lunes, 31 de marzo de 2025

Hernández Pijuán, labrador de superficies pictóricas

 




Estoy solo en la sala. El silencio es total salvo un suave murmullo que viene del exterior; chicos de instituto. Que mejor situación para que los cuadros, la pintura, si tienen algo que decir, me hablen. El tamaño es el suficiente como para verlo desde lejos, sin necesidad de aproximación. Sobre un fondo monocromo con tonalidades verdeoscuras, blancas u ocres, una geometría como de red de pequeños globos circulares, semicirculares o de líneas que se entrecruzan formando rombos desiguales para generar figura sobre fondo. Una figura en que convergen regularidad y tramas irregulares. Si me detengo en cada cuadro veo, obviamente, diferencias. Algo tiene esta pintura que me rechaza y me atrapa al mismo tiempo. No puedo estar demasiado tiempo, sin embargo, contemplando porque no hay relato, tan solo tramas abstractas que se agotan en sí mismas.


                                    

No alcanzo a ver significado, tan solo referencia a un tiempo histórico que gira en bucle. Los 90. Callejones sin salida, como si el arte estuviese certificando su propia muerte. De hecho, llevo un buen rato paseando por la sala. Esperando que alguien llegue para ver qué impresión le causa. Pero nadie parece interesado, al menos hoy.

Quien hace el texto introductorio habla de luz y opacidad, de figura y fondo, de tensión entre estructura e imagen, superficie e icono, experiencia cotidiana y memoria que se tensan “desde la irrupción más sutil o menos de la luz”. No sé de qué percepción cotidiana, de qué visión aleatoria en cualquier lugar en que nos encontremos, no podría decirse lo mismo. Habla de voluntad esencialista. Dice que las obras se tornan “en modo de conocer como vehículo de pensamiento más que como instrumento para representar imágenes”. La luz, dice, produce un fulgor difícilmente previsible. Los textos en este tipo de exposiciones le dicen al curioso qué tiene que ver.


                                        

Esta pintura se volvió tan abstracta tan conceptual que dejó fuera al espectador, pintura de museo contemporáneo para estudio y complacencia de comisarios, profesores de arte y estetas descarnados.

Me cuesta salir de este espacio de las dos salas que lo componen, convertido yo mismo en abstracción, pues el placer no me lo provocan los cuadros que miro paseando y con distintas aproximaciones, sino el estar solo deambulando, ausentado de la ciudad. De algún modo, los museos provinciales, vacíos como están, se han convertido en sustituto de las naves de las iglesias que antaño visitábamos como remanso entre uno y otro de nuestros innecesarios ajetreos.

Me expulsa al fin la llegada de un fotógrafo que parece profesional. No se cansa de hacer fotografías en las no adivino qué pueda encontar. Tras él llega otro con facha profesoral. Hablan del texto introductorio. Alarga los brazos, yergue la cabeza y abomba el pecho. Cazo al vuelo: "Despierta una serie de posibilidades que están ahí...".



                                

También llega una pareja de británicos jubilados que señalan en las pinturas patrones, líneas en los cuadros. No parece necesario aguzar la vista en lo que es más evidente.


En otra nota introductoria, en otra sala. Leo:” ...espacio acotado, rotundamente vertical”. El título, llaurats, haría referencia a los campos labrados, "al modo en que se fraguan las imágenes en la materia pictórica", dice sin disimular su pedantería, “en base al conocido tratamiento de las superficies que hace posible las idas y venidas de la luz, imágenes aradas”.


                                    

" La obra que puede verse en la sala 4 persevera en una esencialidad que tiene mucho de vernáculo". " La idea de la pintura arada... Espacio fértil que se piensa y se habita, que se lee y se transita que se abona y se cosecha... Las sutiles franjas en el perímetro de las superficies que fijan el vibrante lugar donde germina el conocimiento”.

Si algo hay que agradecer a Hernández Pijuán es su minimalismo, comparado con la otra exposición temporal del Patio Herreriano, obras del fondo Rafael Santos Torroella, tan barroca como española, pretendiendo ser moderna, una colección formada gracias a su frecuentación de artistas, sobre todo catalanes, de los años anteriores y posteriores a la guerra.







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