martes, 10 de febrero de 2026

La vida en palabras

 

 


La naturaleza, ¿quién si no?, nos hace un regalo de tan incalculable valor que no paramos mientes en ello, si lo hiciésemos quedaríamos paralizados por el insoportable deber de gratitud. En algún momento nos damos cuenta de que la vida lleva incorporado un minutero, una cuenta atrás. Somos el cruce entre el ímpetu del choto saliendo del vientre de la madre y la caída solitaria de la oveja junto a un ribazo del camino hacia la noche oscura. 

 

En ese cruce de fuerzas vive el instante en que palpita la eternidad. La contradicción nos constituye, temporales y eternos, vitales y palabreros.

 

El recuerdo. Los dedos entrelazados por el camino embarrado cuando el día iba perdiendo humedad y el sol tímido cosía sus primeros pespuntes. Como el habla, como si imitase su balbuceo, ese decir sin nada que contar, pues en el propio decir está la dicha de estar juntos. El largo camino de concentración, el pueblo del aeropuerto a lo lejos, en el páramo, sin otra compañía que el zumbido del viento en nuestras capuchas o los buenos días musitados de un caminante que se nos cruza sin apenas levantar los ojos del suelo, el horno donde parece concentrarse toda la población dominical de la comarca a pesar del fabuloso precio del pan, las tortas y las magdalenas, la cantina del jubilado que se está llenando al salir de misa, el olor a avellana y el sabor a pasas de la magdalena partida junto al café largo, algo lechoso, la vuelta a casa por el arcén de la carretera huyendo del barro, recordando otras caminatas parecidas en lugares que recordamos antes de que, tras una loma, aparezcan las almenas del castillo, la estampa del pueblo. No comeremos en el restaurante que pensábamos porque febrero es mal mes para los restaurantes. Nos basta untar las zanahorias peladas y partidas en tacos en el humus y el guacamole, el vino rosado y las alitas de pollo, el café y la otra media magdalena de avellanas y pasas, antes de caer en la modorra y el éxtasis, el momento glorioso de la siesta. 

 

Balbuceos como digo, pues nada sustituye al instante que se vivió como eterno.



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