jueves, 9 de julio de 2026

La respuesta, Juan Luis Arsuaga

 



El ser humano es la pregunta, la evolución es la respuesta.


Juan Luis Arsuaga, en el tono coloquial divulgativo que le caracteriza, le hace guiños al lector presentándose como 'el viejo de la tribu', en su reciente ensayo La respuesta. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?, se pregunta, para resumir lo que ha aprendido en su larga vida de paleontólogo. La respuesta de por qué estamos aquí y somos como somos, nos dice, está en la evolución.

 

Cuando Jane Goodall descubrió que los chimpancés fabricaban herramientas Luis Leakey dijo: "Ahora debemos redefinir lo que es una herramienta, redefinir al ser humano, o aceptar al chimpancé como humano"


Mediante el registro fósil - con base en Atapuerca, pero también en otros muchos lugares del mundo - podemos aventurar hipótesis - la ciencia no presenta certezas incontrovertibles - sobre cómo el hombre apareció en la cadena evolutiva y lo que nos une y nos separa de los animales, de los primates y de los grandes simios. Arsuaga recoge la experiencia de las grandes primatólogas, las jóvenes e inexpertas ‘trimates’ a las que Louis Leakey encargó el estudio de los grandes simios en su hábitat natural. A Biruté Galdikas la envió a las selvas de Borneo para estudiar a los orangutanes; a Dian Fossey a los gorilas de montaña en Ruanda y a Jane Goodall a los chimpancés de Tanzania, mientras la familia Leakey demostraba que en África estaba la cuna de la humanidad. El antepasado común de chimpancés, bonobos y humanos vivió hace entre 6 y 7 millones de años. ¿Qué semejanzas tiene nuestra especie con chimpancés y bonobos? ¿En qué nos diferenciamos? ¿Cómo y cuándo los homininos adquirieron el bipedalismo, se hicieron más grandes y se ensanchó la caja cerebral que contiene el encéfalo?

 

Ardipitecus, Australopitecus, Parantropus y Homo serían las grandes novedades de la historia evolutiva de los homininos, los géneros en los que homo fue evolucionando, no de modo gradual, sino a golpes, no como una escalera que llega hasta el sapiens sino como las ramas de un árbol, con adaptaciones locales a las variaciones geográficas en que se iban moviendo, con cambios en el diseño corporal que dieron lugar a especies diferentes, las especies de esos géneros (especialmente en los tres primeros).

 

Con la paciencia y sencillez, como el chamán de la tribu, Arsuaga va desgranando el enredo de la evolución: bipedalismo, tamaño de los molares, cerebralización, consciencia, descubrimiento de la finitud. Toda novedad evolutiva es el resultado de la modificación de una estructura corporal que antes cumplía otra función. La postura bípeda se consiguió con los australopitecos, hace unos cuatro millones de años, un cambio completo que afectó a la forma del cuerpo, a las manos, por ejemplo, que ya eran como las nuestras. Algo más de dos millones de años después llegó el Homo erectus, más grande que los australopitecos, el cerebro casi duplicado y su aparato masticador mucho más pequeño, reduciéndose el prognatismo.


Y menos de dos millones de años después de los primeros Homo erectus aquí estamos preguntándonos. Las caderas y el cuerpo estrechos, el cráneo cerebral con forma esférica y la mandíbula con mentón. Un cráneo cerebral globoso hace que la frente sea vertical, en lugar de tendida. Tras haber convivido con neandertales y denisovanos, la especie humana actual, sostiene Arsuaga, es otro modelo. Somos la especie solitaria, no podemos hibridar con ninguna otra.

 

Los primeros humanos sustituyen las adaptaciones biológicas por las tecnológicas (pieles y cuchillos de piedra forman parte del nicho ecológico), lo que conocemos por edades tecnológicas: el Paleolítico o la edad de la piedra tallada; el Neolítico o la edad de la piedra pulida; la edad de los metales: el cobre o calcolítico, el bronce, el hierro, el láser. La industria lítica, por ejemplo, cambió nuestro aparato masticador. El consumo de carne aumentó gracias al fuego. ¿Se ha acabado la evolución biológica sustituida por la tecnológica?

