La mejora de la vida del hombre en la tierra generan cuellos de botella naturales. Extendemos las tierras cultivables hasta que las agotamos, mecanizamos el campo hasta expulsar a los campesinos de sus tierras por innecesarios, extraemos las materias primas de la tierra hasta que ya no quedan más, consumimos la energía acumulada en el planeta y lo calentamos hasta convertirlo en un peligro para nuestra supervivencia. El consumo de energía transformada en alimento y calor aumenta nuestro bienestar, nos reproducimos más que nunca, de modo explosivo (en 1800: mil millones de habitantes sobre la tierra; en 2021: siete mil ochocientos millones), encontramos remedios para combatir las enfermedades, alargamos la esperanza de vida.
“En Níger cada mujer tiene, en promedio, 7 hijos -la mayor tasa de fertilidad del mundo-; en Níger un chico de cada 7 muere antes de cumplir 5 años, en los países ricos se muere uno cada 150”.
Como cada vez somos más humanos sobre la tierra la necesidad de alimentos, el consumo de energía, la explotación de la tierra es cada vez mayor. ¿Hay un límite? El bienestar en términos absolutos aumenta, aumenta la clase media, aumenta el consumo de bienes que son prescindibles. Para muchos la hambruna es una cosa del pasado, de periodos catastróficos de la historia, de sucesos naturales impredecibles o de países que no han alcanzado cierto nivel de desarrollo. La pobreza está declinando, la producción de alimentos, y de cualquier otra cosa, gracias a la tecnología y los sistemas de producción, aumenta. Sin embargo sigue habiendo millones de pobres. ¿Cuántos? El 8,8% de la población mundial está desnutrida. Sin embargo, la humanidad ha descendido del 13,4 por ciento en 2001 al 8,8 por ciento en 2017. Desnutrición, ¿es quizá el concepto que describe mejor la realidad? 663 millones de personas en todo el mundo están desnutridas. Al mismo tiempo que aumenta el bienestar de la humanidad hay millones de pobres que no alcanzan el mínimo calórico, es decir, el mínimo energético que todo individuo necesita. Hay otro concepto que habría que tener en cuenta, la inseguridad de poder alimentarse cada día. Qué es entonces la pobreza:
"la extrema fragilidad de todo. Una lluvia que cae o no cae, unas langostas que pasan en manada, un comerciante que acapara y aumenta son la diferencia entre la vida y la muerte de docenas, miles. La riqueza es tener opciones, un cierto respaldo: no vivir siempre a punto del desastre. Moverse en un terreno ancho, donde hay incluso lugar para caerse. Donde incluso caído estás en algún lado, la miseria es vivir en un filo: cualquier caída es despeñarse”.
Así la define Martín Caparrós. Esa cifra, la de los que no saben si van o poder comer este día, es muy alta: Una de cada cuatro personas en todo el mundo (1.900 millones). Son muchas personas, probablemente no las vemos. En nuestras ciudades son pocas, solo en la noche de las grandes ciudades, cuando todo el mundo se ha recogido en el calor de los hogares, se ven personas hurgando en los contenedores o durmiendo en los vanos de las puertas de bancos y comercios. Si vamos a los países donde abundan los pobres también es difícil que los veamos, porque de pobres hay muchas categorías y los más pobres no se muestran a los turistas por orgullo, porque viven en las villas miseria o porque son almas nocturnas.
Las estadísticas nos dejan fríos. Números. Números que van mejorando. Cada pobre es pobre a su manera y solo su conocimiento -el trato que no tenemos con ellos- nos pediría, nos exigiría una demostración material de nuestra compasión. Si acaso somos empáticos, cuando los vemos en documentales y películas. ¿Para qué esa empatía? Los pobres que conocemos son bidimensionales, ni siquiera hacen bulto, solo muestran el alto y ancho de la imagen en que aparecen.
Martín Caparros, en su libro de 2015, El hambre, quiso ser exhaustivo. El hambre es una hipérbole, dice en algún lugar. Abruma al lector: 624 páginas de letra menuda. Recorre medio mundo, recorre la historia, su evolución, las estadísticas del hambre y los hombres de poca carne y huesos frágiles, hombres conformados por la desnutrición, el hambre y la inseguridad alimentaria. Se podría decir que es tan vasto el problema, tan desigual la fortuna (haber nacido en el pasado o ahora, en una familia rica o en una pobre, en un país desarrollado o en uno que no), con unas habilidades o con otras, con enfermedad o sin ella, que solo cabe tener paciencia (¿Es así?): que el mundo alcance la capacidad para dar satisfacción a todos (la tiene ya), que se organice para repartir los bienes que a todos pertenecen (eso es otra cosa): recursos alimenticios y vivienda, educación, cura y prevención. Seguramente muchos argüirán que ya estamos en condiciones para que la buena vida sea extensible a todos. ¿Qué nos falta? El hambre, ¿es una cuestión política?, ¿hemos de esperar a que el capitalismo llegue a la saturación de bienes y servicios? ¿Qué llevará a la desaparición del hambre: la igualdad entre países y hombres, el derroche de la desigualdad?
Caparrós es excesivo, como lo es el tema. Interviene, pregunta, incita, lo contrario de un reportero neutral, se irrita ante la apatía de los pobres, se desespera ante la desigualdad, cuestiona al lector. Se desespera ante su impotencia, se rebela contra ella. Alcanza sus mejores momentos en los párrafos impresionistas en que describe situaciones dramáticas, las vidas campesinas de Níger, de Biraul, las viudas que van a Vrindavan para morir, pues morir en el santuario hinduísta en un privilegio o cuando entrevista a los pobladores del asfalto de Bombay.
“Frente a un mundo así de feo, la única estética posible es la rebeldía -en cualquiera, en alguna de sus formas”. “He andado por el mundo y cada vez me desespera más. Pero cada vez creo más en la desesperación o la desesperanza”


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