A veces escribo una palabra y me quedo mirándola hasta que empiece a brillar. Emily Dickinson.
Hasta
cierto punto es comprensible que los académicos españoles de la lengua, en 1972,
le negasen el acceso a su institución. Frente al castellano viejo
de los académicos, María Moliner tenía puesto el oído en la lengua de la calle.
En su conocimiento del uso del español les ganaba a todos, pues durante 15 años
había trabajado en un Diccionario de uso del español, cuyos dos tomos
había publicado entre 1965 y 1966. María Moliner tenía un don para el orden y
la clasificación de archivos y bibliotecas. Esa era su profesión, ejercida en
distintas ciudades españolas. Si se dedicó a fichar palabras y a su uso, en
ingente cantidad, tanta que desbordaba los lugares donde vivió, se debió a que fue
despojada de sus cargos tras el fin de la Segunda República y necesitaba hacer algo.
Uno
se pregunta qué hubiese sido de ese diccionario con los medios de hoy. Aunque
viendo su perfeccionismo, es probable que le hubiese dedicado los mismos años
porque el idioma está vivo, las palabras y sus usos cambian y el español, extendido en dos continentes, sigue en ebullición. Su sistema, más moderno que
el de los académicos que le negaron el acceso, agrupaba las palabras por
familias como los documentos de los archivos o los libros de las bibliotecas, en
redes de significado, para que el usuario 'navegara por el idioma de forma
orgánica'. Corrigió definiciones de la RAE que consideraba anticuadas o
imprecisas, atenta a la circulación del habla. "Hizo sola lo que la
Academia no se atrevió a hacer en siglos", dijo García Márquez. Y lo que
tiene más mérito, sin formación lingüística.
Después
del María Moliner han venido el Diccionario del español actual
(DEA) de Manuel Seco, el Diccionario combinatorio del español contemporáneo,
dirigido por Ignacio Bosque o el Diccionario panhispánico de dudas,
aunque ella fue la pionera y sin apenas medios. En la actualidad, para resolver
dudas, nada mejor que acudir a la página web de la Fundéu/RAE.
Andrés
Neuman, tomando un verso de Emily Dickinson para el título, Hasta que empieza a
brillar (cada palabra brillaba en sus ojos con luz propia), ha querido
homenajear a María Moliner con una novela. Se agradece, porque sus lectores,
durante el breve tiempo que dura la lectura, podrán ver la importancia de
la lexicógrafa aragonesa. Sin embargo, lo que uno echa en falta es una de esas
grandes biografías que los ingleses dedican a sus grandes hombres. A bote
pronto pienso en las buenas biografías que me gustaría leer de Ramón y Cajal o de Ramón Menéndez Pidal. Hay algunas, pero no se acercan a las que Monk dedicó a Wittgenstein
o a la que quizá podría ser el modelo, la de James Joyce, de
Richard Ellman.
Biografías
de contexto. Hay libros sobre el Cid y sobre el Mío Cid (poema), pero nos falta
una biografía que recorra la importancia del mito, el origen del castellano
escrito, de la literatura en español en la figura del propio Don Ramón. Una
biografía vital e intelectual, que cuente el momento político
social, la emergencia de las ideas y creatividad en paralelo a la vida cultural
de la época. Eso es lo que echo de menos con respecto a María Moliner.

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