lunes, 20 de septiembre de 2010

Tiempo de vida

La psicología freudiana nos enseñó -¿nos obligó?- a echar la vista atrás, a enredarnos con el pasado. A quienes más se enredó en esa atmósfera de brumas y sucesos incompletos, indefinidos o ilusorios fue a las clases ociosas: niños, mujeres o personas cuya fragilidad debía tener alguna explicación. En ese mundo por explorar nos esperaba la figura del padre. En una sociedad autoritaria y paternalista era fácil atribuir el origen de los desarreglos y las debilidades, y en consecuencia las culpas, a la figura dominante en las familias y en el Estado. Aunque los tiempos están cambiando y la sociedad patriarcal ya no es lo que era, el reflejo sigue funcionando. La introspección y el análisis psicológico ya no lo explican todo, aunque estamos en la cima de otros fenómenos de origen patriarcal: la violencia machista que un día tras otro señala al hombre y los casos de la pederastia que no cesa que incide en esa otra figura paternal, el cura.

Ya existía una tradición biográfica o autobiográfica que buscaba el germen de la imperfección del carácter o de sus desarreglos en el choque con el padre. Desde Freud el complejo de Edipo se ha convertido en un tema de conversación y en un género literario que llega a ser abrumador. Algunos escritores, novelistas y poetas, que hacen de la introspección la fuente principal de su inspiración rizan el rizo y llegan a convertir ese asunto en el único motor de su escritura. Eso parece que le ocurre a Marcos Giralt Torrente, a juzgar por lo que cuenta en su relato Tiempo de vida.

Las primeras páginas del libro son insufribles. La metaliteratura -el porqué escribo lo que estoy escribiendo y cómo lo escribo- es un género difícil de manejar y, salvo en el caso de virtuosos como Borges o Cervantes, suele acabar con la paciencia del lector. Hasta mediada la lectura estuve tentado a cada página de abandonarla. Me retuvieron tres cosas: las pocas páginas del libro -doscientas justas-, las horas de autocar en las que no tenia otra cosa que hacer y la intriga que me suponía el que el libro hubiese tenido tan buenas críticas. El escritor se martiriza sobre por qué escribir este libro y lo mucho que le cuesta comenzar a escribir, aunque todo ello bien pudiera formar parte del código del género literario en cuestión. El estrago psicológico del escritor aburre sobremanera al lector y no se genera ni una pizca de compasión o empatía con el malestar anímico de este burguesito que dice haberlo pasado mal contra la evidencia de lo que va contando.

Si en la primera parte el escritor se retuerce en lo dolores del parto de la escritura, en la segunda resbala por los abismos no demasiado profundos de la culpa en las relaciones paterno filiales. Pasada la página cien, sin embargo, la historia comienza a interesar, como interesaría cualquier historia medianamente bien contada si se ha dado con el ritmo adecuado, los personajes quedan pasablemente definidos y las anécdotas se pueden universalizar, si bien cansa el que los personajes no tengan nombre, se repita tantas veces, “la amiga que el padre conoció en Brasil” o se abuse de las repeticiones anafóricas. La historia se ahorma al esquema de una novela convencional: un padre pintor, vitalista e inseguro, que es el protagonista, una madre luchadora aunque de bajo perfil, una antagonista, venida de otro país, para deshacer la familia, una enfermedad terminal y el escritor-narrador que expone sus emociones, que asegura son dramáticas y desgarradoras, pero que vistas por un lector desapasionado no lo parecen tanto y hasta se quedan cortas para quien de verdad lo ha pasado mal.

Al final, la impresión que queda es la de un puro artefacto literario que se quiere hacer pasar por cruda y valiente confesión pero que se queda en un ejercicio de estilo que no alcanza la altura de otras páginas más vibrantes y conmovedoras.

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