Edward
Teller fue un físico húngaro americanizado muy relevante en la construcción de
la bomba A y posteriormente de la bomba H. Sin embargo, en el proceso inicial
advirtió de una posibilidad, que la explosión de la bomba atómica incendiase la
atmósfera. Los físicos que trabajaron en el proyecto Manhattan lo descartaron
advirtiendo que era una posibilidad 'casi nula'. En la película, el propio Oppenheimer
sugirió que solo tras el experimento lo sabrían.
Cuando
se construía el LHC en Ginebra (el Gran Colisionador de Hadrones, un acelerador
de partículas), hubo algún físico que especuló con la idea de que la fuerza que
impulsaba el acelerador podría crear microagujeros negros que podrían destruir
la tierra. También era una posibilidad 'casi nula'.
No
existe la seguridad absoluta porque desconocemos cómo funcionan las fuerzas de
la naturaleza en su nivel básico. En el nivel de lo macro en que nos movemos,
no podemos controlar todos los factores que influyen en los eventos. Mañana va
a haber una nevada que suponemos importante porque confluyen borrascas
templadas y húmedas del Atlántico con masas de aire ártico, pero desconocemos
su magnitud y en qué punto exacto serán importantes.
Si a
la dinámica natural le añadimos la obra humana (la gestión de los asuntos) la
cosa se complica. ¿Hasta dónde alcanza la responsabilidad de los políticos en
las muertes de la Dana? ¿Hasta dónde por la rotura de los tramos de la vía de
Adamuz? ¿Cuántas muertes podrían haber evitado? Es lógico que se pidan
responsabilidades porque siempre, siempre se puede gestionar mejor, sobre todo
en labores de prevención, pero es obsceno derivar esos sucesos en tsunamis de
rabia e indignación. El periodismo reconvertido a la telerrealidad. Los
políticos exhibiendo su activismo: ralentizando la velocidad de los trenes,
paralizando los cercanías, disputando sobre las ceremonias de homenaje. La
seguridad absoluta no existe. Lo inesperado está a la vuelta de la esquina. Le
puede tocar a este gobierno o al siguiente, a ti o a mí. Lo que es seguro es
que la sobreexcitación seguirá siendo estimulada.
Vamos
a alterar tus rutinas, llegarás tarde a trabajar, volverás tarde a casa, vamos a
joder tus desplazamientos, pero a cambio te ofreceremos un gran espectáculo.
Puedes salir a la calle a manifestar tu indignación y luego sentarte en la
butaca de tu cuarto de estar a contemplar el espectáculo interminable con una
bolsa de palomitas en la mano.
En
una sala de espera psiquiátrica unos cuantos hombres y mujeres esperan a ser
atendidos: la inyección periódica de mantenimiento, la visita con la trabajadora
social, el psiquiatra. Hay miradas perdidas, un hombre inquieto pasillo arriba
y abajo, estrujando un plástico entre las manos, un par con el móvil en la
mano, una cabeza hundida, otro, de pie como una ese, trastea con una cremallera
para sacar algo de un bolsillo, una mujer joven plantada como un árbol junto al
ventanal tras el que se agita la lluvia incesante. Todos solos, a la espera,
sin compañía. ¿Quién es el culpable, 'su culpable'? ¿Lo hay? ¿Un golpe genético
de mala suerte? ¿Una confluencia de naturaleza y sociedad? ¿Cómo manifestamos
nuestra indignación ante casos como estos?

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