
Miguel Ángel fue un gran creador de iconos, el de mayor éxito, el chispazo que se adivina fluyendo entre los dedos del Creador y el primer hombre, en La creación de Adán. A pesar de que su catálogo de imágenes -un arsenal, ¿de dónde sacó tal repertorio?- ha sido devastado por la publicidad y la repetición, aún sigue sorprendiendo su fuerza y originalidad. La foto de Abu Graig nos lleva al viejo Miguel Ángel del Juicio Final, en concreto, al condenado que es arrastrado al infierno.
Francis Bacon -ahora en El Prado- también se vió removido por esa y otras imágenes del Juicio Final. Se podría decir que la obra de Bacon es una variación sobre los temas del Juicio Final. El horror asociado al cuerpo, el sufrimiento, la distorsión de la carne, su troceamiento, su putrefacción. Ahí está la mirada aterida, errática, que nos interpela, que Miguel Ángel y Bacon hacen suya hasta convertirla en autoretrato.
Cada vez que entro en una carnicería encuentro extraordinario no estar en el lugar del animal, dijo Bacon. Aunque las aproximaciones de éste parecen menos veraces, más intelectualizadas, más previsibles. Nada comparable al horror que capta la fotografía de Abu Ghraib.



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