En una habitación de una sola pieza en un barrio de una gran ciudad hay una mujer sentada en un sofá. La pared de su derecha está llena de estantes con libros, los estantes de la pared de su izquierda rebosan de CDs y DVDs. Detrás del sofá se adivina una puerta que lleva el baño y enfrente se ve la encimera y un pequeño ajuar. Pasó el confinamiento, siguen las restricciones del covid. El periódico habla de soledad y psicología. Esa mujer es feliz con un libro entre las manos y unos cascos y el pequeño televisor que tiene frente a sí. Su imaginación está en danza, aventuras en el Congo, un hombre en la Patagonia de camino hacia el sur, los sonidos del glaciar que se desprende, animales salvajes, abrazos al anochecer, cervezas en una terraza junto al mar conversando con amigos. Todo está en los libros en las películas en la música que escuchamos sin cesar, pero la vida, ¿dónde está?
¿Qué es más verdad, leemos porque queremos soñar con aquello que nos gustaría hacer, leemos para estimular la imaginación, para ponernos en marcha y hacer cosas que no se nos habían ocurrido, para ayudar a nuestra voluntad, o leemos porque hemos perdido la fe en nosotros mismos y ya no nos queda sino identificarnos con héroes de fantasía?

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