jueves, 24 de diciembre de 2015

El Pentateuco de Isaac, de Angel Wagenstein


            Felices los tiempos en que uno leía por primera vez. Los muchos años que me van persiguiendo y las lecturas hacen que la mirada inocente sea un remoto recuerdo. Eso que me sucede a mí como lector, les sucede a muchos escritores cuando tocan determinados temas. Y a los músicos, y a los pintores, y a los filósofos. A veces la carga del pasado es tan abultada que impide rasgar con una primera frase el folio de papel en blanco. Angel Wagenstein no tuvo ese problema cuando a los setenta y seis años, en 1998, se enfrentó al recurrente tema de los horrores de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Su arma, el humor. El Pentateuco de Isaac es una novela, no un libro de no ficción, y por eso es aún más difícil entrar en el tema del exterminio de los judíos sin que la obra huela a flores ajadas o a podrido negocio. Cuántas novelas indecentes se han escrito sobre el asunto. ¿Y películas? La lista de Schindler se salvaba a duras penas, el humor blando y pegajoso de La vida es bella era infumable. No así esta inteligente novela de Wagenstein que no toma al lector por tonto, ni por colega, que no hurga en las lágrimas baratas ni en el sentimiento de culpa que todo occidental se ha ido inoculando.

            El protagonista de Wagenstein, Isaac Blumenfeld es un judío, perteneciente a una familia de sastres, al que le toca vivir el loco periodo de la historia que va del comienzo de la primera guerra mundial al final de la segunda. Como habitante del este europeo, en concreto de Kodoletz, de la Galitzia austrohúngara, luego polaca, soviética, alemana y ucraniana, va cambiando sucesivamente de patria y como ciudadano de dichos países se le exige cada vez que ofrezca su vida por ellos en los momentos críticos. Luchará por el senescente imperio en 1914, durante el exacto tiempo de casarse y tener tres hijos será ciudadano de la Polonia de Pilsudski, sin tiempo para considerarse habitante del Tercer Reich pasará a ser camarada de los soviets. Pero así como cada nueva patria le exigía que entregase su vida en su defensa, ellas no lo tuvieron en mucha consideración. Comenzada la segunda guerra es capturado en las calles de Leópolis y llevado a la Base especial A-17, en Brandeburgo, cerca de Berlín, para fabricar piezas de armamento y después al campo de concentración de Flosenbürg asolado por una epidemia de tifus. Tras la liberación y el duro periodo de recuperación física y moral es condenado como ciudadano de la Unión Soviética a los campos de Kolimá, en el archipiélago gulag.


            La larga historia de penalidades está contada con sencillez, invocando directamente al lector, utilizando la ironía, el chiste que reclama su inteligencia, sin escamotear los momentos de dureza insoportable, si bien el narrador remite a otros libros y testimonios que lo han contado mejor que él. No hay enjuiciamiento de los regímenes asesinos de esa época ni descripción detallada del horror, es mas bien una especie de cuento contado por el abuelo a los nietos donde se mezclan la aventura, el peligro, el humor y la muerte. Como dice un personaje: “Me ocupo de los cortos de vista y no de las utopías sociales que adolecen de miopía”. Por eso los personajes son esquemáticos, portadores de ideas, gestos o emociones. De entre todos, el más significativo es el rabino Samuel Bendavid, cuñado de Isaac Blumenfeld, el que en cada página porta la antorcha de la humanidad, que impide que Isaac caiga en el pesimismo o en el suicidio ante la tragedia y que le hace levantarse una vez más. Como una fábula moral de aprendizaje hasta los malvados tienen un punto de debilidad y por tanto de redención, porque según el narrador no es la condición humana la que nos hace cometer actos viles sino las circunstancias. Lo que no evita que la maldad haya de tener su castigo, pero durante un breve periodo, el justo y necesario para que la justicia no se transforme en venganza. 

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