viernes, 10 de abril de 2015

La venganza de la geografía, de Robert D. Kaplan


            La venganza de la geografía. “Lo que los mapas nos dicen acerca de los conflictos que vienen y la batalla contra el destino”.

            En la segunda mitad del siglo XIX, al mismo tiempo que se formaban los grandes imperios coloniales europeos, en los departamentos de Historia y Geografía de las universidades, surgió un tipo especial de estudioso que iba a tener una gran influencia en la expansión de esos imperios, el que inventó la geopolítica. ¿Por qué se expandían, chocaban y se acababan los Imperios? Estudiosos como Halford J. Mackinder, William H. MacNeill, N. J. Skypman, Karl Haushofer inventaron una disciplina según la cual la ocupación o control de las masas geográficas continentales o marítimas, las mesetas y los valles fluviales eran decisivos en la historia. Los estrategas y políticos les siguieron con entusiasmo y privilegiaron esa visión por encima de otras como por ejemplo el factor humano, el económico o el social. No tuvieron en cuenta a esos estudios para preparar la defensa de sus países sino más bien para expandirlos, alegando la necesidad de un espacio vital para su defensa. Poco después llegó la Primera Guerra Mundial y algo más tarde la Segunda. Cabe preguntarse hasta qué punto los analistas de la academia fueron responsables del desarrollo de los acontecimientos. Kaplan, que explica todo esto, nos advierte del ávido seguimiento que de uno de ellos, Alfred Thayer Mahan, que afirmaba que la fuerza naval había sido siempre el factor decisivo en las batallas, hacen en la actualidad los estrategas chinos e indios y de cómo están creciendo las flotas militares de esos países, mientras paradójicamente las europeas sólo tienen en cuenta labores policiales.

            Admira uno el gran esfuerzo de estos estudiosos por atrapar la historia privilegiando un solo factor para comprender la causa de los cambios profundos (“La única cosa perdurable es la posición de un país en el mapa”), aunque cada dos por tres proclamen que son antideterministas. Como niños juegan con grandes conceptos de su invención, Isla Mundial, Corazón Continental, Anillo o Satélites Continentales como si sólo enunciándolos bastase para dar sustento a sus vastas construcciones. Así por ejemplo la gran expansión rusa hacia oriente tuvo que ver con su falta de defensas naturales ante enemigos externos, europeos u orientales, de modo que la única solución para defender sus grandes llanuras y mesetas fue seguir expandiéndose. Y sin embargo prosigo en la lectura de sus muchas páginas porque hay algo de adictivo en estos edificios lógicos, un remanente de verdad que nos ayuda no a comprender mejor el pasado sino a tratar de ver con claridad en el confuso mundo en que vivimos y en el que tenemos por delante. No importan los errores en sus predicciones: la decadencia del imperio Británico, la caída del muro en el 89, el escaso papel que le adjudicaron a China, el auge reciente del islamismo. En su afán por privilegiar la geografía, han desdeñado o conferido un lugar secundario a los movimientos demográficos, a la explosión tecnológica, al surgimiento de nuevos agentes inesperados: Brasil, Nigeria, India, así como otro determinismo del que apenas son conscientes, los prismáticos empañados de la historia al mirar siempre desde una perspectiva británica en el pasado, estadounidense en la actualidad, pues casi todos estos especialistas son anglosajones.

            Quién no querría saber qué será de territorios esponjosos como la frontera entre EE UU y México, geográficamente unidos aunque aparentemente diferentes económica y culturalmente –hay quien apunta a que el sur de EE UU y el norte de México formarán en 2080 la República del Norte-, pues tiene EE UU su mayor problema en esa frontera demográfica de Centroamérica más que en los lejanos Afganistán y Pakistán;  qué será de la Amuria siberiana, de la Mongolia o la Manchuria chinas, territorios bajo influencia china o rusa; ¿conseguirá India convertirse en un agente mundial, si antes es capaz de convertirse en un estado que domine su vasto interior?, o Europa, ¿qué será de la Europa ensimismada, sin otro enemigo aparente que la inmigración que procede de la explosiva demografía del sur del Mediterráneo, si acaso es capaz de hacer confluir sus disimilitudes internas? ¿Y Turquía o Irán o Arabia Saudí asentadas sobre plataformas singulares, tan poderosas en el pasado?, ¿o tendremos que hablar de países nuevos con fuerza como para dejar oír su voz: Kazakhstan, Laos, o de esos otros incapaces de crear un Estado, como Pakistán o México?


            Cómo no reparar en la siguientes frases: “¿Cómo se prepara EE UU para una salida prolongada y elegante como potencia dominante?”, del propio Kaplan, o esta de Arnold Toynbee: “Cuando la frontera que separa sociedades con distintos niveles de desarrollo deja de avanzar, no se alcanza un equilibrio estable, sino que, con el paso del tiempo, la balanza se inclina a favor de la sociedad más atrasada”, para pensar en el destino de EE UU con relación a México o el de Europa, o la propia España, con relación a Marruecos o a todo el arco sur del Mediterráneo.

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