“Algunas mañanas tenían restos de rímel en la almohada y
susurros de Jaime que olían a café con agave. Qué guapa te despiertas, qué
risueña, qué suerte despertarme a tu lado. Y una caricia que hace reír y una
caricia que hace temblar y una caricia que muerde los labios. Y unos ojos, una
lengua, una nariz correteando por los muslos, por el ombligo, por el pecho.
Hasta que la última caricia vuelve cansada a la mejilla. ¿Salimos de la cama? Y
salimos de la cama”.
Esto
me sucede con esta novela: veo que está bien escrita, con frases cortas, en
general bien hilvanadas, aunque insustanciales la mayor parte de las veces,
pero no me interesa nada. No me siento implicado. No siento ninguna conexión
emocional con la historia de una chica veinteañera y un hombre cuarentón. Ella
hija de una familia pequeñoburguesa, él un triunfador, guapo, rico, con gusto,
repite muchas veces. Una historia que me resulta ajena, como la de una pareja
cualquiera a quien viese, las manos enlazadas, por la calle. No me
hubiese puesto con la novela si un grupo de amigos no hubiese decidido leerla
juntos. (Además, parece que todo el mundo la está leyendo). Si he seguido de
principio a fin es porque las primeras páginas, como digo, están bien escritas,
aunque con muchos giros cursis de por medio, y, después, por algo de curiosidad
sobre los usos amorosos de los más jóvenes que yo.
Durante
la primera mitad, la mayor parte de las páginas son de relleno, cuesta mantener
la atención. Pasada la mitad la novela se pone interesante cuando la
protagonista se da cuenta de que la relación que está manteniendo con Jaime no
la lleva a ningún sitio. Por eso el relleno, porque lo que la autora quería
contar era la segunda parte. Y ahí sí, ahí me he visto implicado. Lo normal es
que las relaciones se vayan deteriorando, que dos personalidades que se ponen a
vivir juntas no cuadren, que al no funcionar cada uno busque culpar al otro.
Solo las historias tristes, las que amenazan la felicidad como un nublado de
verano, son las que cuentan. Y eso sucede porque en la realidad, como todos
sabemos, ninguna historia acaba bien.
Las
novelas románticas deberían dejar de formar parte de la literatura. Incluso
deberían desaconsejarse como la Coca-Cola azucarada o la cerveza con alcohol.
Aunque las seguirán consumiendo las personas en proceso de formar su
personalidad, adolescentes, incluso posadolescentes de cincuenta años. Para ser
consideradas novelas, además de estar bien escritas, deberían mostrar tres
puntos de vista. El de las dos personas implicadas en la relación y el de un
neuropsicólogo, que fuese anotando por detrás, no para saber quién es el
culpable, si es que lo hay, sino para indicar qué les motiva, qué activa su
conducta. Si solo hay una perspectiva, el relato tiende a la superchería.
Aunque, se sabe, hay una amplísima capa de oyentes o lectores que desean ser
engañados, en este y en cualquier otro asunto.
Hay
elementos de relleno, que se traen de la primera parte a la segunda. Y que
explican por qué no he podido implicarme del todo en esta historia: Martina, la
protagonista, lleva a Frida, su perra a cada página. Su amiga Diana, a quien
llama Dino, cuando se reencuentran tras la ruptura, le cuenta que está
intentando quedarse embarazada. ¿Sola? Sola. Martina, la protagonista, vegana,
hace del vomitar un arte inexplicado. La bulimia aparece de pronto, sin más.
Martina se suscribe a una aplicación de pago para poner filtros más bonitos que
los de Instagram cuando hace fotos a Frida. Al comienzo de la novela se muere
su padre y al final vuelve a aparecer como recuerdo. Esto es lo que sabemos de
la personalidad de la protagonista: Frida, la perra; Diana, la amiga; el padre
imaginado y la bulimia.
Tengo
una foto de papá en la nevera. Así acaba la historia.
Hay
todo un cosmos de escritoras españolas – dejémoslo en alumnas de talleres de escritura
- que quieren volver a escribir Nada de Carmen Laforet.

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