miércoles, 10 de noviembre de 2021

El retorno de un rey

 


Ni siquiera de las actuales guerras tenemos una idea precisa de lo que ocurre en los combates, ni en la retaguardia. Los testigos que dan testimonio por escrito u oralmente son pocos y cuando lo dan ha pasado el tiempo y la mente recuerda entre fantasmas. Interesado por Afganistán y su historia tengo entre manos algunos libros. Entre otros que describen la situación actual (Pampliega, Bernabé), el Viaje a Oxiana de Robert Byron, que ya he comentado, y El retorno de un rey de William Dalrymple. Magníficos ambos. Este está tan bien concebido, escrito y documentado y se lee con el interés del ensayo y la pasión de una novela. Trata de la invasión de Afganistán desde la India en la primera de las dos guerras que a iniciativa del imperio británico se dieron a mediados del siglo XIX. Dalrymple ofrece el punto de vista de los dos lados, británicos y afganos, y añade el de actores secundarios, los indostánicos, en primer lugar, que peleaban como cipayos al servicio de la corona o acompañaban a las tropas como servidores, pero también el de persas, rusos o punyabíes. Sorprende que haya podido recabar tantos y tan diversos testimonios. Trata a los actores de la contienda como personajes complejos, con muchos detalles, intentando comprender en cada caso su carácter y motivaciones. No se conforma con describir la vida de los grandes personajes, si puede ofrece la de la gente común. Hay trama, hay suspense y acción. Hay personajes cuya vida es más que novelesca: el polaco al servicio del imperio ruso Iván Vitkevitch y su contrafigura, el escocés al servicio del imperio británico, Alexander Burnes, Charles Manson, desertor y arqueólogo, y Henry Rawlinson, soldado y exploradores, y ambos lingüistas y asesores políticos, o intrépidas mujeres como Wa'fa Begum, la primera esposa del Sha Shuja, culta y enérgica, o Lady Sale, que acompañó a su marido, un general, en la expedición. Hay personajes incompetentes, que como sucede a menudo la burocracia política o militar pone en los puestos más importantes, como Lord Aukland, el general Elphinstone o William Macnaghten, el agente político que dirigió la desastrosa operación, o se descubre que lo eran cuando ya ha ocurrido el desastre, y se desprecia o minusvalora a quienes tienen la mejor información, en este caso Iván Vitkevitch y Alexander Burnes, cada uno de los cuales, por su vida novelesca: exploradores viajeros soldados espías o diplomáticos, que se van convirtiendo en héroes o villanos a lo largo del relato, que sabemos van a morir jóvenes y esperando con suspense el desenlace, merecerían un libro aparte.


Por momentos el libro parece una novela de espías: es la época en que Vitkevitch y Burnes crearon el ‘gran juego’, la trama de espías tejida por el Imperio ruso que venía del norte, de las estepas centroasiáticas, y el británico, que tenía su base en el Raj indio, pues consideraban Afganistán como la pieza codiciada que daría la supremacía en Asia a uno de los dos. En otros aparecen descritas las cortes orientales con sus harenes de esposas, amantes, hijos y demás parentela, los cientos de esclavos y sirvientes, y sus intrigas, su refinamiento y crueldad, las luchas tribales, las peleas familiares por el trono, sadozais contra barakzais; la corte virreinal británica, un mundo de esplendor impostado, un paraíso superpuesto a un mar de miseria. Y está la guerra y sus preparativos, el desplazamiento de un enorme ejército de soldados y otro de auxiliares y familias por pasos montañosos como el Jáiber o imposibles desiertos, con miles de ayudantes y cipayos, por un territorio inhóspito en el que muchos antes de entrar en combate mueren de hambre sed o sufrimiento; y el propio combate, el asalto a la fortaleza de Gazni y la toma de Kabul, contada por los testimonios de los asaltantes y los defensores, tan vívido como no lo puede recrear una producción cinematográfica, ghazis -fieles- contra kafirs -infieles-, afganos contra firangi -extranjeros-, mercenarios, traidores, valientes y desertores, ingenio en el combate y saqueo tras la victoria, y la insensibilidad europea ante la concepción pastún del honor tan difícil de comprender, la difusa distancia que separa el reconocimiento de la derrota del inicio de la rebelión.



Shuja Shah Durrani of Afghanistan in 1839


En paralelo a la derrota del ejército británico se cuenta la historia del desgraciado rey Sha Shuja, el rey que da título al libro, a quien los británicos quieren devolver el trono de Kabul, arrebatándoselo a quien le ha destronado, Dost Muhammad, autonombrado emir de los creyentes, y a quién siglo y medio más tarde se remitirá el talibán Mulah Omar para tomar el mismo título que llama a la yhad contra los nuevos invasores americanos. Sha Shuja recupera brevemente lo que queda del vasto imperio de los durrani, o de Jorasán como los afganos conocían la región desde siempre, una suntuosa encrucijada en la ruta de la seda, construido sobre las ruinas de otros tres imperios, el de los norteños uzbecos, los mogoles del sur y los safávidas de Persia, desde Nishapur, en Irán, hasta Delhi, e incluía Afganistán, Baluchistán, el Punyab, Sind y Cachemira, instalado desde mediados del siglo XVIII, con quien trabó contacto Elphinstone en nombre de los británicos a comienzos del siglo XIX cuando gobernaba Sha Shuja, un poder que se apoyaba en las joyas heredadas lel Imperio mogol, como el famoso diamante koh-i-Nur, un momento de esplendor que acabó con el final de Sha Shuja, igualmente patético:


"Los asesinos ya huían de la escena del crimen cuando uno de ellos descubrió al sha y avisó a su señor para que este terminara su trabajo. «Así fue como Shuja al-Daula se abalanzó sobre el postrado monarca y lo apuñaló sin piedad con su espada, al grito de: “¡Concédeme ahora una capa honorífica!”. Despojó al rey muerto de sus joyas, de su brazalete de oro, su cinturón y su espada, todo ello con un valor aproximado de un millón de rupias. El delicado cuerpo del rey, criado para descansar sobre mullidos cojines de lana fina y terciopelo, fue entonces arrastrado de los pies por un terreno áspero y pedregoso y, por último, lo arrojaron a una zanja»".


Y tras la invasión, la desastrosa retirada de los británicos de Kabul, el 6 de enero de 1842, que hizo famosa a esta primera guerra contra los afganos, una anábasis que no desmerece a la clásica, incluida la decapitación de los jefes del ejército convocados a una negociación trampa, las noches al raso en medio de tormentas de nieve, el acoso de las tribus afganas en los pasos montañosos de Khord Kabul y Tezin a una muchedumbre de famélicos, semidesnudos y congelados cipayos y civiles, abandonados a su suerte por los oficiales británicos, con la diferencia respecto a la Anábasis de Jenofonte de que no quedaron supervivientes, salvo un médico, el doctor Brydon, que llegó a Jalalabad para contarlo. Luego fueron llegando en lamentable estado algunos más. "Un ejército afligido, con la cabeza gacha... Casi todos los demás pasaron hambre y se vieron obligados a acostarse sobre la nieve desnuda, sin cobijo, fuego o comida. El silencio de los hombres traicionaba su desesperación y letargo: no se escuchaba ni un suspiro", recordaría uno de los supervivientes. Y tras la humillante derrota y retirada la planificada y meticulosa venganza que pocos meses después llevaron a cabo los británicos sobre cuántas aldeas, fuertes, valles, ciudades y todo lo que encontraban a su paso hacia Kabul encontraron, tan feroz y sanguinaria que estremeció a los propios oficiales encargados de mantener el orden. Hasta el hermoso mercado cubierto de los cuatro tejados de Kabul, una joya arquitectónica, destruyeron.


El retorno de un rey, de William Dalrymple está en la línea de los grandes historiadores ingleses, de Rolando Figes a Niall Ferguson, que tan bien saben contar, tan distintos de los hispanistas ingleses que nos han tocado en suerte, con la excepción de John Elliott. el libro te abre a un mundo que desconoces y te informa sobre el alma humana mejor que un tratado de psicología, al estilo de una novela de Dostoievski, y también a la historia y comprensión de los pueblos mejor que cualquier tratado específico. Nos muestra como se derrota y caen los imperios, no por la inteligencia y el valor de sus adversarios sino por líderes tan ambiciosos como incompetentes que para salvaguardar su debilidad se rodean de gente todavía más mediocre, cuando se alza a las primeros puestos no por su excelencia sino por su mediocridad. Y nos advierte cómo lo que sucedió volverá a suceder, otras dos veces más en Afganistán, primero los soviéticos y luego los americanos volverán a ser derrotados y expulsados, casi repitiendo la misma historia.


En los últimos dos milenios, solo durante breves periodos de tiempo el país había sido regido por un poder central consistente, durante los cuales las diferentes tribus reconocían la autoridad de un único gobernante, y todavía más breves fueron los momentos en los que se alcanzó algo similar a un sistema político unificado. Más que un Estado era un caleidoscopio de principados tribales enfrentados, gobernados por maliks o vakils, en lo que las alianzas era meramente personales y dependía en más de la negociación que de la imposición. El soldado afgano debía su obediencia al jefe tribal que lo reclutaba y pagaba y no a los shas durranis de las remotas ciudades de Kabul o Peshawar”.




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