miércoles, 28 de enero de 2026

Hiroshima y el Ferrocarril de la muerte

 


 Volví a Tokio. Allí conocí a un hombre que había sido oficial médico del ejército japonés en Hintok, uno de los campos de prisioneros de guerra que trabajaron en el Ferrocarril de la Muerte, donde también había estado mi padre. El oficial contaba que llegó allí de noche, entre las piras funerarias en las que se incineraba a los que habían muerto de cólera. Alrededor de las hogueras de carne y de bambú, unos esqueletos desnudos se arrastraban por el barro...

 

Se parecía a un infierno budista, dijo, en alusión al campo.

Le pregunté si los había ayudado.

Contestó que no.

Le pregunté si, como médico, no se sentía en el deber de ayudar a los enfermos y a los que sufrían.

 

-Tiene usted que entender-dijo, y lo dijo como si hiciera un comentario sobre la calidad o cualquier otra característica del té verde que se estaba tomando que para nosotros no eran seres humanos".

(La pregunta 7. Rchard Flanagan)


Cuántos murieron como consecuencia de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Cuántos hubiesen muerto en la guerra más o menos convencional que era la alternativa.

 

En el bombardeo de Tokio previo a la bomba se estima que murieron alrededor de 100.000 personas. Es difícil calcular cuántas murieron en el llamado ferrocarril de la muerte: se habla de entre 100.000 y 250.000. Eran trabajadores forzados y prisioneros de guerra aliados sometidos a condiciones infrahumanas, con graves enfermedades y maltratados. Los japoneses pretendían conectar Bangkok (Tailandia) con Rangún (Birmania) mediante un ferrocarril de 415 km para abastecer a sus tropas en la campaña de Birmania.

 

Es difícil saber con exactitud cuántas personas murieron en Hiroshima, quizá sesenta mil inmediatamente, ochenta mil si sumamos las que murieron en los días siguientes y ciento cuarenta mil si miramos a más largo plazo.

 

"Si no existen estadísticas exactas para medir lo ocurrido en Hiroshima, tampoco es posible hacer un cálculo moral de la muerte". 

 

En julio de 1945, el secretario de Guerra estadounidense, Henry L. Stimson, encargó un estudio sobre el coste humano de una invasión de Japón. Las estimaciones de heridos para los aliados se situaban entre 1,7 y 4 millones, y las de muertos, entre cuatrocientos mil y ochocientos mil; mientras que el número de japoneses muertos podría alcanzar una cifra entre cinco y diez millones. Los japoneses elevaron las estimaciones al alza. El subjefe de la Marina Imperial, el vicealmirante Takijiro Onishi, predijo hasta veinte millones de muertos en su ejército. 

 

El general MacArthur pensó en utilizar armas biológicas (fosfeno, gas mostaza y cloruro de cianógeno) en las islas Marianas. 

 

"Llegado el momento de decidir qué arma de destrucción masiva se utilizaba, la bomba atómica fue simplemente, la elección final".

 

Uno de esos dilemas que aparecen en los tratados de ética ocurrió en la vida real. Una vez iniciada la guerra, cómo acabar con ella. Todas las opciones eran malas. Lo demás era cuestión de suerte: muchos se salvaron gracias a una decisión tomada muy lejos. Otros cientos de miles fueron condenados por lo mismo.

 

Los bombardeos de las fuerzas aliadas en Francia causaron la muerte de 57.000 civiles franceses; en Alemania, entre 300.000 y 600.000. En Vietnam, años después, murieron tres millones de personas como consecuencia de la guerra, de ellos dos millones eran civiles.

 

¿Quién desata la locura cíclica que de tanto en tanto sacude a la humanidad? ¿Cómo es que todavía seamos incapaces de reprimirla?

 


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