“A bout de soufflé” es de 1960. ¡De 1960! Truffaut y Chabrol se habían adelantado con una película, nada comparable a lo que supuso “A bout de soufflé”. Godard oteó el aire e intuyó la que se avecinaba. El choque entre un joven y desconocido Belmondo y una jovencísima Jean Seberg y el asalto a las normas del cine, que era el asalto al conformismo moral de la sociedad burguesa de la época, produjo magia.
Godard rodó sin guion, lo improvisaba cada día en un café antes de empezar. Si podía escondía la cámara para que los transeúntes no se dieran cuenta de que participaban como extras. Descuidaba el raccord, la congruencia entre escenas, las preguntas sin respuesta en los diálogos, tantas cosas que necesariamente apareció como una película revolucionaria.
Durante buena parte de la película, el prota le pregunta a Jean Seberg, ¿Quieres acostarte conmigo? Y ella le va dando largas hasta enamorarse hasta las trancas. Era la cuestión fundamental que se estaba gestando en la revoluciones juveniles por llegar, tener sexo, es decir, follar. ¿Acaso no es ese el objetivo enmascarado de todas las revoluciones? Al final será ella la que le pregunta. ¿Temes envejecer?, que quizá sea el motor que las mueve.
Belmondo inaugura la época del antihéroe, un delincuente que se salta la ley, mata a un policía y sin embargo aparece como el joven simpático que las enamora. Había un público dispuesto a identificarse con quien se enfrenta a la autoridad y se salta las normas. Aunque al final hasta el propio Godard cree que ha ido demasiado lejos y con ayuda de Jean Seberg, protagonista y antagonista a la vez, lo denuncia a la policía, que hará que bese el asfalto.
La película de Richard Linklater es una declaración de amor a los directores franceses y alrededores de lo que se llamó la Novelle vague, una especie de álbum fotográfico en movimiento de lo que considera la revolución cinematográfica del siglo XX que duró 60 años. Aparecen todos, más de 120 personajes que se movieron alrededor de tres figuras que considera claves, Truffaut, Chabrol y sobre todo Godard.
Después de pasar revista a la nómina de personajes, a los que hace pasar por el estudio para fijarlos y preservar su estampa, dedica la película a reconstruir el rodaje del primer film de Godard, El final de la escapada. El protagonista absoluto en ese pasaje es el director francés al que considera un genio. Reconstruye su genealogía como crítico en los Cahiers du Cinema, como admirador de Rossellini y Melville, de quienes el film recoge citas categóricas sobre lo que debe ser al cine, y sus dos polos de atracción y repulsa, admiración por Bresson y rechazo de las películas de Julien Duvivier.
Jean-Pierre Melville: Para hacer una película solo hace falta una chica y una pistola.
Roberto Rossellini: El cine es una cuestión moral.
Pero si Linklater muestra cómo Godard hizo su película improvisando, saltándose las normas de cómo debía hacerse cine, él por el contrario mide su película hasta el extremo de caricaturizar a sus actores para que se parezcan a los personajes. Lo logra a medias, no basta el blanco y negro ni la fidelidad a las medidas de la pantalla. Los actores principales se parecen poco a los originales, no en la fisionomía, sino en la naturalidad con que aparecía en pantalla Jean-Paul Belmondo o en la intangible pátina de estrella que transmitía Jean Seberg, cuando interpretaron Au bout de soofle.
Las películas que yo vi de aquellos directores me parecieron el propio discurrir de la vida asomando en las pantallas. No veo en la actualidad nada comparable. Lo que hace Linklater es meterlas en un museo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario