Una
novela, un libro, vale tanto como sea capaz de acercarnos a la
realidad. No existe solo la belleza del asombro ante la obra de la
naturaleza o el artificio del hombre. La belleza no nace solo de la
contemplación, también de la reconstrucción de la realidad en
nuestra mente, de la concordancia de nuestras ideas con el mundo. Una
buena novela lo es si además de estar bien construida nos produce
emoción ajustándonos a la verdad, limpiando de broza la
imaginación, desbaratando nuestros prejuicios, los errores de
construcción en nuestro edificio mental.
Durante
la mayor parte de su desarrollo, Una temporada para silbar es
una novela de género. Una novela de iniciación y aprendizaje. A una
familia de granjeros de Montana llegan dos hermanos procedentes de la
ciudad (Chicago), Rose, como ama de llaves para una familia de tres
chicos que han perdido a su madre y cuyo padre está desbordado por
las tareas de la granja y del hogar, y Morgan, Morrie,
autoinvitado, pero que pronto adquiere la plaza de maestro en la
pequeña escuela unitaria de Marias Coulee, Montana, cuando la anterior
maestra se da a la fuga con un predicador. Los personajes son una
colección que responde al juego de roles de la mente del narrador,
un adolescente de trece años: El padre de la familia Milliron, los
tres hermanos, los chicos de la escuela, Bárbara que decide que le
llamen Arabrab, Eddie Turley y su violento padre Brose, cazador de
lobos, la tía Eunice, el médico, el inspector, los adultos
excéntricos o normalizados, cada uno con un detalle significativo,
un rasgo en el cajón de los estereotipos. La acción discurre
durante el curso escolar de 1909 a 1910, el año del cometa Halley,
en dos escenarios: la casa de los Milliron y la escuela. En la
primera Rose, con un pasado no del todo aclarado, se convierte en el
centro de atención de los tres hermanos. En la segunda reina el
atildado Morrie, que irá haciendo frente con encanto y una sabiduría
que no se le sospechaba a los incidentes propios de una pandilla de
chicos en ebullición. Los sucesos, las disputas, las conversaciones
se ven desde la mente adolescente y en el recuerdo -el relato está
escrito cincuenta años después- de Paul Milliron, cuando el joven
adolescente, que aprehende la sustancia del mundo en esos meses
decisivos en que conoce a Rose y a Morrie y a expresarla en las
clases particulares de latín que Morrie le da graciosamente tras la
jornada escolar, es ya un supervisor de Educación Primaria del
Estado de Montana con la misión de cerrar las pequeñas escuelas
rurales. La novela está escrita al modo clásico, bien medida y orientada a un desenlace inesperado.
La
novela solo se aparta de las convenciones del género, aventura,
peleas, ensoñaciones, amistades y descubrimientos, en las últimas
páginas, aunque van apareciendo pequeños detalles, quizá
inadvertidos en la mente del lector, una frase en latín, la
colección de recortes que Damon dedica a los héroes del boxeo, la manera de comportarse de Rose y
Morrie, los sueños, que solo adquirirán sentido al final, cuando el
autor presente la gran cuestión moral que salva la novela alzando el
vuelo por encima del género. Una cuestión que resuelve una cierta
intriga y pone al joven narrador, y al lector, contra las
cuerdas. Es entonces cuando cobran sentido los grandes recursos de Morrie para resolver problemas, la
entrega generosa de Rose a la familia Milliron, el significado
preciso de las palabras, los pequeños secretos que los conjurados
prometen no revelar, la solución de los incidentes a que ha asistido
el protagonista. Paul, el narrador, toma una decisión que tendrá
consecuencias para todos, al asumir tal responsabilidad se convierte
en adulto. Aún así en el lector queda la sensación de un cierto
anacronismo por el modo de resolver el dilema moral, como si 1909,
1954 y 2006 fuesen el mismo tiempo y la conciencia se mantuviese sin
variación. La novela de Ivan Doig fue escrita en 2006, el
protagonista recuerda en 1954, pero la acción que se narra se sitúa
en 1910, en un medio rural.


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