El
capítulo que Richard Flanagan, en La pregunta 7, dedica a la muerte de
su madre es elegiaco, el punto en que la prosa deriva en emoción poética.
Cuando sucede, a menudo es una máscara. La espuma poética tapa lo que no
queremos que salga a la superficie, algo que nos avergüenza o un dolor difícil
de expresar o ambas cosas.
"Su manera de morir, a lo largo de tres días, es una
de las cosas más hermosas que he visto nunca".
Quién
no recuerda el gran amor de la madre. Los años de la infancia, su devoción.
Pasada la infancia y los primeros años de hombre adulto, reconocemos su
sacrificio y mostramos gratitud. No nos cuesta gran cosa dejarlo por escrito,
un poema, un brindis en el cumpleaños, hablar de ello con familiares y amigos
o, como es el caso, en la despedida. Algo más nos cuesta decírselo a solas
mientras vive. Toda esa devoción desaparece cuando nuestra madre se derrumba en
sus últimos años, cuando pierde la cabeza y deja de ser aquella que nos quería
tanto.
Flanagan
reconoce que su madre le pidió pasar con él sus últimos años y le dijo que no.
Dice que habría tenido que descuidar la escritura para ocuparse de ella.
"Mi madre me había preguntado si mi padre y ella
podían venir a vivir conmigo. Me lo rogó. Fue cuando, ya con más de noventa
años, comprendió que pronto tendrían que irse los dos a una residencia, a menos
que fuera posible encontrar otra solución. Y yo, que siempre había pensado que
diría que sí, le dije que no. Tenía mis motivos. No habría podido trabajar y
cuidar de mis padres a tiempo completo, como ellos necesitaban. Podría haberlos
cuidado y renunciar a mi trabajo. Pero ¿habría sido posible? Tal vez sí o tal
vez no. No hay memoria exenta de vergüenza".
Yo
también llevé a mi madre a una residencia. Tengo mis excusas como Flanagan: la
pandemia, una situación familiar difícil. De vez en cuando vuelve como herida a
mi conciencia.
Las
residencias rebosan, se han convertido en uno de los grandes negocios de este
tiempo. Repositorios. Los hijos ponen excusas. Pero un día recogeremos lo que
nos merecemos. También nosotros seremos abandonados a las puertas de una
residencia.

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