viernes, 8 de mayo de 2026

Y esto fue lo que pasó

 


 

"Me desnudé y me quedé mirando en el espejo aquel cuerpo desnudo que ya no pertenecía a ningún hombre. Podía hacer lo que me diera la gana... Me metí en la cama y todavía me quedé allí un poco con los ojos abiertos en la oscuridad mientras sentía cómo iba creciendo en el interior de mi cuerpo una fuerza fría y enorme".

 

El clímax en la vida de Natalia Ginzburg fue la muerte de su marido, Leone Ginzburg, en 1944, cuando los nazis dominaban Italia. Leone había fundado la editorial Einaudi, en la que había dado a conocer la literatura rusa (Tolstoi y Chéjov), y liderado el movimiento antifascista, lo que le costó la tortura y la muerte. Natalia vivió con desgarro su muerte ("Tú ya no estás y las cosas siguen siendo las mismas, pero las cosas son ahora de piedra, pesadas y sin voz". Del poema Memoria).

 

En Y esto es lo que pasó, publicada en 1947, la escritora traslada el duelo personal por la muerte de su marido en condiciones tan duras al dolor de la narradora por la muerte de su hija por meningitis. Natalia Ginzburg utiliza la escritura para sobrevivir al duelo personal. El momento climático aquí es la enfermedad y muerte de la hija. Eludiendo la retórica sentimental, posa la mirada en las cosas del mundo indiferentes ante tanto dolor. Cómo ha ocurrido, por qué nadie puede hacer nada (los médicos, la amiga Francesca, la vecina alemana, el amigo Augusto), por qué nada ni nadie le sirve de consuelo (su marido Alberto quizá podría hacerlo, pero no está en casa y es un hombre insensible). 

 

"Estábamos siempre solos en casa y así fue como entendí de pronto cómo viven un hombre y una mujer. Él no salía de casa, le veía vivir todo el tiempo, le veía levantarse por la mañana y tomar el café que le había preparado y escribir sus anotaciones en los libros y trastear encorvado sobre la caja de zinc... Pero ahora que había tenido a la niña y que la niña había muerto ya no podía ni pensar que algún día pudiera dejarme... Pensaba que en mi vida no había hecho otra cosa que mirar fijamente en aquel pozo oscuro que había en mi interior".

 

Al comienzo de la breve novela, una pistola dispara. Mediada la novela sabremos que detrás de esa pistola hay dos hombres, Augusto y Alberto, que se enamoran de la misma mujer, Giovanna. Pero ella prefiere a un director de orquesta. Entonces ambos se comprometen a dispararse el mismo día, a la misma hora, pero no lo hacen. La pistola volverá al final. La historia principal la cuenta otra mujer, la narradora, quién se entrega a un hombre mayor que ella con quién tiene una hija. Ese hombre es Alberto y su historia no es feliz. Esta es la historia principal.

 

Avanzada la novela, la niña contrae una grave enfermedad, la narradora asustada, autoinculpándose, reflexiona sobre la fragilidad del vivir y el sinsentido de haber disputado tanto con Alberto.

 

" Pensé la forma en la que los hombres y las mujeres se pasan la vida atormentándose entre ellos y el poco sentido que eso tiene cuando una lleva en brazos a una niña con fiebre. Pensé en la forma en que me había atormentado por culpa de Alberto y en cómo le había esperado temblando y me preguntaba cómo le había podido dar importancia a algo tan absurdo".

 

Para dar más fuerza a la reflexión, en el momento climático, sitúa en la escena su angustia por el devenir de la enfermedad de la hija, la fiebre, los gritos espantosos de la niña, frente a Francesca que vuelve borracha del baile del casino y un grupo de personajes que nada pueden hacer: tres médicos, uno detrás de otro, con sus fórmulas dispares; la sensata vecina alemana en quimono que le pide calma y propone una infusión, pues también ella había tenido un hijo en la misma situación y ahora era todo un caballero ingeniero y casado; el amigo Augusto atormentado por los celos hacia Francesca, mientras la vida sigue su curso indiferente en el malecón de San Remo, en la placita con sillas y palmeras bajo la ventana de la habitación del hotel Bellevue. Ginzburg cuida los detalles.

 

Nadie puede hacer nada por su dolor, ni siquiera el hombre con el que se había casado, en el que a pesar de todo confía en el momento crítico

 

"Augusto llegó a las cinco de la madrugada. Dejó caer la maleta y corrió hacia mí. Sollozaba con la cabeza apoyada en mi hombro y aquella cabeza cubierta de rizos canosos que pesaba sobre mi hombro me pareció que era la única cosa que deseaba".

 

Escribe antes de desengañarse del todo y acordarse de la pistola. Lo admirable de Natalia Ginzburg es cómo supo trasladar su propio dolor (“Escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz”), tras la pérdida de su marido en los calabozos nazis, a la narradora de su novela que pierde a su hija y se enamora de quien no debe. "Me desagrada la idea de que te quedes sola sin mí", le contesta ese hombre en el momento álgido del duelo cuando ella cree que podrán vivir juntos y le pregunta por qué no se ha ido como tenía previsto. Así describe a ese hombre en quien confiaba hasta enamorarse tras la muerte de la hija de ambos,

 

"Resulta difícil saber lo que hay de verdad dentro de nosotros. Estamos aquí sólo un segundo y ya nos vamos. Yo nunca he entendido nada de mí mismo. Quería mucho a mi madre y lo pasé muy mal cuando murió, pero luego una mañana salí de casa, me puse un cigarrillo entre los labios y en el instante en que encendí una cerilla contra un muro me sentí extraordinariamente feliz de que hubiese muerto por fin, de no tener que volver a jugar a las damas con ella y no escuchar su voz estridente diciéndome que no me echara tanto azúcar en el café. Por eso no sé si quiero a Giovanna. Hace ya varios meses que no la veo y pienso poco en ella, estoy un poco holgazán y no me apetece sufrir.

-Y cuando ella regrese, ¿te querrás marchar otra vez?

-No lo sé-dijo-, puede ser.

Se dio la vuelta y se quedó dormido".

Además de todo eso, Y esto fue lo que pasó, como dice Italo Calvino, es una novela feminista, escrita cuando todo alrededor eran escritores hombres.

 


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