miércoles, 18 de marzo de 2026

Torrente

 


Iban subiendo despacio por las escaleras enmoquetadas con cuidado de no perder el equilibrio para que no cayese todo lo que llevaban encima. Ahí los tienes, repantigados en sus butacas extensibles imitación piel, estirados como si estuviesen en la cama de su casa, con un enorme recipiente de palomitas, que ya no son blancas sino rebozadas de capas de chocolate y todo tipo de dulces de colores, otro de Coca-Cola, sándwiches de hamburguesas de diferentes formatos, patatas fritas y postres de pastelería. Los cines son ahora McDonald's con gran pantalla. A mi alrededor no había nadie que no hubiese convertido la butaca en cama y girado el reposabandejas para acercar los manjares a la boca. En el posfranquismo y la transición estuvo de moda lo que se llamó cines de arte y ensayo, no es que llevaras libreta y papel para tomar nota, pero la cerveza y la tapa o el café quedaban para la cafetería, a la salida del cine, para hacer la tertulia.


Antes de que comience la película, se pasa una buena media hora estimulando desde la pantalla los jugos gástricos con deliciosos menús, con oferta para cada dos, por la nada desdeñable cifra de 22 euros. Hay tiempo para volver al hall de entrada y hacer la comanda si te has olvidado.


Con esto debería bastar para comprender al público de Torrente. No es una metáfora. Ahí están los ministros y diputados puteros del PSOE y la irrupción de Vox - la corrupción del PP es más de despachos finolis - perfectamente descritos en la última película de la saga torrentera. No son dos Españas, es la misma. Tampoco es una España nueva, sino que viene de una larga tradición, la del pícaro. Qué mejor figura para entender el espíritu español. Por eso las carcajadas que sostienen el metraje de principio a fin, el público se reconoce en las golferías y el mal gusto del personaje.


En cuanto a la película en sí, se nota que los productores han hecho pasta. Han contratado buenos profesionales para hacer una producción decente, trabajando el escenario, la música y la interpretación, casi toda de cameos, nacionales e internacionales, que esta vez sí están cuidados; hasta los amigos de Segura de siempre no desentonan, con ello se pierde un poco la gracia asociada a la espontaneidad. Incluso en la parte final, hay algo parecido a un thriller con policías, metralletas y disparos, pero lo esencial siguen siendo los chistes de sal gruesa del personaje, la burla y el sarcasmo sobre los políticos. Te ríes, es imposible que no lo hagas. Santiago Segura ha creado un personaje reconocible, la versión moderna del Lazarillo y el Buscón. En la sala el público, con la boca llena, le ríe las gracias, una pequeña venganza, sin mayor trascendencia, contra los políticos que sabe que le están tomando el pelo, todos ellos. Qué otra cosa puede hacer, tal como están hechas las cosas.



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