lunes, 9 de febrero de 2026

Vivir y no vivir


 

Inquieto agitado nervioso, en el andén de la vía 3, espero el AVE que tiene prevista su llegada a las 10:27. Esperaba tranquilo en el acceso a la vía 1 al control electrónico de equipaje hasta que, cuando quedan tres minutos para la salida, me dicen que vaya a la vía 3, donde no hay ningún tipo de control. Me doy cuenta de que hay trenes que tienen control y otros que no lo tienen. Al llegar al andén 3 veo que el tren viene con mucho retraso. Es el primer día de huelga de maquinistas.

 


La agitación insensata de la vida moderna, el estrés con el que convivimos desde hace un tiempo. Me di cuenta de esa circunstancia - la disparidad en la percepción del tiempo - viendo las fotografías, el sábado, de Catalá-Roca. El tiempo estaba detenido en ellas. No solo era él blanco y negro o la estaticidad de la fotografía, en la actitud de las personas que aparecen en ellas, la distinta percepción del tiempo. La manera de moverse, de relacionarse con las cosas, un modo pausado de estar que hemos perdido. Es imperceptible como vamos cambiando, cómo de distinto es el modo de estar de las distintas generaciones.




Parecida disparidad temporal experimento al ver la Numancia teatral de Cervantes. Cervantes pone el honor y la valentía de España en el alma de los numantinos dejando de vivir por propia voluntad antes que rendirse para ser esclavizados por Roma. No hay público hoy que pueda entender el arrojo de la propia vida para salvar el honor de la patria. La apelación de los numantinos al honor, su suicidio colectivo, se nos aparece como curiosidad. La única emoción que puede suscitar un espectáculo como este es la plasticidad, el juego de luces, colores y sombras, un hiperrealismo retórico en el teatro, o la referencia, no demasiado prolongada -se agradece -, de Gaza en Numancia. Nuestro tiempo no es el de Cervantes ni mucho menos el de Numancia. Puede que en algún momento vuelvan a emparejarse, pero ese momento no ha llegado.

 

Hay un modo de romper el estrago del estrés, el momento en que la conciencia coincide con la vida desnuda. Vivir sin más. ¿Se puede vivir sin adjetivaciones, desnudos de contexto? Se puede: la pasión amorosa, la conversación entre amigos, el trabajo entregado y responsable, si uno se aísla del contexto estresante. Otro modo es mediante el arte. El arte puro sin aditamentos coincide con la vida desnuda.

 


Un piano solo en una sala con buena sonoridad -es buena si uno no repara en ella. Primero el Liszt de Años de peregrinación, después el joven Brahms de la sonata número 3. Un intérprete sumido en el arte de la interpretación. La música es la más intemporal de las artes: se actualiza cada vez que un buen solista la ejecuta en el escenario. No hay músicas viejas o músicas nuevas sino las que hacen suyo el instante. La vida y su representación coinciden en un momento que puede ser extraordinario, cuando se libera la energía que permite que el mundo cobre sentido.

 

Durante la media hora larga que estoy en el andén, esperando, no se me va la agitación interior, mi cuerpo balanceándose de un lado para otro, mi mirada atraída por el trasiego atmosférico del resto de los humanos que como yo esperan. Un estrés que hemos incorporado a nuestra forma de estar en el mundo. Un no vivir.




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