sábado, 31 de diciembre de 2011

Libros que no acabo de leer


Reconozco que disfruto más leyendo un buen ensayo o una biografía que una novela. Entonces por qué sigo con las novelas, ni yo mismo lo sé, quizá la costumbre, la rutina de llenar mis tiempos muertos con esa fácil manera de alimentar mi imaginación. La mayor parte de las veces la lectura de novelas acaba en un fiasco, son muchas las que simplemente ojeo, un párrafo me basta para descartarlas, en otros casos las comienzo y después de algunas dudas las dejo a medio leer. No suelo dar cuenta de ellas aquí, en el blog, y sin embargo puede ser útil hacerlo. He aquí algunas de las que he dejado a medio leer.

A la vista, de Daniel Sada. Sada es un autor mejicano que tiene renombre. Si se mira la contraportada o las pestañas del libro los elogios son mayores, le comparan con los grandes de la lengua, incluso con Joyce. Pero yo comienzo a leerlo esta tarde antes de que comienzo el primer Madrid-Barça de la temporada y no encuentro el qué. Es un estilo que hace del anacoluto su virtud, una lectura que va a trompicones, que exige un esfuerzo mayor del que yo estoy dispuesto a hacer para rellenar las frases, lo que dicen los personajes, lo que está sucediendo, con un humor con muchos sobrentendidos, que exige en el lector una complicidad que yo no estoy dispuesto a dar. La narración y las descripciones están perfiladas a la manera de un caricaturista, con trazados gruesos. Es una opción. Ha habido grandes cultivadores de esa forma de hacer literatura –Cèline, Roberto Artl- pero puestos a escribir así solo vale la genialidad.

Fama, de Daniel Kelhman. De una generación más joven, jaleado por los críticos europeos, de creer a la publicidad que acompaña al libro. Es un libro de relatos. Leo el primero, en torno a un individuo que recibe llamadas en su móvil, lo confunden con otro cuya vida es más interesante que la suya, al principio escucha con desdén, con aburrimiento y cansancio, pero poco a poco con creciente interés por acceder a una vida plena, aventurera, atractiva. El planteamiento es interesante, la resolución se queda en nada. Paso al segundo cuento, más largo, enrevesado, me cuesta un horror pasar las páginas tratando de llegar a entender de qué va la cosa, pero no hay manera. Llego al final y estoy igual que al principio, no me entero, lo arrojo sobre el sofá. Basta, para qué proseguir.

Un encuentro es un libro de ensayos de Milan Kundera. No digo que no tenga interés. Su punto de vista sobre Bacon lo tiene, las citas, lo que recoge que otros han dicho, sobre todo ahora que Bacon parece convertirse en un pintor esencial del siglo XX. Sin embargo, tengo la impresión de que en los libros que escribe Kundera no importa tanto el tema del que escribe como él mismo, sus subrayados, la pátina que adquiere cualquier asunto por el hecho de asociarlo a su nombre, Kundera: "yo estuve allí, yo que ahora estoy hablando de Bacon, yo que estaba en Praga cuando algunos comenzaron a luchar por la libertad". En eso se parece a los escritores franceses, a cuya tribu quiere pertenecer, donde el hecho de escribir es una extensión de un ego insaciable y aquello de lo que se escribe una contribución a esa hinchazón. Leer a Kundera es como tocar con los dedos las alturas del Arte, sentarse en la misma butaca que los grandes artistas entre los que él mismo se encuentra -Dostoievski, Céline, Kafka, Philip Roth, Curzio Malaparte- si no como creador sí como el mediador necesario. Sus ensayos están contaminados por la literatura. Él mismo, Kundera, y los lectores con él, está sin duda determinado por lo que hace poco se desveló de él, que había colaborado con la policía secreta del régimen comunista, no de otra forma entiendo esta anécdota que revela en medio de su texto sobre Bacon: el encuentro que tuvo en la Praga de 1972 con una jovencita cuyo miedo y cuya alteración nerviosa por haber sufrido un interrogatorio policial le inspiró el bestial y oculto deseo «de poseerla en un segundo, con toda su mierda y su alma inefable». Una forma de sublimar su sentimiento de culpa convirtiendo sus pensamientos secretos –y sus acciones- en gran arte. Es agradable leer a Kundera, uno se siente elevado por compartir los temas y los autores que pone sobre la mesa, pero es difícil no sentir la misma insatisfacción que produce leer una novela erótica, un calendario de Pirelli o una colección de desnudos de chicas famosas.

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Mi sensación ha sido distinta con Mosquitos un primerizo Faulkner. He empezado a leerlo con desgana, demasiadas páginas, un tema añejo difícil de trasladar a la actualidad. Ricos o ricas que dejan transcurrir su existencia desganada por un mundo que les pertenece sin discusión, aficionados al arte y a las discusiones de altura y algunos arribistas rodeados de escultores, escritores, poetas. Me aburre ese puto de vista, tantas veces adoptado por los escritores del pasado. No puedo leer nada que no tenga una referencia en el presente, incluso en los libros de historia que leo lo hago para encontrar claves para interpretar nuestro tiempo, si no es así dejan enseguida de interesarme. No digo que el libro no tenga interés, pero no tengo tiempo para verificarlo.

2 comentarios:

Tallers d'Història de Vilanova dijo...

Me encanta esa idea, libros que no acabo de leer, cuando hace unos pocos días todos los medios de comunicación han sacado listas con los diez libros imprescindibles, las diez películas imprescindibles, las diez exposiciones imprescindibles. Yo también he acumulado muchos libros en mi mesilla de noche, de cuando en cuando los recupero y empiezo a leerlos donde lo dejé sin conseguir que me acaben de enganchar. No es culpa de los autores, si no mía, no creo que ellos tuvieran esa intención, la de que me aburrieran, al escribirlos.
"Barcelona 1700" de Albert García Espuche porque he descubierto que no me apasiona la Barcelona anterior a la "derrota" de 1714, con sus habitantes, oficios y sus calles olvidadas.
"El mundo según Barney" de Mordecai Richter. Así de pronto soy incapaz de recordar de qué iba mínimamente la historia y eso que alcancé la página 94.
"Los detectives salvajes" de Roberto Bolaño. Mira que le tengo devoción (compradora) pero soy incapaz de acabar ninguno, ni tampoco los cuentos.

Toni Santillán dijo...

Creo que de vez en cuando hay que culpar a los autores y no al lector. Es normal que no les salgan siempre libros redondos, además hay muchos libros publicados que no valen nada. Pienso que el lector siempre tiene la razón y que si no le gusta el libro lo ha de dejar, sin remordimientos. La vida es corta y los placeres escasos. Por cierto, a mí con Bolaño me pasa lo mismo, el único libro con el que puede fue "La literatura nazi en América".