jueves, 28 de junio de 2007

Hombres y dioses en la Ilíada


¿Qué idea tenían los griegos de sus dioses? Dice Heródoto que la imagen que los griegos tenían de sus dioses procede de Homero y de Hesíodo, a los que sitúa, con algún error, 400 años antes de su época. “Pues Homero y Hesíodo me parece que me han precedido en cuatrocientos años y no más. Y fueron ellos los que compusieron la teogonía de los griegos, atribuyeron a los dioses sus sobrenombres y distribuyeron sus honores y sus competencias, al tiempo que nos mostraron sus formas. Los poetas que se dice que vivieron antes de ellos, me parece que vivieron después”. Esa imagen persistió durante siglos, aunque cambió en algún aspecto, luego la negaron y hasta hubo quien brindó por el ateísmo, al menos teórico. Hay textos sobre dioses, sin embargo, muy anteriores, desde la época micénica (XIII – XIV ac). Homero y Hesíodo establecen la teogonía de los dioses, cómo nacen (los dioses son inmortales, pero no eternos), su linaje, su parentesco, y cómo la precedencia en el tiempo suele implicar, con la excepción de Zeus, la importancia del dios. Y también sus rasgos característicos: las semejanzas entre ellos, que proceden del parentesco; los epítetos divinos, que no son decorativos, sino que indican la forma o el lugar del nacimiento, la función…; los honores y competencias (los griegos debían saber a quién dirigirse para no cometer un error fatal y ofender a un dios (para la guerra habían de dirigirse a Ares, pero no a Démeter, que era la diosa de la agricultura, si bien los griegos con sus 12 divinidades lo tenían más fácil que los hititas que tenían mil). Homero y Hesíodo dotan a los dioses de una iconografía común a todos: hermosos, altos, emiten luz, o particular a cada uno: Zeus es acompañado por el águila, Hera por el pavo real.

La Ilíada presenta un tiempo concluido, un tiempo mítico que Homero y sus lectores u oyentes contemplan desde el tiempo histórico, aquél en que los héroes se asemejaban a los dioses y estos a los hombres. Pero la Ilíada es un poema, no un tratado de teología, por lo que los dioses desempeñan papeles literarios. Unos y otros forman parte de la misma estructura, aunque aparezcan en distintos planos, los dioses en el superior y los hombres en el inferior. Comparten rasgos concretos, virtudes, defectos, el acontecer diario (los dioses duermen, tienen hijos, van en carro), son de los dos sexos, pero también hay diferencias, como en su alimentación: mientras los hombres se nutren del fruto de la tierra, los dioses comen néctar o ambrosía, que significa “inmortalidad” (los dioses comen “inmortalidad”). Por supuesto los dioses son más bellos, más fuertes y hacen cosas vetadas a los hombres como volar o vivir en el mar. Pero hay tres rasgos especiales que revelan las diferencias: los dioses son inmortales frente a la mortalidad humana, aunque los hombres porten una cualidad divina, el alma. Los dioses no sólo son inmortales, sino que no envejecen, lo que es importante como demuestra el mito de Titono, al que Zeus concedió la inmortalidad, a petición de su enamorada Eos, pero también la vejez, que es mucho peor que la espantosa muerte. Y por último la felicidad: los dioses se entretienen con su ocio divino, mientras los humanos son infelices.

El carácter literario con que Homero dota a sus dioses hace que su importancia sea muy distinta a la realidad de la vida religiosa de los griegos. Por ejemplo, Ares tiene en la Ilíada una importancia superior a la real, al contrario que los populares Démeter y Dioniso, que no aparecen en el mundo aristocrático de la guerra de Troya.

¿Cómo se relacionan hombres y dioses? Es evidente que los protagonistas del poema homérico son los hombres. La presencia de los dioses es episódica y nunca agobiante, más bien decorativa: anticipan lo que va a suceder, no son omnipotentes, ni garantes de la moral o la justicia. La relación de los hombres con los dioses es contractual, aquellos realizan una serie de prácticas a cambio de obtener favores concretos de estos, aunque esos favores no siempre se obtengan. Por ejemplo, los hombres realizan plegarias, sin una formalización muy estricta como en las oraciones cristianas; ofrecen sacrificios de animales, a los que se arroja agua en la cara para que muevan la cabeza, gesto que se interpreta como que los bueyes o los terneros quieren que se les sacrifique (“ficción de la inocencia”), sacrificios en los que los hombres comen la carne y a los dioses se les ofrece la grasa que sube con el humo; libaciones, líquidos que se derramaban en tierra; ofrendas de lo más valioso que se posee (Hécuba ofrece su mejor manto a Atenea para que esta no castigue a los troyanos). También se ponen en contacto a través de la adivinación, para desentrañar las intenciones de los dioses o para encontrar el camino perdido (por ejemplo, Calcante guiando a las naves aqueas hasta Ilio o preguntando al adivino el porqué de la peste que azota a los mismos aqueos).

A veces son los mismos dioses quienes toman la iniciativa. Mediante fenómenos naturales, como truenos o gotas sanguinolentas que hay que interpretar (por ejemplo, en el momento de la concentración de las tropas aqueas, Zeus envía un presagio, una serpiente que se come nueve gorriones, que Calcante interpreta como que habrá nueve años de lucha y que al décimo los griegos vencerán) o mediante ensueños, que a veces resultan engañosos. Otras veces los dioses se presentan directamente, pero sin ser vistos (Atenea se transforma en Deífobo para engañar a Héctor) o como una epifanía, más raro (Atenea retiene el brazo de Aquiles cuando este quiere embestir con su espada a Agamenón), o mediante encuentro sexual (la Ilíada sólo refiere las secretas visitas de Hermes a Polimele, en las que se engendró a Eudoro).

Pero, ¿esta imagen homérica de los dioses era creída por los griegos? Jenófanes no parecía estar muy de acuerdo con ella: “A los dioses atribuyeron Homero y Hesíodo todo aquello que entre los hombres es motivo de vergüenza y reproche: robar, adulterar y engañarse unos a otros”, aunque pocos entonces compartían la visión monoteísta de Jenófanes.

A l'entorn d'Homer. Homes i déus a la Ilíada. Alberto Bernabé. Caixaforum.