jueves, 9 de mayo de 2019

Una temporada para silbar, de Ivan Doig



             Una novela, un libro, vale tanto como sea capaz de acercarnos a la realidad. No existe solo la belleza del asombro ante la obra de la naturaleza o el artificio del hombre. La belleza no nace solo de la contemplación, también de la reconstrucción de la realidad en nuestra mente, de la concordancia de nuestras ideas con el mundo. Una buena novela lo es si además de estar bien construida nos produce emoción ajustándonos a la verdad, limpiando de broza la imaginación, desbaratando nuestros prejuicios, los errores de construcción en nuestro edificio mental.

             Durante la mayor parte de su desarrollo, Una temporada para silbar es una novela de género. Una novela de iniciación y aprendizaje. A una familia de granjeros de Montana llegan dos hermanos procedentes de la ciudad (Chicago), Rose, como ama de llaves para una familia de tres chicos que han perdido a su madre y cuyo padre está desbordado por las tareas de la granja y del hogar, y Morgan, Morrie, autoinvitado, pero que pronto adquiere la plaza de maestro en la pequeña escuela unitaria de Marias Coulee, Montana, cuando la anterior maestra se da a la fuga con un predicador. Los personajes son una colección que responde al juego de roles de la mente del narrador, un adolescente de trece años: El padre de la familia Milliron, los tres hermanos, los chicos de la escuela, Bárbara que decide que le llamen Arabrab, Eddie Turley y su violento padre Brose, cazador de lobos, la tía Eunice, el médico, el inspector, los adultos excéntricos o normalizados, cada uno con un detalle significativo, un rasgo en el cajón de los estereotipos. La acción discurre durante el curso escolar de 1909 a 1910, el año del cometa Halley, en dos escenarios: la casa de los Milliron y la escuela. En la primera Rose, con un pasado no del todo aclarado, se convierte en el centro de atención de los tres hermanos. En la segunda reina el atildado Morrie, que irá haciendo frente con encanto y una sabiduría que no se le sospechaba a los incidentes propios de una pandilla de chicos en ebullición. Los sucesos, las disputas, las conversaciones se ven desde la mente adolescente y en el recuerdo -el relato está escrito cincuenta años después- de Paul Milliron, cuando el joven adolescente, que aprehende la sustancia del mundo en esos meses decisivos en que conoce a Rose y a Morrie y a expresarla en las clases particulares de latín que Morrie le da graciosamente tras la jornada escolar, es ya un supervisor de Educación Primaria del Estado de Montana con la misión de cerrar las pequeñas escuelas rurales. La novela está escrita al modo clásico, bien medida y orientada a un desenlace inesperado.

          La novela solo se aparta de las convenciones del género, aventura, peleas, ensoñaciones, amistades y descubrimientos, en las últimas páginas, aunque van apareciendo pequeños detalles, quizá inadvertidos en la mente del lector, una frase en latín, la colección de recortes que Damon dedica a los héroes del boxeo, la manera de comportarse de Rose y Morrie, los sueños, que solo adquirirán sentido al final, cuando el autor presente la gran cuestión moral que salva la novela alzando el vuelo por encima del género. Una cuestión que resuelve una cierta intriga y pone al joven narrador, y al lector, contra las cuerdas. Es entonces cuando cobran sentido los grandes recursos de Morrie para resolver problemas, la entrega generosa de Rose a la familia Milliron, el significado preciso de las palabras, los pequeños secretos que los conjurados prometen no revelar, la solución de los incidentes a que ha asistido el protagonista. Paul, el narrador, toma una decisión que tendrá consecuencias para todos, al asumir tal responsabilidad se convierte en adulto. Aún así en el lector queda la sensación de un cierto anacronismo por el modo de resolver el dilema moral, como si 1909, 1954 y 2006 fuesen el mismo tiempo y la conciencia se mantuviese sin variación. La novela de Ivan Doig fue escrita en 2006, el protagonista recuerda en 1954, pero la acción que se narra se sitúa en 1910, en un medio rural.

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