sábado 30 de abril de 2011

Portugal 6. Batalha y Alcobaça


Patrimonio de la humanidad. Los grandes monasterios portugueses. El de Batalha, o Convento de Santa Maria da Vitória, se alzó para conmemorar la victoria de Aljubarrota (1385), donde los portugueses vencieron a los castellanos por incomparecencia. Juan I frente a Juan I. La batalla duró media hora o eso dicen los portugueses. Los castellanos como correcaminos pusieron pies en polvorosa y en la huida fueron masacrados.


Batalha es un monasterio del gótico tardío. A lo lejos se asemeja a la catedral de Milán. Con una enorme nave basilical. Su claustro gótico florido de traza manuelina, ocupado en parte por la gloria y el duelo militar -homenaje al soldado desconocido con llama perenne. Falta de restauración por todas partes.


Impresionan sin embargo las llamadas capelas imperfeitas: un bloque añadido, al modo de la Capilla del Condestable en la catedral de Burgos, al que falta la cúpula. Los pilares aparecen como serrados, tanta debió ser la prisa del rey Manuel I, en 1516, por trasladarse a Lisboa y entregarse a la contrucción del Monasterio de los Jerónimos. Esas capillas son lo más valioso de Batalha.
El monasterio ha sufrido estragos desde entonces: el terremoto de 1755, la codicia del napoleónico Masséna, en 1810, el abandono y la ruina tras la desamortización, en 1834.


Alcobaça está a pocos kilómetros de Batalha, aunque con mucho tráfico. Son famosos los pasteles de Alcobaça. Nouvelle cuisine y un precio que quita el hipo. En frente de la entrada principal hay varias pastelerías. Para no defraudar las expectativas del turista, escogemos un Don Pedro y una Doña Inés.
El monasterio de Alcobaça o Real Abadía de Santa María de Alcobaça, del primer gótico, fue levantado a finales del XII por monjes cistercienses por orden del primer rey de Portugal, Alfonso Henríquez, tras su victoria contra los moros en  Santarém.


Don Pedro, hijo del rey Alfonso IV, se enamoró de quien no debía, la dama de compañía de su esposa Constanza. Cuando ésta murió tuvo tres hijos con Doña Inés de Castro, de rancia nobleza gallega, con quien se puso a vivir sin el beneplácito de su padre. Alfonso IV y sus consejeros por razones de estado ordenaron su muerte. Cuando Don Pedro subió al trono, tras dar muerte a los consejeros de su padre, mandó desenterrar a su amada, vertirla y enjoyarla. Tras coronarla y subirla al trono ordenó que la corte le rindiese honores. Dos formidables sarcófagos de ambos amantes están frente a frente en el transepto, de modo que cuando llegue el fin del mundo el uno al otro sean lo primero que vean. ´Los soldados napoleónicos, de nuevo, en 1810, los profanaron.


El monasterio es enorme, lleno de dependencias interesantes, una grandísima nave, una sala con esculturas poco valiosas de los reyes de Portugal, dos claustros, una cocina dieciochesca, parlatorio, sala capitular, bodega. Todo de grandes proporciones.


Óbidos es un pueblo turístico que destaca por su muralla adaptada a las ondulaciones del terreno. Una visita al atardecer es perfecta para contemplar el valle circundante y la puesta de sol. La comida como en todo pueblo turístico que se precie es decepcionante.
Volvían a jugar el Madrid y el Barça. Esta vez la copa. En las tabernas tenían puesto el Oporto Benfica, que también jugaban la copa. Tan sólo en un local pequeño el tabernero invitaba a la puerta a contemplar el acontecimiento español. El interior resultaba muy incómodo. Un telefonazo me informó más tarde del fin de la hegemonía del Barça.

viernes 29 de abril de 2011

Portugal 4. Coimbra


Llueve toda la noche. En el desayuno una pareja de españoles, treintañeros, pantalón corto, camiseta, chanclas, se comunica a gritos en el silencioso ambiente. Ella da de comer a su bebecito con gran aparato. Él se mueve de un lado para otro por los expositores de viandas llenando un par de bolsas que cuelgan del carrito del niño: bocadillos, fruta, "ese yogur que hacen aquí, que le gusta tanto".


Una capa de nubes pasajeras cubre la ciudad. Hay que subir cuestas resbaladizas hasta llegar a la universidad vieja. Tras la Porta Férrea, el patio das Escolas aparece como un distribuidor gigante que da paso a las estancias visitables. Desde aquí hay una magnífica panorámica de la ciudad que desciende hacia el Mondego. Una estatua imponente de Joao III, sin embargo, le da la espalda.


La torre de cabra, una torre barroca que aún señala los cambios de clase. La capilla de San Miguel y la biblioteca barroca, compuesta de un seguido de tres salas hermosísimas, decoradas al gusto dieciochesco, con motivos chinos en los estantes, ampliada en un subsuelo de antiguas mazmorras universitarias.

En la sala dos Capelos, antigua sala de recepción de la corona, cuando la ciudad fue capital, una mujer explica su tesis doctoral ante un tribunal preguntón. Los familiares se han vestido para la ocasión. Prodomina el negro y los cuellos blancos. Ella con la capa que ayer veíamos en los estudiantes. Cualquiera puede mirar a través de las ventanas acristaladas del piso superior. Un corredor exterior contiguo ofrece una vista de 180 grados sobre la ciudad. Los estudiantes entran y salen de las aulas inmensas con gradas. La profesora, diminuta desde lo alto de la observación, parece concentrada, ajena a la poca atención que se le presta.


Comemos en una taberna, no cabe mejor nombre, en un callejón que sale de la Rúa de Sota. Comida abundante y jugosa: cogumelos con carne y arroz con judías. Rico. Durante la siesta sigue lloviendo.
Cuando la lluvia remite, otra vez hacia arriba. La hermosa iglesia de Sao Tiago, en la plaza del comercio, está en estado ruinoso, en medio de casquetes olvidados. Entramos en la Sê Velha. Han conseguido eliminar la humedad, aunque aún queda mucho por restaurar. Es hermosa. A Portugal le pasa como a Castilla, demasiado patrimonio para tan poco presupuesto.


Paseamos por lo alto del barrio universitario. Descubrimos el acueducto del siglo XVI, probablemente construido sobre otro anterior romano. Y el botánico, obra también del marqués de Pombal.
Bajo el paraguas paseamos por el novísimo paseo junto al Mondego que debe haber costado una pasta. Auditorio, pasarelas, esculturas muy modernas y nada pretenciosas, puentes sobre el río, hasta el convento de Santa Clara, al otro lado, también en restauración. Abandonado desde el siglo XVII cuando las monjas clarisas, hartas de las inundaciones, decidieron trasladarse a un convento nuevo en un cerro contiguo.
De noche, la perspectiva de la ciudad desde este lado merece la pena. Aún no hemos abandonado Coimbra y ya tenemos nostalgia de esta bella ciudad.

jueves 28 de abril de 2011

Rusia con Rainer

En 1897 Lou Andreas-Salomé conoció al joven poeta Rainer Maria Rilke. En la primavera de 1900 ambos iniciaron un largo viaje al corazón de Rusia. Rusia con Rainer es el diario de ese viaje. En buena parte, la autora encuentra lo que ha ido a buscar, la esencia del alma rusa a la que contrapone el intento de modernización por parte de las élites occidentalizadas y la podredumbre de los popes que sólo buscan unos cuantos kopeks. Llega a decir que las diferencias que encuentra con occidente, el atraso, son sagrados.
"Puede que la Ilustración del resto de los pueblos de Europa se haya basado en el progreso, pero los eslavos tienen la misión de incorporar a ella un patrimonio espiritual sagrado, que los demás han perdido. (...) El pueblo, si lo aceptamos tal como es, conserva intactas sus raíces esperando que llegue su hora, la hora en que podrá compartir el tesoro que guarda con el resto de la humanidad".
La autora es hija de su época. Encontramos ecos de esa idealización del pueblo en escritores rusos anteriores y posteriores como Solschenitzin. También en los escritores españoles del 98.
Lou Andreas-Salomé se entusiasma con las iglesias medievales, con los monasterios, con los pintores de iconos, con las construcciones tradicionales, siempre mejores que lo moderno. Esa esencia la encuentra en el campesino y la define de este modo: "pasión combinada con un temperamento sencillo y espontáneo, amplitud de miras, una mentalidad que carece de prejuicios, una objetividad arrebatada, que rompe con lo sentimental y con cualquier obligación, para acercarse con el margen suficiente a las cosas mismas". Dice de los campesinos: "Quien hable con ellos se sitúa inmediatamente en el fondo del problema, ante las grandes cuestiones: Dios, la muerte, la primavera. La dureza de la vida se va perdiendo a lo lejos en una entrega semejante a un himno".

Rainer a la izquierda en Rusia con Lou Andrea-Salomé

Rilke es una presencia muda en el relato. Podemos hacernos una idea de su relación cuando habla de su acomodación en la isba de Yaroslav. Dice que les han puesto un amplio jergón, pero que necesitan otro ante la incomprensión de la familia que se lo ha alquilado. También hay una referencia a su marido Carl Friedrich Andreas a quien escribe una carta, llamándolo cariñosamente viejito. Apenas era 15 años mayor que ella.

En el diario escribe con total libertad, llena de críticas a amigos y personajes conocidos, a veces sin misericordia, como del poeta Drozhzhin o del propio Nieztche. De su visita a la granja de Tolstói -un hombre completamente espiritualizado-, en Yasnaia Poliana, aunque a veces lo critica, deja esta descripción:
"Una figura enjuta, encorvada, con un chaleco de punto de color amarillo y una gorra alta por debajo de la cual sobresalía el cabello blanco, unos ojos claros, un rostro lleno de sensibilidad y también de pesadumbre, con una indudable distinción, como si estuviera por encima de todo o de vuelta de todo. Un humilde campesino, un ser mágico... eso es lo que parecía".
Si hay algún aspecto de su crítica a la modernidad que comparto es este:
"Los caballos de las aldeas se espantan fácilmente con un automóvil. Quienes se han hecho con uno se de dican a degradar el paisaje apestándolo todo con gasolina, pero sólo pueden conducir al final del día; entonces, con la carretera en absoluto silencio, se oye el motor del vehículo, que se acerca resollando como un monstruo siniestro, mientras en el establo los caballos relinchan y piafan en el suelo intuyendo sueños de algo espantoso".
Lo más interesante de este diario es el largo viaje que realizan por el Volga, en especial la descripción de los cuatro días que pasan en un una isba, la típica casa campesina de madera, con vistas al Volga, en un pueblito junto a Yaroslav. Liberada del aparataje intelectual da rienda suelta a su sensibilidad y se deja llevar por lo que ve, la vida de la gente, la naturaleza, los cambios del día. "Hay más belleza de la que uno puede soportar".
"¡Qué alboroto se tiene que oír cuando el día de San Jorge, el 23 de abril, se deja salir al ganado de los establos por primera vez después del invierno! (...) Los animales braman, mugen, balan y relinchan locos de alegría, saltan enloquecidos por todas partes, incluso arremeten unos contra otros, ebrios de gozo y de fuerza. No se les pone nada por delante. Poco a poco recuperan la calma y vuelven con los potros y las terneras que acaban de nacer para disfrutar de la exuberancia de la primavera".
Lo peor, cuando se pone a filosofar buscando la esencia de lo ruso, entonces el diario parece un viaje al corazón del tópico.

miércoles 27 de abril de 2011

La tarde que paralizó España


Silenciosa y tensa, tersa está la tarde, como un pecho de la Pataki escapado del corsé. ¿Qué sucede? ¿Estamos a punto de ser invadidos por Marruecos? ¿Conspira el ejército para hacer caer a Rubalcaba? ¿Quién ha convocado esta apagada huelga general? ¿Dónde están las pancartas y los eslóganes; dónde los pendones rojos? ¿Se ha decidido repetir el sábado santo suspendido la semana pasada por las intensas lluvias? ¿Acaso son los inmigrantes de la construcción quienes amenazan con salir de sus refugios en pareados y unifamiliares abandonados? Quizá sean los mileuristas que ya no pueden más, agobiados por las hipotecas, los que preparan la revolución. ¿Se reunen sus comités en los bares, de donde sale un extraño rumor? ¿A quién han dado aviso? ¿A qué hora van invadir las calles? Nadie camina, sólo el aire cálido barre el asfalto. Los semáforos pasan del rojo al verde sin que nadie les preste atención. ¿Qué está pasando?

martes 26 de abril de 2011

Libros extinguidos


¿Qué conocemos del pasado?, ¿qué saberes se han perdido? Cabe preguntarse si, del mismo modo que la aparición de la especie humana es en parte fruto del azar, las cosas sobre la tierra podrían haber sucedido de otro modo si las grandes extinciones anteriores no se hubiesen producido, nuestro modo de entender el mundo y de organizar el pensamiento hubiese sido diferente sin la gran extinción de libros producida a lo largo de los siglos.
"Todo lo escrito por los griegos se ha preservado sólo en una escasa porción. Tenemos los nombres de un centenar de historiadores griegos, pero apenas poseemos las obras de tres de ellos pertenecientes al periodo clásico y algunas más pertenecientes a tiempos posteriores. En Atenas fueron representadas más de dos mil obras teatrales entre el 500 y el 200 ac, pero apenas si podemos leer o representar cuarenta y seis" (K.J. Dover, Literatura en la Grecia Antigua).
Fernando Báez en su Nueva historia universal de la destrucción de libros calcula que el 75% de toda la literatura, la filosofía y la ciencia griega se perdió. Por ejemplo, de las 120 obras conocidas de Sófocles, sólo quedan 7 en estado íntegro. De los 9 libros de Safo de Lesbos, apenas podemos leer dos odas y de los 5 libros de la otra gran poetisa, Corina de Tanagra, competidora y vencedora de Píndaro, nada. De las 82 tragedias de Eurípides conservamos 18. De todos los presocráticos y sofistas quedan fragmentos, como de los cínicos, los escépticos o los estoicos, así como los 47 libros de las Memorias históricas de Estrabón están perdidos. De las 40 comedias de Aristófanes, 11, por no hablar de tantos autores de los que no ha quedado nada. A Empédocles su familia le quemó sus libros por impío, la misma acusación que recayó sobre Protágoras y sobre su libro Sobre los dioses. El libro fue quemado y las copias confiscadas de casa en casa, asegura Fernando Báez. Platón acabó con los tratados de Demócrito y Heráclito, sacerdote de Ártemis, perdió su gran tratado Sobre la naturaleza, cuando Eróstrato para hacerse famoso incendió el templo de Ártemis o de Diana en Éfeso, donde estaba depositado. También Hipócrates, el del Juramento Hipocrático, era un pirómano: prendió fuego a la biblioteca médica del templo de la salud de Cnido quizá para evitar acusaciones de plagio, aunque la versión más benigna diga que no quería dejar en mano de profanos los misterios de la vida y de la muerte. Sus escritos estaban compilados en 70 libros de los que quedan 60.

Los historiadores disputan sobre el final de la gran biblioteca de Alejandría. ¿La quemaron los árabes cuando la ciudad cayó en sus manos? La frase atribuida al califa Omar I, el segundo sucesor de Mahoma: "Si los libros contienen la misma doctrina del Corán, no sirven para nada porque repiten; si los libros no están de acuerdo con la doctrina del Corán, no tiene caso conservarlos", parece una falsa atribución, escrita seis o siete siglos después. ¿Fueron devastados los edificios de la biblioteca, el Museo y el Serapeum, durante las guerras civiles romanas? Una parte se quemó cuando Julio César incendió los barcos que le sitiaban, otra parte destruida por las tropas de Caracalla y otra más por el asalto a la ciudad ordenada por Zenobia de Palmira y otra más tras las órdenes de Diocleciano. 23 terremotos asolaron Alejandría entre el 320 y el 1303. Especialmente devastador fue el del 365 que destruyó muchos edificios. Fernando Báez apunta una cuarta hipótesis, la negligencia: las divisiones políticas, la decadencia de la ciudad, el miedo de los bibliotecarios que la abandonaron por lugares más seguros fueron sumiendo a la biblioteca y a sus libros en la ruina. Sobre cuantos rollos de papiros pudo contener la biblioteca de Alejandría también hay disputa: de los 20.000 a los 700.000. Una cifra razonable parece la ofrecida por el bizantino Juan Tzetzes: 42.000 manuscritos en el Serapeum y 490.000 en el museo.

Para quien le interesen estos temas el libro de Fernando Báez es insustituible.

lunes 25 de abril de 2011

El elegante Barça frente al grosero Madrid


El periodismo deportivo, cuando se eleva por encima de la simple crónica, al ser una teoría sobre la nada, como sostiene Sánchez Ferlosio, desnuda a sus ideólogos. En un mundo dominado por neoliberales y socialdemócrtas, sus residuos ideológicos -escoria- también llegan al mundo del fútbol. La mejor manera de ver la doblez del lenguaje socialdemócrata es leer periodismo deportivo. Sobre todo de los periodistas que escriben bonito, los que se empeñan en elevar la información hacia la literatura, los que durante estos años del zapaterismo han trasladado el mundo de buenos y malos al mundo del fútbol, allí donde domina el elegante Barça y se hunde el bruto y patoso Madrid.

El periodismo deportivo como está escrito para fanáticos de club, el reino de las emociones primarias, no cuida las contradicciones ni las inconsecuencias. Veamos estos párrafos de quien en El País, Ramón Besa, ha sustituido al rey del preciosismo, Segurola, que se fue al Marca, seguramente no para entrar en una academia, sino para ganar dinero:
Excelso en la victoria, el Barça ha sabido ser muy elegante en la derrota, virtud que le diferencia del Madrid, triunfador y también más grosero, como quedó reflejado en dos imágenes antagónicas: Piqué, diana del madridismo, felicitó uno por uno a los jugadores blancos, mientras Pepe celebraba con un corte de mangas el gol de Ronaldo. Mourinho jamás aceptó perder y por tanto siempre necesitó una excusa cuando el marcador no le dio la razón: a veces fue el calendario, otras el arbitraje y cuando no la tirria.
El madridismo se rearmó en la Liga para ganar la Copa después de que el partido de Mestalla se disputara en los términos que más favorecen al club blanco: una escenificación agresiva y un árbitro comprensivo con la intimidación como única alternativa a la capacidad de evangelización del seductor fútbol azulgrana. Los barcelonistas solo se defienden para bien y para mal con su juego. No tiene truco el Barcelona.
Toda esa ideología de lo bueno y elegante que es el Barça frente a la confusión, la crispación y la tensión que genera el Madrid, se viene abajo, al contrario de lo que manifiesta el periodista, al día siguiente de la primera derrota.
Para el periodista lo que dijera Piqué en el túnel que lleva a los vestuarios no es signo de nada. Tampoco las reacciones de los culés tras la derrota: "Dependerá mucho del árbitro que podamos realizar nuestro juego" (Valdés). "Aprovecharemos para ver si la hierba ha crecido más"; "Lo tenemos todo en contra". O el comentario del entrenador del Barça sobre "la vista privilegiada" del linier de la final de Copa del Rey, quien anuló un gol a Pedro Rodríguez: "Por dos centímetros no se gana". (Guardiola).
Y no le importa porque en su descuidado texto, desde el punto de vista de la lógica y de la honradez intelectual, el periodista practica, como se ve, las contradicciones: las excusas que echa en cara al entrenador del Madrid, él mismo las exhibe.

domingo 24 de abril de 2011

Portugal 7. Tomar

Las nubes cubren el horizonte, aunque de momento sólo caen algunas gotas. Nos acompañan desde Óbidos hasta Tomar. Se comprende que Portugal tenga problemas para mantener tanta autovía nueva. Supongo que a su construcción ha contribuido el capital de los fondos europeos. Son flamantes, cruzan el país por doquier y se nota el exceso hasta en los accesos a pequeñas ciudades. ¿Era necesario tanto carril desdoblado para un país tan pequeño?


El dinero gastado en asfalto no ha servido para proteger el patrimonio cultural del país. Aunque ha avanzado la conservación de las obras, se ven los escasos recursos disponibles, incluso en bienes protegidos como patrimonio universal. Para acceder al tercero de estos monasterios medievales de gran valor, hay que desviarse de la ruta principal y después, una vez en Tomar, desviarse otra vez para llegar a la entrada que no está en obras. En seguida emerge un gran torreón ennegrecido por los siglos: la lluvia, el musgo, los líquenes.


Parece ruinoso, aunque una vez dentro no lo es tanto. El convento de Cristo de Tomar es un enorme edificio construido en un alto que domina la ciudad y que ha pasado por muchas vicisitudes. De monasterio fortaleza templaria en el siglo XII pasó a los caballeros de Cristo en 1356, cuando la orden templaria fue disuelta. Engrandecido sucesivamente por Enrique el Navegante, a comienzos del XV, y por Juan III en el siglo XVI. Hay por tanto elementos arquitectónicos de diversos estilos: románico, gótico, manuelino, renacentista, barroco. Me recuerda a otro edificio impresionante, al que también le falta un buen lavado, el Convento de San Benito de Alcántara.



Una vez dentro, la impresión es la de estar encerrado en un enorme laberinto, compuesto por una sucesión de siete claustros y múltiples dependencias, la sala capitular, la sacristía, las cocinas, las letrinas o el vasto dormitorio dispuesto en cruz, con dos grandes corredores de sucesivas celdas alguna de las cuales es visitable. Los claustros -entre los que destaca el hermosísimo claustro renacentista- de varios niveles, con accesos de todo tipo entre las plantas, majestuosas escalinatas, escaleras de caracol insertas en torres para llegar a las terrazas, un espléndido laberinto, como digo, del que se necesitan muchas horas para disfrutar a gusto.


Sin embargo, si se sigue la ruta señalizada por fuerza se ha de apreciar la portada, la gran ventana manuelina que da al capítulo y la impresionante iglesia de planta circular, que fue el oratorio de los templarios, posteriormente ampliada en una nave que da paso al coro. La decoración de esta especie de baldaquino que es el oratorio embelesa: pinturas, frescos, la estatuaria dorada, la cúpula bizantina. Cuesta apartar los ojos de tanto requerimiento para seguir la visita.


En una sala amplia, húmeda, hoy medio arruinada, la nueva sala del capítulo, nunca acabada, se celebraron en 1581 las cortes que reconocieron la autoridad de Felipe II sobre el reino de Portugal. Para la ocasión se cubrió la sala con velas de navío y las paredes con tapices.


A la salida diluvia. Por momentos, a pesar del buen trazado de las autovías, hay que detener el coche en el arcén porque no se ve más allá del parabrisas. Nos cuesta abandonar este país. Paramos en Guarda de nuevo para buscar una de sus exquisitas pastelerías y comprar el queso de la Serra de la Estrela que tanto nos ha gustado.

De vuelta a casa, durante kilómetros y kilómetros de autovía vacía de tráfico -la gente debe estar en las procesiones- sentimos la humillación a que nos somete el gobierno de este país. Ese ridículo 110/hora. Los coches extranjeros pasan junto a nosotros a velocidad de ave. Cara de tontos, enorme pérdida de tiempo.

martes 19 de abril de 2011

Portugal 4. Buçaco


De Manteigas a Buçaco, por Sabugueiro y Seia. Atravesamos de nuevo la Serra da Estrela, curvas, arriba y abajo. Buçaco sale en las guías como una curiosidad a visitar. Primero monasterio benedictino, refundado en el XII por los carmelitas descalzos y reconvertido en hotel de lujo a finales del XIX para salvarlo tras la desamortización de del marqués de Pombal. Reyes, presidentes, actores de lujo se hospedaron añadiendo glamur a la historia y a la tarta neomanuelina con que aderezaron la reconstrucción. Se ve el pastiche por doquier, hasta el extremo del kitsch más edulcorado. 




Del lujo interior poco puedo decir -vimos el hermoso vestíbulo; para verlo hay que hospedarse. La otra atracción del lugar es el gran jardín con árboles de todas las latitudes, el bosque de Buçaco, obra de los carmelitas, un bosque tapiado de unas 400 hectáreas. Bien cuidado, pero difícilmente observable. Un papa decretó la excomunión para quien arrancase una flor o una simple rama. La prohibición sigue en pie. Mucho turista de autocar.

 
Saliendo del parque un monolito recuerda la batalla de Buçaco durante la guerra peninsular, que llaman los portugueses a la que nosotros decimos de independencia. Aquí Wellington, ennoblecido varias veces por ello, derrotó a las tropas de Massena, general de Napoleón en 1810. Hacia arriba se llega a la Cruz Alta un mirador desde el que se divisa una gran panorámica de 360 grados, aunque hoy la bruma no permite divisar el Atlántico.

El Mondego en Coimbra
 Mealhada está próximo, a doce kilómetros. Es la Segovia de Portugal. Famosa por el leitao a bairrada; Pedro dos Leitões es el restaurante más conocido. Un cochinillo asado muy rico, nada indigesto; lo dice alguien con el estómago muy delicado. Apenas se nota la grasa curruscante, acompañada muy bien por el espumoso blanco del lugar.


Coimbra, ya en el atardecer nos recibe con lluvia. La primera impresión es magnífica. Allí donde miro encuentro detalles que me gustan: callejuelas ascendentes, empedradas, plazas recoletas, casas modernistas, el Mondego, estudiantes con capas negras celebrando no sé qué. La Sê románica, una maravilla.

lunes 18 de abril de 2011

Portugal 3. Serra da Estrela II

Amanece gris sobre esta ciudad termal. Manteigas. Desde la terraza del apartamento el caserío blanco y rojo se despliega sobre la ladera. Lo corona una imagen de la Virgen, supongo que de Fátima, y la cruz que anoche destellaba.


En dirección a Gouveia el parque de la Estrella guarda más lugares hermosos. Por ejemplo Penhas Douradas a 17 km del inicio de la ruta. Ascendemos hasta un altiplano, hasta un paisaje de grandes bloques graníticos redondeados por la erosión. En el centro un embalse antiguo, cuyo muro de contención está escalonado. Hay canoas y patinetes de agua, pero es demasiado temprano y hace mucho viento.


Es una lástima que la autoridad haya consentido que se construyan chalets particulares en este bello paraje, algunos muy feos, forrados en chapa de aluminio mal pintado. A pesar de ser domingo no hay mucha gente disfrutando de este día soleado. En algún lugar he leído que los portugueses no aman la montaña. Supongo que es una generalización.


Vemos indicaciones que llevan a miradores. Uno de ellos, Fragâo do corvo, lleva a uno espléndido. Desde él se domina el valle glaciar del Zêzere, con Manteigas al fondo. Una maravilla blanca y roja.


Gouveia. Ciudad pequeña al otro lado del parque, donde el tiempo discurre lentamente. Por doquier hay ilustraciones sobre azulejo, propio de todos los enclaves de la sierra: en la Iglesia, en el antiguo colegio de los jesuitas, en la casa de la misericordia o en la fachada de la biblioteca. Detrás del colegio de los jesuitas, restaurado y convertido en centro cultural, hay un hermoso jardín escalonado, salpicado de piezas arquitenctónicas traídas de dios sabe dónde y de placas de granito con estrofas de poetas, con elogios al terruño y consejos morales.


Una pareja de ancianos se sienta junto a nosotros, en la misma mesa de la cafetería. Sonríen, buscan el sol del atardecer. El pastel de crema y coco es riquísimo. Este país domina la confitería.


De vuelta a Manteigas, en una revuelta de la carretra surge de pronto un caprichoso modelado: la cabeça do velho, perfectamente perfilada. Un poco más allá, a mitad de camino paramos junto al nacimiento del río Mondego, que luego volveremos a encontrar ancho y preñado en Coimbra. Los dos grandes ríos propios de Portugal nacen en esta sierra, el Mondego y el Zêzere. El primero desagua en el Atlántico, por Figueira de Foz, el segundo es afluente del Tajo.

domingo 17 de abril de 2011

Portugal 2. Serra da Estrela


Belmonte es el pueblo donde nació el descubridor de Brasil, Pedro Álvarez de Cabral, al que denominó Tierra de la Santa Cruz. Un museo de los descubrimientos lo recuerda. Situado en una colina, y en lo más alto un castillo bien conservado, con una hermosa y amplia ventana manuelina, hay una magnífica vista sobre el valle y los montes cercanos de la Serra da Estrela.


A solas, en el pasadizo que recorre las almenas, domina el silencio, apenas interrumpido por los pájaros, algunas voces de niños y grupos de turistas portugueses con muchas monjas. Se divisan las crestas onduladas de granito y algunos neveros.


Desde Belmonte se llega a Covilha, la puerta de la Sierra, a través de un valle verde y arbolado. La ciudad se extiende en la falda de la montaña. Hay casas modernistas, restauradas, en el centro de la población. Se gana altura rápidamente. En este lado de solana pronto desaparecen los árboles. El paisaje se torna áspero y pedregoso. Penyas da Saúde es una urbanización a 1300 metros de altura. Se ve un enorme bloque en construcción abandonado; su ruina parece de una crisis anterior a la que estamos viviendo.


Cerca de los 2000 metros que es la máxima altura de la Sierra y de Portugal, enormes bloques de granito gris invitan a detenerse y contemplar sus curiosas formas. En un paraje han tallado un gran relieve de una Virgen protectora. Surcos de agua brotan aquí y allá buscando el Zezere, el río que formó el impresionante valle glaciar que se abre al otro lado.


Torre es el punto de máxima altura, 1996 metros, una gran explanada, un centro de recreo de donde parten pistas de esquí, con centros comerciales, donde descubrimos el riquísimo queso de oveja de la sierra, pan de maíz dulcísimo y un jamón igualmente sabrosos. El remonte sigue rulando, pero sin pasajeros. Sólo quedan algunos montones de nieve de las pasadas nevadas. Algunos niños se deslizan en trineo o en planchas de plástico. El sol cae a plomo; lo sentiré más tarde sobre mi frágil epidermis.


Buscamos un lugar para contemplar con tranquilidad la huella del glaciar, comer unos bocatas y dormir un rato dentro del coche. La guía señala el Poço do Inferno como uno de los lugares a visitar. Meto el coche por una pista muy bacheada y polvorienta. Los kilómetros anunciados son 6, pero hago más de 17, con algo de desesperación, antes de dar con el sonido de una cascada. El lugar merece la pena, aunque había otra forma de llegar, más fácil.


El agua se abre paso entre el granito dando forma a una cubeta que se ha ido formando en sucesivos saltos de agua. Resbala por una estructura rocosa de diferentes granitos, llamados de Seia y de Manteigas, esquistos y corneana. El salto mayor es de unos 10 metros. El lugar ha sido preparado para la visita con escalones y pasarelas, entre los saltos, los remansos y la tupida vegetación. Una especie de orugas negras, que vemos por vez primera, caen de los árboles al camino.


Tras una prolongada bajada llegamos a Manteigas, un pueblo de casas blancas y tejados rojos, al fondo del valle glaciar. Cenamos en una taberna del centro. Un lugar alargado con pocas mesas. Me apetecía trucha, plato típico de esta zona, pero no tenían. Tampoco jabalí o cabrito, recomendados por la guía. La materia no varía mucho, sí la manera de cocinar el bacalao o la ternera, esta vez con queso. Buen vino. Al bajar hacia el hotel, en la otra vertiente, una gran cruz roja iluminada campea en el valle. En el hotel la tele da el partido de liga del Madrid, Barça. Madrileños y portugueses. Unos querían que ganase el Madrid, otros que perdiera el Barça. Nadie salió satisfecho.

sábado 16 de abril de 2011

Portugal 1. Guarda

Dejarse llevar por el tiempo que me pertenece, pero al que me entrego para que me conduzca como quiera. A eso se llama vacaciones, un lujo del que disfrutamos los que tenemos trabajo asegurado. Pero ante la cinta gris que se extiende hacia el horizonte, la culpa no tiene cabida. Una hora menos, 20 céntimos más caro repostar. Portugal.




Farta, Forte, Fria, Fiel e Formosa, así reza el lema de la puerta que hemos elegido para entrar en Portugal. No es hora de discutir con este paisaje granítico y verde, ni de añadir gris a los bloques de piedra que emergen más como fortaleza que como catedral en el centro y en lo alto de Guarda, la villa más alta de Portugal, a 1056 metros.


Estamos sobre una colina a la que se accede tras muchas revueltas. Atardece y apenas hay luz para las fotografías. Este modelo de iglesia barroca del XVIII -de la Misericordia-, flanqueada por dos torres, con escudo episcopal o con imagen de la Virgen, se irá repitiendo en los pueblos y villas de los alrededores.


En el interior de la muralla, atravesando la Torre dos Ferreiros o la Torre de Menagem, se alza esta maciza , catedral gótica del XIV sobre una hermosa plaza. Aparte del aire de fortaleza, destacan sus portadas, una gótica flamígera, manuelina con columnas retorcidas, la segunda. En un lateral señorea, en un rotundo bloque de bronce, Don Sancho I, segundo rey de Portugal, que hace resbalar su mirada hacia la plaza que declina hacia el barrio judío. Sus habitantes le agradecen que concediera fuero a la ciudad que fundó.



Nos fiamos de la guía. En Belo Horizonte nos sirven un Bacalhau com natas y otro al horno que están muy ricos. Apenas hay ruido. Los portugueses se muestran serios aunque amables; en el comedor nadie levanta la voz; todo son susurros.

Tras la cena entramos en la Iglesia de San Vicente, una copia de la Misericordia. Un puñado de fieles escucha con atención un sermón. No alcanzo a comprender por qué el cura les reconviene. El interior es agradable, decorado con una especie de baldaquino con columnas de mármol color avellana, paredes con escenas bíblicas en azulejos y bóveda de hormigón pintado de azul. A mi lado un joven muy moreno se muestra especialmente devoto. A la salida extiende su mano e inclina la cabeza.
Vemos la puerta del palacio episcopal abierta. Entramos a un patio del XVII. Una música muy hermosa, un coro de voces masculinas y femeninas con mucho ritmo, brota por encima de nuestras cabezas. Es una danza popular. El edificio es ahora museo y, por lo que se oye, centro cultural.