sábado, 31 de enero de 2026

¿Quién ama más tiempo?



En ese árbol de la ocurrencia continua que es Twitter, ahora X, uno, y otros después, soltaba que La pregunta 7 no le había gustado, que no le encontraba valor. Contaminados por los géneros: esto es una novela, esto es un ensayo, esto es un libro de aventuras, esto es un noir, el uno y los otros no podían apreciar la valía de lo que no se ciñe al género, ni por su singularidad tampoco a la corriente principal del momento. Flanagan tiene algo que decir, algo que le atañe personalmente, y quizá también a ti lector.


Cuenta Richard Flanagan que le diagnosticaron una enfermedad degenerativa con un corto periodo de vida por delante. En los próximos y finales 12 meses se verían afectadas sus capacidades cognitivas y su memoria. Entonces se puso con el libro que tenía en mente desde hacía tiempo. Urgido a ordenar el material que bullía en su cabeza, parte de una pregunta que había encontrado en un cuento de Chéjov, una pregunta capaz de organizar el relato y el sentido de su vida, pues qué es un relato sin un hilo que lo organice. En el caso de La pregunta 7 es tan frágil como la propia pregunta, un recurso en todo caso para empezar a contar lo que bulle dentro, lo que pugna por ser contado. ¿Quién ama más tiempo?, va preguntándose a lo largo del libro. Lo que el lector se encuentra es un híbrido entre novela y ensayo. 


Las obras memorables nos tocan no por su perfección, pues ni la Iliada, ni el Quijote, ni la Divina Comedia ofrecen un mecanismo comparable a un reloj sino porque nos presentan un espejo en el que reconocer nuestras debilidades, temores y deseos. Es en la imperfección de La pregunta 7 donde nos reconocemos. El hilo que gira, se desvía y vuelve a lo largo del relato del que tira Flanagan lleva de su amor por los libros a la composición urgente del suyo: HG Wells y Rebeca West vivieron una apasionada aventura amorosa que acabó en un libro del que el físico húngaro Leo Szilard tomó la idea de la posibilidad de la bomba que podía arrasar el mundo. La bomba que explotó sobre el cielo de Hiroshima acabó con la guerra en Japón, de modo que el padre de Flanagan, que se quebraba en un campo de trabajos forzados en Birmania, pudiese volver a casa y concebirlo, concebir a Richard Flanagan y así poder escribir el libro que estás leyendo.


El hilo va recorriendo la trama apretando aquí y allá para dar forma a las historias, unas con mayor intensidad que otras: la historia romántica y literaria de Wells y West (completamente incompatibles, pero perfectos el uno para el otro); el drama trágico del judío expulsado de Europa para contribuir en América a la construcción del arma más mortífera capaz de acabar con la locura del nacionalsocialismo; las vidas acabadas o rotas, convertidas en estadística mortal - millones -, consecuencia del horror de la guerra, que solo alcanzan a tocar el corazón gracias a la magia del arte novelístico cuando se singularizan en la vida y muerte del padre de Flanagan en el campo japonés del Ferrocarril de la muerte y, finalmente, en la desnaturalizada Tasmania.


Los episodios se despliegan sobre la urdimbre vital de Flanagan el hijo. Intuimos al escritor y al hombre preguntándose cuánto amor había en Wells y en West; cuánto dolor en la conciencia de Szilatd por haber creado al monstruo capaz de acabar con la humanidad; cuánto en el silencio familiar del padre tras lo ocurrido en el ferrocarril, cuánto en el padre y la madre del narrador cuando les deja a la puerta de una residencia tras pedirle que les acojiese en su casa; en el silencio tasmano tras el genocidio británico: los aborígenes casi desaparecidos como la propia antigua selva.


¿Quién ama durante más tiempo? Una urdimbre que finalmente se desvela en episodio de la trama cuando el narrador en el último movimiento despliega el tapiz que contiene su entera vida: cuenta su primera muerte, el joven Flanagan atrapado en un kayak en medio de la corriente del río Franklin, enlazando así con el diagnóstico fatal que ha dado origen al tejido del relato. La trama son los cuentos que nos contamos, la urdimbre, la vida...


"...toda escritura está atrapada en los tiempos verbales, mientras que la vida no lo está. La vida siempre está ocurriendo y ha ocurrido y ocurrirá, y la única manera de escribir que acaso tenga algún valor es la que confunde el tiempo y está fuera del tiempo, la que nada con él y vuela con él y bucea con él hasta las profundidades, buscando la respuesta a una pregunta insistente: ¿Quién ama más tiempo?"

 

"Sin el beso de Rebecca West, H.G. Wells no se habría refugiado en Suiza para escribir un libro en el que todo arde, y, sin el libro de H.G. Wells, Leo Szilard nunca habría concebido una reacción nuclear en cadena, y sin concebir una reacción nuclear en cadena, nunca habría conocido el terror, y si no hubiera conocido el terror, nunca habría persuadido a Einstein para que presionara a Roosevelt y si Einstein no hubiera presionado a Roosevelt, no habría habido Proyecto Manhattan y sin Proyecto Manhattan, no hay ninguna palanca de la que Thomas Ferebee pueda tirar a las 8.15 horas del 6 de agosto de 1945 a nueve mil quinientos metros de altitud sobre Hiroshima, no hay ninguna bomba sobre Hiroshima y ninguna bomba sobre Nagasaki, y cien mil o ciento sesenta mil o doscientas mil personas viven y mi padre muere. Puede que la poesía no sea capaz de activar nada , pero una novela destruyó Hiroshima y sin Hiroshima yo no existo y estas palabras se borran por sí solas y yo con ellas".

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