¿Qué trata
de conseguir Isa, la directora que quiere representar de nuevo la obra de
Albert Camus, Calígula, cuando con todo preparado para el estreno en un
festival internacional: el decorado, con un fondo que se refiere al fascismo
italiano, los actores aleccionados, el vestuario confeccionado, la producción
con el dinero gastado, decide que la versión no le gusta y quiere
empezar de nuevo? Nadie entiende la lógica de lo que se propone, como nadie
entendió al emperador romano cuando
volvió de su retiro, tras la muerte de Drusila, su hermana y amante. De ser una
mujer comprensible y amable, como juvenil e inocente era el emperador romano, se convierte en una tirana, expulsa al actor
principal y al encargado de los decorados, se enfrenta con los actores y los
productores, da órdenes contradictorias a quien se le ocurre que, ahora,
represente a Calígula, una joven mujer, que está pasando un mal momento con su
madre actriz que ya va por el tercer intento de suicidio. ¿Qué clase de
perfección quiere conseguir, que nadie comprende?
Esa especie
de locura de Isa, la directora, en paralelo a la locura de Calígula que busca
una imposible libertad y felicidad personal a costa de los demás, trastocando
el orden y las leyes, matando y robando a quienes viven junto a él, hace que el
montaje se convierta en una locura, porque la lógica implacable de la directora
que busca la esencia de la obra, una perfección que nadie entiende, hace que
los actores se recriminen y se peleen a puñetazos, dispuestos a sublevarse y
boicotear la obra, hasta el momento mismo en que se levanta el telón. “El poder
brinda una oportunidad a lo imposible. A partir de hoy y en lo sucesivo, mi
libertad dejará de tener límites”, dice el Calígula de Camus. En lo que
difieren ambas, la obra de Camus y la peli de Francisco Franco es que en la
primera, Calígula muere apuñalado por sus hombre cumpliendo el adagio que el
había pronunciado al comienzo de la obra: “Los hombres mueren y no son felices”,
en cambio, tras el desorden al que asistimos en el montaje de la obra de
teatro, la peli acaba levantando el telón del éxito que buscaba Isa.
Todo eso
está contado con un puñado de muy buenos actores, entre ellos, Silvia Pinal y
Fernando Luján, con un decorado abigarrado que conviene al desorden de los
ensayos, un guión bien trenzado que combina momentos dramáticos y cómicos y un
montaje donde el director de la peli, Francisco Franco, da lo mejor de sí. La
peli se ve en un plis plas, entre sonrisas, por los guiños constantes al
espectador, y lágrimas en la escena final, sin que la atención se pierda en ningún
momento.
Mientras veía
la peli, pensaba en el momento creativo que vive México, con tantos buenos directores
de cine y escritores, con tantas buenas revistas, aunque desconozco su teatro. Me
recuerda al ambiente en España justo después de la muerte de Franco, con
aquellos grupos teatrales tan creativos: Els Juglars, El Teatro Universitario… ¡Qué envidia!
Por último
esta frase que aparece en el Calígula de Camus: “Gobernar y robar son una misma
cosa. Esto es del dominio público”.

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