isabel se esfuerza por amarlo. Todos suben a la avioneta,
Laurence, Sophie, Peter, Denis, todos salvo Isabel. Cuando bajan tras el vuelo
el piloto asegura que ha estado bien, que lo siente por Isabel, que se lo ha
perdido, pero que no le importaría volver a sabir con ella. Isabel es consciente
del escalón que la rebaja del resto de la familia, haber nacido pobre. La frase
del piloto la enciende. Es una historia que se cuenta en pasado para que
comprenda Magda, la segunda esposa de Laurence. Magda, por el contrario, “es
puro estilo, de pies a cabeza”. El pasado y el presente se mezclan de manera
inextricable.
Da la
impresión que el pulso de Alice Munro, enorme escritora, necesitase un número
exacto de páginas tasadas, la treintena, y que si se sale de la horma le falla
el ritmo, el impulso, el vuelo. En la lectura de estos tres relatos me ha
sucedido que ha habido momentos en que las paginas han volado, atrapado en el
misterio de la humanidad, y otras en que he mirado varias veces cuántas páginas
me quedaban por leer.
De todos modos, Alice Munro es una escritora extraordinaria, insuperable en muchos aspectos.
De todos modos, Alice Munro es una escritora extraordinaria, insuperable en muchos aspectos.

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