Presenta Fernando Aramburu su última novela, Los vencejos, ante los clubs de lectura de la ciudad. He leído entrevistas suyas al respecto, la última en el canal regional de televisión. Fría, burocrática. También he leído reseñas. La gran diferencia: haber o no haber leído la novela. Se nota, sobre todo cuando la novela es larga y exige del lector tiempo y atención. Si la novela es buena no vale leerla por encima o solo las primeras páginas, ni siquiera la mitad. Sucede con Los vencejos, una novelón por el número de páginas (672), me ha sucedido a mí, que la he visto de modo diferente antes y después de cruzar la mitad. Le he asaeteado a preguntas, bueno, solo cuatro, aunque tenía el morral lleno. También ha habido otros que han ido con la lectura hecha, Aramburu lo ha notado y entonces ha entrado en materia, satisfecho de contar con buenos lectores, dispuesto a compartir el calor con la audiencia: la cocina del escritor -el diseño de la estructura antes de comenzar a escribir-, anécdotas de su modo de escribir -de pie, aunque ya no tanto-, de las presentaciones -molestos los italianos con la referencia incómoda a La Divina comedia.
Hay autores que deberían estar agradecidos a sus lectores y, al revés, lectores agradecidos con aquellos autores que les abren puertas a la comprensión. Me quedo con una de sus frases, la novela no está en el objeto libro que adquiere el lector, está en la cabeza del lector, de cada lector, que hace vivir lo que está leyendo. Cada uno lo revive a su modo, lo interpreta a su modo. De ahí la importancia de los clubs de lectura, donde se ponen en juego las diversas interpretaciones.


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