La lluvia puede ser los barrotes imperceptibles de una cárcel o las cálidas ramitas entrelazadas de un moisés. A través de la ventana, en una pausa de la lectura, con la taza de té en la mano, veo el desfile de amigos a los que ya no llamo ni me llaman. Intento averiguar el motivo. No encuentro nada decisivo que nos haya separado. Con un simple clic podría llamar a alguno, pero no lo hago. También hay amigas, con otro grado de intensidad; quizá a ellas les pase lo mismo que a mí, que esperan que sea yo quien llame.
Cuántas amistades se han roto por un malentendido. El cerebro es una caja negra que contiene la mente a la que le llegan estímulos externos que tiene que traducir. Tiene que imaginar el mundo, crear un modelo, una representación. Cuántas ideaciones no se corresponden con lo que el mundo es. Tropezamos tanto. La mayor dificultad quizá sea imaginar qué piensa el otro, que estará pensando ahora, quizá ante un sol radiante al otro lado de la la ventana. Dos modelos de mundo que no tienen por qué coincidir. Qué piensa ahora. Qué pensará de mí. Si no hablamos ni escribimos la distancia se agranda, la desconfianza.
En el chat, en el correo electrónico, incluso en la llamada a través del móvil al menos la mitad de la información se pierde, los gestos, los movimientos corporales, la calidez o la frialdad de los ojos, la piel contra la piel, el beso, el chocar de manos. Tanto sufrimiento y angustia que podríamos evitar si volviésemos a la charla, al encuentro, al tú a tú.
Cuando nos alejamos del amigo porque pensamos que la discrepancia que nos separa es insalvable, nos autoinfligimos un daño que no podemos medir, un paso para agruparlo en el 'ellos' tras haber sido 'nosotros'.
"Pero me decía a mí misma que ya era muy tarde. Me parecía que ya era demasiado tarde para empezar cualquier cosa de nuevo, un nuevo amor, un nuevo niño, me daba la sensación de que era demasiado trabajo y que yo estaba demasiado cansada... Cogí el tintero y la pluma y me puse a escribir en el cuaderno de la compra. Tras un rato me pregunté a quién le estaba escribiendo. No era a Giovanna, ni a Francesca, ni siquiera a mi madre. ¿A quién era entonces? Me resultaba difícil saberlo, sentía que la época de las respuestas sencillas y límpidas se había acabado para siempre dentro de mí". (Y esto es lo que pasó. Natalia Ginzburg).

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