Estoy solo en la sala. El silencio es total salvo un suave murmullo que viene
del exterior; chicos de instituto. Que mejor situación para que los cuadros, la
pintura, si tienen algo que decir, me hablen. El tamaño es el suficiente como
para verlo desde lejos, sin necesidad de aproximación. Sobre un fondo monocromo
con tonalidades verdeoscuras, blancas u ocres, una geometría como de red de
pequeños globos circulares, semicirculares o de líneas que se entrecruzan
formando rombos desiguales para generar figura sobre fondo. Una figura en que convergen
regularidad y tramas irregulares. Si me detengo en cada cuadro veo, obviamente,
diferencias. Algo tiene esta pintura que me rechaza y me atrapa al mismo
tiempo. No puedo estar demasiado tiempo, sin embargo, contemplando porque no
hay relato, tan solo tramas abstractas que se agotan en sí mismas.
No alcanzo a ver significado, tan solo referencia a un tiempo histórico que
gira en bucle. Los 90. Callejones sin salida, como si el arte estuviese
certificando su propia muerte. De hecho, llevo un buen rato paseando por la
sala. Esperando que alguien llegue para ver qué impresión le causa. Pero nadie
parece interesado, al menos hoy.
Quien hace el texto introductorio habla de luz y opacidad, de figura y fondo,
de tensión entre estructura e imagen, superficie e icono, experiencia cotidiana
y memoria que se tensan “desde la irrupción más sutil o menos de la luz”. No sé
de qué percepción cotidiana, de qué visión aleatoria en cualquier lugar en que
nos encontremos, no podría decirse lo mismo. Habla de voluntad esencialista.
Dice que las obras se tornan “en modo de conocer como vehículo de pensamiento
más que como instrumento para representar imágenes”. La luz, dice, produce un
fulgor difícilmente previsible. Los textos en este tipo de exposiciones le
dicen al curioso qué tiene que ver.
Esta pintura se volvió tan abstracta tan conceptual que dejó fuera al
espectador, pintura de museo contemporáneo para estudio y complacencia de
comisarios, profesores de arte y estetas descarnados.
Me cuesta salir de este espacio de las dos salas que lo componen, convertido yo
mismo en abstracción, pues el placer no me lo provocan los cuadros que miro
paseando y con distintas aproximaciones, sino el estar solo deambulando,
ausentado de la ciudad. De algún modo, los museos provinciales, vacíos como
están, se han convertido en sustituto de las naves de las iglesias que antaño
visitábamos como remanso entre uno y otro de nuestros innecesarios ajetreos.
Me expulsa al fin la llegada de un fotógrafo que parece profesional. No se
cansa de hacer fotografías en las no adivino qué pueda encontar. Tras él llega
otro con facha profesoral. Hablan del texto introductorio. Alarga los brazos,
yergue la cabeza y abomba el pecho. Cazo al vuelo: "Despierta una serie de
posibilidades que están ahí...".
También llega una pareja de británicos jubilados que señalan en las pinturas
patrones, líneas en los cuadros. No parece necesario aguzar la vista en lo que
es más evidente.
En otra nota introductoria, en otra sala. Leo:” ...espacio acotado,
rotundamente vertical”. El título, llaurats, haría referencia a los
campos labrados, "al modo en que se fraguan las imágenes en la materia
pictórica", dice sin disimular su pedantería, “en base al conocido
tratamiento de las superficies que hace posible las idas y venidas de la luz,
imágenes aradas”.
" La obra que puede verse en la sala 4 persevera en una esencialidad que tiene mucho de vernáculo". " La idea de la pintura arada... Espacio fértil que se piensa y se habita, que se lee y se transita que se abona y se cosecha... Las sutiles franjas en el perímetro de las superficies que fijan el vibrante lugar donde germina el conocimiento”.
Si algo hay que agradecer a Hernández Pijuán es su minimalismo, comparado con la otra exposición temporal del Patio Herreriano, obras del fondo Rafael Santos Torroella, tan barroca como española, pretendiendo ser moderna, una colección formada gracias a su frecuentación de artistas, sobre todo catalanes, de los años anteriores y posteriores a la guerra.
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