Pensamos con nuestra memoria, todo lo que hemos ido acumulando, oyendo, leyendo, conversando, escribiendo, combinando todo ese material. Si alguna vez tenemos una idea que creemos original, no es más que un refinamiento de esa combinación. Los más originales de entre nosotros son los que han refinado mejor la combinatoria. La mayor parte de lo que hablábamos y escribimos es refrito, pensamiento convencional. Nos adaptamos a la corriente principal, a lo que piensa la mayoría, al marco que establecen quienes llevan la conversación pública. En ese sentido, somos robots biológicos en marcha.
¿Acaso
los robots digitales son diferentes de nosotros? Su procesado es parecido,
datos combinados del almacén de memoria de la humanidad. Los humanos, además de
memoria utilizamos atajos, una habilidad adquirida tras miles de años de
humanidad. Algo que están adquiriendo las máquinas más rápidamente. De hecho,
conversar con las máquinas puede ser ahora más enriquecedor que conversar con
un humano común. Responden a cuestiones exigentes, elaboran documentos que a un
humano le costaría mucho tiempo: relatos, ensayos científicos, videos, piezas
de arte y música, anticipan con eficiencia. Ya hay campos en los que son
superiores a los especialistas, a los profesionales en determinadas áreas. Hay
ramas del saber en las que la inteligencia humana ha sido sobrepasada. Nos
cuesta aceptarlo, la mayoría afirma que las máquinas no pueden ser más
inteligentes que nosotros, por miedo a ver diluida su condición de 'expertos',
o simplemente por sesgo, la creencia de que el hombre tiene un papel especial,
que estamos en la cima y nada puede arrebatarnos el principado.
Hay
algo quizá más preocupante. Una inteligencia artificial reservada y otra puesta
al alcance del común. No son solo las IAs de pago, que son la primera
restricción. Está la reservada a las grandes empresas, la reservada a las
propias tecnológicas creadoras de los sistemas de IA y por fin la que se
reservan las antiguamente llamadas agencias de inteligencia y los ejércitos más
poderosos para ponerla al servicio de las armas o directamente para hacer de la
IA un arma. No solo ese tipo de inteligencia artificial no está disponible,
sino que desconocemos el alcance de su poder. La distancia entre lo que
conocemos y podemos usar y lo reservado se amplía cada día. 'Totalitario' es un
adjetivo cuyo significado está cada día más cerca de convertirse en real.
Pensar en ello estremece.
Las
dos grandes preguntas no son tanto si podemos competir con las máquinas
inteligentes, sino, una, qué reserva el futuro a nuestra especie, si bastará la
evolución biológica para la supervivencia de la especie o tendremos que
combinarnos con alguna forma de IA, algo como un cíborg. Y dos, ¿cuánto de
desamparados estamos las gentes del común con respecto a quienes dominan
reservadamente la IA?
El nuestro [tiempo] es más radical de lo que imaginaban,
porque por primera vez en la historia, un puñado de empresas privadas controlan
no solo las ideas que circulan, sino la propia infraestructura cognitiva, y lo
hacen sin mandato democrático, con mínima transparencia y prácticamente sin
rendición de cuentas. A esto lo llamo dominación epistémica y sostengo que es
la mayor amenaza no teorizada para el autogobierno en el siglo XXI. (Eso
lo escribe Claude, una IA, en un ensayo académico)
¿Las
IAs nos dejaran atrás pronto o ya nos han dejado atrás?

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