El cerebro de un hombre cualquiera, una suma de emociones pasiones y pensamientos guiados, acepta el tinglado sin más, como algo dado que no se puede modificar, en el mejor de los casos, o como lucha agónica de estilo deportivo entre el bien representado por unos y el mal que son los otros. Ese componente religioso daña la política, blinda el estatus del star system ante cualquier crítica racional. Cualquier crítica por bien argumentada que esté se toma como una negación del adversario. Incluso las resoluciones del Tribunal Constitucional se toman como opiniones de parte y se quedan en nada. La primera cuestión que cabría plantearse es si existe un debate libre de ideas. Y la segunda si, de existir, son las mejores ideas las que se imponen. Incluso los personajes del pasado, un Alejandro, un César, se resucitan para apoyar o imponer una idea concreta que no suele ser buena sino solo interesada.
Si la política fuese sustancial en la vida de las gentes se las trataría como a personas educadas racionales y adultas, capaces de pensar y decidir por sí mismas, se les hablaría y se les pediría la opinión sobre los asuntos que les afectan, pero no son los asuntos los que se discuten sino las emociones las que circulan entre los personajes del star system y el 'pueblo' o la 'gente'.
Lo real no es enteramente comprensible, llevamos dos mil años tratando de entender. Sobre la realidad hemos superpuesto capas de comprensión o utilidad para hacer la vida más habitable. Las mitologías, las religiones, las ideologías políticas y filosóficas, el sistema científico, incluso las poéticas del arte son capas que se superponen o se entrecruzan. La ciencia con su inflexible rigor es lenta, a veces exasperantemente lenta (con su propio star-system: expertos que emiten sin sonrojo opiniones contradictorias a propósito de la pandemia o del volcán de La Palma o de lo que venga), la vida de un hombre es tan breve que exige respuestas rápidas, un sentido del existir. Cada vida se resuelve de una forma distinta, unos se conforman y otros no. Unos se salvan invocando la trascendencia, otros se entretienen a diario enredando la banalidad de su vivir en la mediocridad de los famosos.

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