Cuando se discute del cambio climático o de la pandemia no todo es conspiranoia. El poder aprovecha el disparate irracional para impedir un debate sosegado sobre las políticas que se han ejecutado y se promueven con respecto a ambos temas. Los sensatos no niegan que exista un virus que ha acabado con millones de personas, tampoco que se esté produciendo un calentamiento como consecuencia de la actividad humana. En países de nuestro entorno, a los que nos homologamos democráticamente, comisiones parlamentarias juzgan y reprochan las malas políticas que se han llevado a cabo para contener la pandemia. No ha sucedido nada parecido en nuestro país. Incluso el Tribunal Constitucional ha desestimado por tres veces, por atentar contra los derechos de los ciudadanos, el estado de alarma sin que haya tenido ningún efecto político.
De momento no hay comisiones evaluadoras de las políticas que se llevan a cabo sobre el calentamiento global. Hay unas directrices que los países europeos siguen, y no tanto China Rusia o la India, lesionando de forma importante nuestro sistema productivo por pérdida de competencia, sin cuestionarse si el bien al que aspiran, desacelerar el calentamiento, no es infinitamente menor que el mal que pueden causar, el empobrecimiento de la población.
Bjorn Lomborg: "Hay demasiado alarmismo en los debates climáticos".

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