Volví a Tokio. Allí conocí a
un hombre que había sido oficial médico del ejército japonés en Hintok, uno de
los campos de prisioneros de guerra que trabajaron en el Ferrocarril de la
Muerte, donde también había estado mi padre. El oficial contaba que llegó allí
de noche, entre las piras funerarias en las que se incineraba a los que habían
muerto de cólera. Alrededor de las hogueras de carne y de bambú, unos
esqueletos desnudos se arrastraban por el barro...
Se parecía a un infierno budista, dijo, en alusión al
campo.
Le pregunté si los había ayudado.
Contestó que no.
Le pregunté si, como médico, no se sentía en el deber de
ayudar a los enfermos y a los que sufrían.
-Tiene usted que entender-dijo, y lo dijo como si hiciera
un comentario sobre la calidad o cualquier otra característica del té verde que
se estaba tomando que para nosotros no eran seres humanos".
(La pregunta 7. Rchard Flanagan)
Cuántos
murieron como consecuencia de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Cuántos
hubiesen muerto en la guerra más o menos convencional que era la alternativa.
En el
bombardeo de Tokio previo a la bomba se estima que murieron alrededor de
100.000 personas. Es difícil calcular cuántas murieron en el llamado
ferrocarril de la muerte: se habla de entre 100.000 y 250.000. Eran trabajadores
forzados y prisioneros de guerra aliados sometidos a condiciones infrahumanas, con
graves enfermedades y maltratados. Los japoneses pretendían conectar Bangkok
(Tailandia) con Rangún (Birmania) mediante un ferrocarril de 415 km para
abastecer a sus tropas en la campaña de Birmania.
Es
difícil saber con exactitud cuántas personas murieron en Hiroshima, quizá
sesenta mil inmediatamente, ochenta mil si sumamos las que murieron en los días
siguientes y ciento cuarenta mil si miramos a más largo plazo.
"Si no existen estadísticas exactas para medir lo
ocurrido en Hiroshima, tampoco es posible hacer un cálculo moral de la
muerte".
En
julio de 1945, el secretario de Guerra estadounidense, Henry L. Stimson,
encargó un estudio sobre el coste humano de una invasión de Japón. Las
estimaciones de heridos para los aliados se situaban entre 1,7 y 4 millones, y
las de muertos, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil; mientras que el
número de japoneses muertos podría alcanzar una cifra entre cinco y diez
millones. Los japoneses elevaron las estimaciones al alza. El subjefe de
la Marina Imperial, el vicealmirante Takijiro Onishi, predijo hasta veinte
millones de muertos en su ejército.
El
general MacArthur pensó en utilizar armas biológicas (fosfeno, gas mostaza y
cloruro de cianógeno) en las islas Marianas.
"Llegado el momento de decidir qué arma de
destrucción masiva se utilizaba, la bomba atómica fue simplemente, la elección
final".
Uno
de esos dilemas que aparecen en los tratados de ética ocurrió en la vida real.
Una vez iniciada la guerra, cómo acabar con ella. Todas las opciones eran
malas. Lo demás era cuestión de suerte: muchos se salvaron gracias a una
decisión tomada muy lejos. Otros cientos de miles fueron condenados por lo
mismo.
Los
bombardeos de las fuerzas aliadas en Francia causaron la muerte de 57.000
civiles franceses; en Alemania, entre 300.000 y 600.000. En Vietnam, años
después, murieron tres millones de personas como consecuencia de la guerra, de
ellos dos millones eran civiles.
¿Quién
desata la locura cíclica que de tanto en tanto sacude a la humanidad? ¿Cómo es
que todavía seamos incapaces de reprimirla?

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