La
naturaleza, ¿quién si no?, nos hace un regalo de tan incalculable valor que no
paramos mientes en ello, si lo hiciésemos quedaríamos paralizados por el
insoportable deber de gratitud. En algún momento nos damos cuenta de que la
vida lleva incorporado un minutero, una cuenta atrás. Somos el cruce entre el
ímpetu del choto saliendo del vientre de la madre y la caída solitaria de la oveja
junto a un ribazo del camino hacia la noche oscura.
En
ese cruce de fuerzas vive el instante en que palpita la eternidad. La
contradicción nos constituye, temporales y eternos, vitales y palabreros.
El
recuerdo. Los dedos entrelazados por el camino embarrado cuando el día iba
perdiendo humedad y el sol tímido cosía sus primeros pespuntes. Como el habla,
como si imitase su balbuceo, ese decir sin nada que contar, pues en el propio
decir está la dicha de estar juntos. El largo camino de concentración, el
pueblo del aeropuerto a lo lejos, en el páramo, sin otra compañía que el
zumbido del viento en nuestras capuchas o los buenos días musitados de un
caminante que se nos cruza sin apenas levantar los ojos del suelo, el horno
donde parece concentrarse toda la población dominical de la comarca a pesar del
fabuloso precio del pan, las tortas y las magdalenas, la cantina del jubilado
que se está llenando al salir de misa, el olor a avellana y el sabor a pasas de
la magdalena partida junto al café largo, algo lechoso, la vuelta a casa por el
arcén de la carretera huyendo del barro, recordando otras caminatas parecidas
en lugares que recordamos antes de que, tras una loma, aparezcan las almenas
del castillo, la estampa del pueblo. No comeremos en el restaurante que pensábamos
porque febrero es mal mes para los restaurantes. Nos basta untar las zanahorias
peladas y partidas en tacos en el humus y el guacamole, el vino rosado y las
alitas de pollo, el café y la otra media magdalena de avellanas y pasas, antes
de caer en la modorra y el éxtasis, el momento glorioso de la siesta.
Balbuceos
como digo, pues nada sustituye al instante que se vivió como eterno.

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