jueves, 1 de marzo de 2018

El erizo




          Seguramente no hubiese visto con los mismos ojos esta película si antes no hubiese leído la novela, quizá la hubiese encontrado sensiblera, facilona a lo Amélie, y a los personajes muy esquemáticos: la niña protagonista, Paloma, cámara en ristre, repelentilla y poco creíble analizando la encorsetada sociedad burguesa de la que es hija e incapaz de generar los epigramas con los que la describe, la portera, Renée demasiado gorda, fea y ceñofruncida como para reclamar la atención del rico y de una pieza japonés, el señor Kakuro Ozu, que la invita a a su casa, luego a un restaurante japonés y por fin le dice que ahí está él para lo que ella quiera. Pero con la sensibilidad a flor de piel tras la lectura de La elegancia del erizo la película me ha encantado. Aún así es un acierto convertir el diario de Paloma en cámara registradora y a los ojos, inteligentes e ingenuos, de la niña en notarios de una sociedad decadente. Pero convengo que los esquematismos de la novela se tornan insufribles en la película y que, por el contrario, aquello que en la novela era para mí lo más interesante, el hueso que la sostenía, las reflexiones filosóficas y estéticas, aquí desaparecen para dejar a la vista la pura carne del relato, cuando, en este caso, la carne es flaca y algo descompuesta.

No hay comentarios: