Inquieto
agitado nervioso, en el andén de la vía 3, espero el AVE que tiene
prevista su llegada a las 10:27. Esperaba tranquilo en el acceso a la vía 1 al
control electrónico de equipaje hasta que, cuando quedan tres minutos para la
salida, me dicen que vaya a la vía 3, donde no hay ningún tipo de control. Me
doy cuenta de que hay trenes que tienen control y otros que no lo tienen. Al
llegar al andén 3 veo que el tren viene con mucho retraso. Es el primer día de
huelga de maquinistas.
La
agitación insensata de la vida moderna, el estrés con el que convivimos desde
hace un tiempo. Me di cuenta de esa circunstancia - la disparidad en la
percepción del tiempo - viendo las fotografías, el sábado, de Catalá-Roca. El
tiempo estaba detenido en ellas. No solo era él blanco y negro o la estaticidad
de la fotografía, en la actitud de las personas que aparecen en ellas, la distinta
percepción del tiempo. La manera de moverse, de relacionarse con las cosas, un
modo pausado de estar que hemos perdido. Es imperceptible como vamos
cambiando, cómo de distinto es el modo de estar de las distintas generaciones.
Parecida
disparidad temporal experimento al ver la Numancia teatral de Cervantes.
Cervantes pone el honor y la valentía de España en el alma de los numantinos dejando
de vivir por propia voluntad antes que rendirse para ser esclavizados por Roma.
No hay público hoy que pueda entender el arrojo de la propia vida para salvar
el honor de la patria. La apelación de los numantinos al honor, su suicidio
colectivo, se nos aparece como curiosidad. La única emoción que puede
suscitar un espectáculo como este es la plasticidad, el juego de luces, colores
y sombras, un hiperrealismo retórico en el teatro, o la referencia, no demasiado
prolongada -se agradece -, de Gaza en Numancia. Nuestro tiempo no es el de
Cervantes ni mucho menos el de Numancia. Puede que en algún momento vuelvan a emparejarse,
pero ese momento no ha llegado.
Hay
un modo de romper el estrago del estrés, el momento en que la conciencia
coincide con la vida desnuda. Vivir sin más. ¿Se puede vivir sin adjetivaciones,
desnudos de contexto? Se puede: la pasión amorosa, la conversación entre amigos,
el trabajo entregado y responsable, si uno se aísla del contexto estresante.
Otro modo es mediante el arte. El arte puro sin aditamentos coincide con la
vida desnuda.
Un
piano solo en una sala con buena sonoridad -es buena si uno no repara en ella.
Primero el Liszt de Años de peregrinación, después el joven Brahms de la
sonata número 3. Un intérprete sumido en el arte de la interpretación.
La música es la más intemporal de las artes: se actualiza cada vez que un buen
solista la ejecuta en el escenario. No hay músicas viejas o músicas nuevas
sino las que hacen suyo el instante. La vida y su representación coinciden en
un momento que puede ser extraordinario, cuando se libera la energía que
permite que el mundo cobre sentido.
Durante
la media hora larga que estoy en el andén, esperando, no se me va la agitación
interior, mi cuerpo balanceándose de un lado para otro, mi mirada atraída por el
trasiego atmosférico del resto de los humanos que como yo esperan. Un estrés
que hemos incorporado a nuestra forma de estar en el mundo. Un no vivir.

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