 

En la tercera parte del libro ya sin registros fósiles, Arsuaga se aventura a explicar cómo aparece la inteligencia en los animales y en el hombre, la conciencia y la autoconsciencia. Una pregunta late durante todo el relato, ¿por qué la evolución nos ha proporcionado la introspección, que parece ser la cualidad definitiva que nos distancia de los animales? ¿Qué utilidad tiene la autoconciencia?

 

"La cuestión importante es por qué la evolución nos ha dotado del ojo y del espejo, por qué nos ha proporcionado la introspección. ¿Cuál es su utilidad en la vida práctica? ¿Por qué debería tener una utilidad la autoconsciencia? ¿No podría haber aparecido porque sí, por casualidad, y no tener función práctica alguna? Si ese fuera el caso, el yo sería lo que se llama un epifenómeno una curiosidad irrelevante, un efecto colateral, casual, que acompaña a un fenómeno importante, pero que no tiene función".

 

Arsuaga cree que no es así. Cuál es la función para la que el hombre necesita la autoconsciencia. Aunque pertenezcamos al mismo género Homo que el Homo habilis y el Homo erectus, la especie humana actual es otro modelo, muy reciente. Incluso los neandertales (Homo neanderthalensis), afirma con más dudas, son un modelo diferente.

 

Tres razones han dado los paleontólogos para explicar nuestra superior inteligencia y el aumento del cerebro: hemos desarrollado una inteligencia extraordinaria para poder sobrevivir en toda clase de medios (ecológica); fabricamos instrumentos cada vez más complejos, el fuego por ejemplo (tecnológica); y una tercera, la favorita de Arsuaga, la capacidad de saber cómo nos ven los otros y poder actuar en consecuencia con ellos (la inteligencia social).

 

A lo largo del libro, el autor evoca varias veces al paleontólogo católico Teilhard de Chardin y su hipótesis de la conclusión de la evolución en un estallido místico. Así que añade una pregunta más – metafísica, extracientífica. ¿Por qué estamos aquí, somos producto del azar o de la necesidad? Arsuaga afirma que la ciencia no atiende al por qué sino solo al cómo. Cómo hemos llegado hasta aquí. Por eso ha escrito La respuesta. El por qué no tiene respuesta.

 

El humano es el único animal que busca sentido a las cosas, empezando por su vida y por su muerte. Y lo hace desesperadamente… La consciencia de la finitud es el mayor acontecimiento de la historia de la materia.

 

No hay registro fósil sin embargo para establecer una hipótesis sobre cómo y cuándo surgió lo que nos identifica más que ninguna otra cosa como especie, la consciencia, que es la pregunta definitiva a la que Arzuaga querría responder. Cómo surgió y a qué función se adaptó haciendo del Homo sapiens una especie distinta y original.

 

Primero fue la materia inanimada, luego la materia viva, más tarde la materia sintiente y finalmente la materia consciente de sí misma. Y con esta, con la materia autoconsciente, empezaron las preguntas, porque los animales no se hacen preguntas.

 

Atapuerca es la respuesta a la controversia entre Jean-Jacques Rousseau y Thomas Hobbes, y también su solución. Somos por naturaleza cooperativos dentro del grupo e intolerantes entre grupos. Al mismo tiempo corderos dentro del rebaño y lobos contra las otras manadas.

 

El juego de la vida consiste en convertir energía en hijos, y cada rasgo ha sido afinado por la selección natural para maximizar el retorno evolutivo de cada caloría gastada. Herman Pontzer.

 

La autoconsciencia podría ser una ventaja para desenvolverse en el medio social, podría ser una adaptación de las especies cuyos individuos no pueden vivir en solitario, como los humanos, los chimpancés y bonobos, los delfines y los cuervos. ¿Pero de qué modo podría ser útil tener un yo, saber quién soy? Esa es, me parece, la parte más interesante del razonamiento de Nicholas Humphrey.

 

Lo que caracteriza la mente humana es que está llena de otros. De otras personas porque somos una especie muy social y nuestro medio, nuestro mundo es el grupo al que pertenecemos (...). La introspección nos resulta extremadamente útil porque esperamos que los demás se comporten como lo haríamos nosotros en su misma situación. Utilizamos el conocimiento que tenemos de nuestra propia mente para entender a los otros. Después de todo nos parecemos mucho a los demás miembros del grupo. Somos psicólogos naturales, y nos va la vida en ello.

 


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