Volvíamos en taxi, tras haber visitado de noche uno de los grandes estanques/lagos de Pekín en cuya superficie se reflejan los colores artificiales, una de esas pocas expansiones permitidas que escasean en la ciudad - también hay color, aunque limitado, en los vestidos que los danzantes nocturnos se ofrecen en la calle peatonal estilo Paseo de Gracia o calle Serrano -,
volvíamos, tras pasear por las calles que rodean el estanque, calles de pequeños restaurantes y tenderetes con brochetas y dulces, volvíamos tras haber gozado de la vista nocturna de la Torre de la Campana y la Torre del Tambor, hitos turísticos que realmente llaman la atención, que igualmente escapan a la uniformidad de la Nueva China que inauguró el presidente Mao, ambos edificios los pudo conocer el gran Marco Polo, pues fueron construidos en la época del emperador Kublai Kan (1272), aunque remozados o reconstruidos en distintas épocas, edificios que medían o marcaban el tiempo de la ciudad, que constituían su eje,
volvíamos tarde ya al hotel en un taxi cuya tarifa nos sorprendió, unos precios a la europea que había que estar atentos para negociar - de hecho, otros compañeros que volvían en un taxi diferente tuvieron un susto morrocotudo de 400 yanes, aunque se supone que todo servicio público está regulado -,
volvíamos por calles solitarias, casi oscuras - la iluminación de Pekín deja que desear - hacia el hotel por avenidas vacías, sin coches, liberadas ya de los grandes atascos que habíamos padecido al final de la tarde cuando íbamos hacia la calle central de los Hutongs - literalmente los callejones -, vacías ya de coches, de motocicletas y bicis, solitarias y silenciosas las calles, aunque silenciosas lo son también durante el día porque todo está electrificado en esta ciudad, pero no del todo vacías ni solitarias porque cada 100 o 150 m había un policía y un poco más allá patrullas con tres miembros, dos pegados el uno al otro en ángulo recto, con la cabeza girando sin cesar también en ángulo recto, un tipo de vigilancia del que ningún pekinés puede escapar ni de día ni de noche,
cámaras y policías como robots, a fuer de ejemplo, la historia que nos contó el guía, Armando, del integrante de un grupo de turistas mexicanos, que se había perdido en el parque del Templo del Cielo, un templo donde el imperio celebraba sus rituales de poder, centrado en la mitología de los antepasados, un hombre con sobrepeso que había perdido el ritmo del grupo al que estuvieron buscando por espacio de más de una hora y que, solo tras acudir a la policía y esta mirar en sus cámaras, encontraron, con lo que se demostró a los incrédulos que las cámaras no solo eran decorativas, no estaban vacías






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