miércoles, 11 de marzo de 2009

En el nombre de Shakespeare

Si disfruto de Hamlet o de Macbeth lo hago porque en su lectura descubro la pericia lingüística o porque me muestran algún recoveco de la condición humana, o, si asisto al teatro, porque en la función concurren un conjunto de cosas que me hacen pasar un buen rato. Sólo en segundo término, quizá injustamente, asocio todo eso al nombre de Shakespeare. Es el mercado y sus turiferarios el que utiliza los nombres propios.

Por tanto no comparto el aura del autor individual, genial, singular, único, como refugio último de la creación, ni el lamento por su desaparición. También eso es un apéndice del romanticismo. Dice este crítico literario,
 Los autores -en el más amplio sentido, incluyendo a los traductores, o a los ilustradores en el caso de los libros infantiles-, en cambio, son imprescindibles: hasta donde puedo saber, todavía no se han inventado cyborgs con imaginación creadora y talento para expresarla por escrito. Ellos son, por tanto, la auténtica piedra angular de un sistema cuyas mercancías son también bienes culturales, y en el que las tensiones entre valor de uso y valor de cambio resultan particularmente significativas. En otras palabras, y más crudamente: sin autores no hay negocio, pero tampoco cultura escrita.
Quizá no existan todavía los cyborg, pero hay procesos que comienzan a parecerse. La Wikipedia, por ejemplo, la traducción automática cada vez más perfecta, las redes sociales emergentes de Internet, cuyos productos más interesantes están por surgir. La mayor parte de las mejores cosas que consumimos en la actualidad, películas, conciertos, series de televisión -y no digamos si son productos industriales- son obra de colectivos, muchas veces anónimos.

Mientras esto escribo mucha gente está disfrutando con los goles del Barça. Si eso es arte, es el resultado de un movimiento organizado de muchos hombres, aunque siempre habrá quien destaque un nombre.

Estos días hemos asistido a la presentación en público del retrato verdadero de aquel que respondía al nombre de William Shakespeare. Nació en Stratford en 1564 y allí murió en 1616. Compró en Londres una compañía de actores e hizo que representase algunas de las obras que después se le atribuyeron. Después se dedicó al comercio de granos y se hizo rico. Es difícil que escribiera libro alguno, no tuvo formación académica y sus hijas eran analfabetas.

Qué se sabe de Homero o del autor del Lazarillo o de quien crease las maravillosas poesías galaico-portuguesas. El corpus literario de una lengua, la suma del arte, el cine del último siglo es el resultado de muchas mentes, la mayoría anónimas. Detrás de lo mejor de la creación como de su disfrute hay una mente colectiva, la de la humanidad.

No hay comentarios: