Reconozco que disfruto más leyendo un buen ensayo o una
biografía que una novela. Entonces por qué sigo con las novelas, ni yo mismo lo
sé, quizá la costumbre, la rutina de llenar mis tiempos muertos con esa fácil
manera de alimentar mi imaginación. La mayor parte de las veces la lectura de
novelas acaba en un fiasco, son muchas las que simplemente ojeo, un párrafo me
basta para descartarlas, en otros casos las comienzo y después de algunas dudas
las dejo a medio leer. No suelo dar cuenta de ellas aquí, en el blog, y sin
embargo puede ser útil hacerlo. He aquí algunas de las que he dejado a medio
leer.
A la vista, de Daniel Sada. Sada es un autor mejicano
que tiene renombre. Si se mira la contraportada o las pestañas del libro los
elogios son mayores, le comparan con los grandes de la lengua, incluso con
Joyce. Pero yo comienzo a leerlo esta tarde antes de que comienzo el primer
Madrid-Barça de la temporada y no encuentro el qué. Es un estilo que hace del
anacoluto su virtud, una lectura que va a trompicones, que exige un esfuerzo
mayor del que yo estoy dispuesto a hacer para rellenar las frases, lo que dicen
los personajes, lo que está sucediendo, con un humor con muchos sobrentendidos,
que exige en el lector una complicidad que yo no estoy dispuesto a dar. La
narración y las descripciones están perfiladas a la manera de un caricaturista,
con trazados gruesos. Es una opción. Ha habido grandes cultivadores de esa
forma de hacer literatura –Cèline, Roberto Artl- pero puestos a escribir así
solo vale la genialidad.
Fama, de Daniel Kelhman. De una generación más joven,
jaleado por los críticos europeos, de creer a la publicidad que acompaña al
libro. Es un libro de relatos. Leo el primero, en torno a un individuo que
recibe llamadas en su móvil, lo confunden con otro cuya vida es más
interesante que la suya, al principio escucha con desdén, con aburrimiento y cansancio,
pero poco a poco con creciente interés por acceder a una vida plena, aventurera,
atractiva. El planteamiento es interesante, la resolución se queda en nada.
Paso al segundo cuento, más largo, enrevesado, me cuesta un horror pasar las
páginas tratando de llegar a entender de qué va la cosa, pero no hay manera.
Llego al final y estoy igual que al principio, no me entero, lo arrojo sobre el
sofá. Basta, para qué proseguir.
Un encuentro es un libro de ensayos de Milan Kundera.
No digo que no tenga interés. Su punto de vista sobre Bacon lo tiene, las citas,
lo que recoge que otros han dicho, sobre todo ahora que Bacon parece
convertirse en un pintor esencial del siglo XX. Sin embargo, tengo la impresión
de que en los libros que escribe Kundera no importa tanto el tema del que escribe como
él mismo, sus subrayados, la pátina que adquiere cualquier asunto por el hecho de
asociarlo a su nombre, Kundera: "yo estuve allí, yo que ahora estoy hablando de
Bacon, yo que estaba en Praga cuando algunos comenzaron a luchar por la
libertad". En eso se parece a los escritores franceses, a cuya tribu quiere
pertenecer, donde el hecho de escribir es una extensión de un ego insaciable y
aquello de lo que se escribe una contribución a esa hinchazón. Leer a Kundera
es como tocar con los dedos las alturas del Arte, sentarse en la misma butaca
que los grandes artistas entre los que él mismo se encuentra -Dostoievski,
Céline, Kafka, Philip Roth, Curzio Malaparte- si no como creador sí como el
mediador necesario. Sus ensayos están contaminados por la literatura. Él mismo, Kundera, y los lectores con él, está sin duda determinado por lo que hace poco se
desveló de él, que había colaborado con la policía secreta del régimen comunista, no
de otra forma entiendo esta anécdota que revela en medio de su texto sobre
Bacon: el encuentro que tuvo en
Mi sensación ha sido distinta con Mosquitos un
primerizo Faulkner. He empezado a leerlo con desgana, demasiadas páginas, un
tema añejo difícil de trasladar a la actualidad. Ricos o ricas que dejan
transcurrir su existencia desganada por un mundo que les pertenece sin
discusión, aficionados al arte y a las discusiones de altura y algunos
arribistas rodeados de escultores, escritores, poetas. Me aburre ese puto de vista, tantas veces adoptado por los
escritores del pasado. No puedo leer nada que no tenga una referencia en el
presente, incluso en los libros de historia que leo lo hago para encontrar claves
para interpretar nuestro tiempo, si no es así dejan enseguida de interesarme. No digo que el libro no tenga interés, pero no tengo tiempo para verificarlo.


2 comentarios:
Me encanta esa idea, libros que no acabo de leer, cuando hace unos pocos días todos los medios de comunicación han sacado listas con los diez libros imprescindibles, las diez películas imprescindibles, las diez exposiciones imprescindibles. Yo también he acumulado muchos libros en mi mesilla de noche, de cuando en cuando los recupero y empiezo a leerlos donde lo dejé sin conseguir que me acaben de enganchar. No es culpa de los autores, si no mía, no creo que ellos tuvieran esa intención, la de que me aburrieran, al escribirlos.
"Barcelona 1700" de Albert García Espuche porque he descubierto que no me apasiona la Barcelona anterior a la "derrota" de 1714, con sus habitantes, oficios y sus calles olvidadas.
"El mundo según Barney" de Mordecai Richter. Así de pronto soy incapaz de recordar de qué iba mínimamente la historia y eso que alcancé la página 94.
"Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño. Mira que le tengo devoción (compradora) pero soy incapaz de acabar ninguno, ni tampoco los cuentos.
Creo que de vez en cuando hay que culpar a los autores y no al lector. Es normal que no les salgan siempre libros redondos, además hay muchos libros publicados que no valen nada. Pienso que el lector siempre tiene la razón y que si no le gusta el libro lo ha de dejar, sin remordimientos. La vida es corta y los placeres escasos. Por cierto, a mí con Bolaño me pasa lo mismo, el único libro con el que puede fue "La literatura nazi en América".
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