viernes, 18 de octubre de 2013

Desayuno con diamantes


            Al principio pensé, enfadado, al ver de nuevo esta película de Blake Edwards, basada en la historia de Truman Capote, que era infiel y desleal al escritor: el narrador-escritor coprotagonista tiene un papel excesivo en la peli, cuando en la novela está muy difuminado; las relaciones de Holly con los hombres están edulcoradas, apenas alguna alusión a los 50 pavos que le dan cuando necesita ir al tocador, no se ve por ningún lado la malicia y el cinismo –“la farsante auténtica”-, las virtudes de que Holly se vale en la novela para acercarse a la atmósfera de Tiffany’s que Holly quiere que envuelva su vida; el final, propio del Hollywood de la época, es un happy end que se da de bruces con el personaje creado por Truman Capote y, lo peor, para aspirar a casarse con un hombre adinerado la Holly de la peli confiesa que ya no está casada con el hombre que abandonó en Tulip, Texas, con lo cual el espíritu libre que pasa de las reglas desaparece definitivamente en el personaje interpretado por la Hepburn, que incluso se enamora del soso George Peppard. Hasta el gato que abandona en zona salvaje vuelve a sus brazos.

            Sin embargo, pensándolo mejor, creo que, a pesar de todo, dejando de lado el fondo, los asuntos morales, que en Capote no son importantes, queda lo fundamental que Capote quiere transmitir y que Blake Edwards ha visto: el espíritu de la época, la aspiración a vivir en una atmósfera de lujo –Tiffany’s- y despreocupación, a resbalar en la espuma de la irresponsabilidad, aquello que la juventud se arroga y que a la belleza de Holly debería concedersele, así como al chispeante ingenio de Capote. Porque, aunque Truman Capote tenga en la cabeza un esquema de novela, al modo clásico, en realidad, lo único que le vale es el estilo, el encadenado de brillante metáforas con las que espera conquistar la admiración del lector. Igual sus personajes, en Holly hay risas y lágrimas y oído para escuchar frases bonitas, pero nada que tenga que ver con los ingratos compromisos de la vida. Blake Edwards lo ha visto admirablemente.

            La peli es divertida con los gags marca de la casa, con la alocada fiesta en casa de Holly que luego Edwards repetirá a lo grande en Guateque, con el divertidísimo japonés que interpreta Mickey Rooney. Sin embargo, si alguna vez en la mente de Capote estuvo trasladar la Bovary de Flaubert a la era del pop, que yo creo que es la plantilla de la novela, en la peli todo eso ha desaparecido.


No hay comentarios: