Valeria
Luiselli tuvo una crianza errante siguiendo los pasos de su padre diplomático.
México Costa Rica Corea del Sur Sudáfrica India. El inglés y el español fueron
sus dos lenguas desde el principio. Se licenció en Filosofía en la Universidad
Nacional Autónoma de México (UNAM) y se doctoró en Nueva York en Literatura
Comparada, en la Universidad de Columbia.
Los dos
libros que han lanzado su carrera, el ensayo Los niños perdidos. Un ensayo
en cuarenta preguntas (2016) y la novela Desierto sonoro (Lost Children
Archive, 2019) derivan de su primer trabajo como traductora voluntaria para
niños migrantes centroamericanos en los tribunales de inmigración de Nueva
York.
En las
primeras páginas de Los niños perdidos proyecta suspense sobre si podrá obtener la green card para residir con seguridad en Estados Unidos.
Viaja con su familia a la frontera con México con la intención de captar el pálpito
emocional de los niños centroamericanos que atraviesan en masa la frontera
entre los dos países en la gran crisis de los niños centroamericanos que quieren entrar en EE UU, en los años 2014 y 2015. Ese es el tono
del libro, no sé si también de la novela que no he leído. El de la observadora
que desde una posición de privilegio mira el drama. A lo largo del libro la
curiosidad se transforma en trabajo a un paso del activismo.
La cuestión
es si esa implicación emocional contamina el trabajo del periodista y escritor.
Y de qué modo eso afecta al lector. Cuando contemplamos la migración como
fenómeno adoptamos la capa envolvente de la masa: salen todos nuestros prejuicios,
aunque no siempre los explicitemos. Desde el temor a ser invadidos a la lejana
compasión por los desheredados de la tierra. Los políticos y los media
juegan todas las cartas, en cada momento buscando la más favorecedora para sus interses. Es un
proceso que culmina fácilmente en deshumanización.
Solo cuando
bajamos al detalle, a la anécdota, al encuentro personal encontramos al hombre.
Y el hombre es un ser complejo al igual que el lector de Luiselli, el
espectador de Open Arms en Mediterráneo (2021) o el comprador ocasional
de un bolso de marca falsa en el paseo de una ciudad de la costa. Cuando vemos
al senegalés que nos vende una camiseta de la selección española con la segunda
estrella incorporada o seguimos la peripecia de Manu el hondureño, que atraviesa
el desierto americano siguiendo el rastro de un coyote que lo lleva a Nueva
York, empatizamos un momento y nos mostramos dispuestos a hacer lo necesario
para que consiga los papeles, sin pensar en todos los que como él se han
quedado a mitad de camino, sin pensar en los límites de toda obra de caridad,
en la injusticia absurda de por qué unos sí y otros no.
El libro de
Luiselli transmite su propia emoción, su buen corazón, su disposición al
activismo, como cualquiera de nosotros, lectores. Obvia todo lo demás: la
maldición de la geografía, la disfuncionalidad de los regímenes políticos, la
lotería familiar, la neutra injusticia de la distribución genética en la
población. Hasta no hace mucho los géneros literarios tenían fronteras: la
novela vehiculaba emociones, el ensayo trataba de la realidad.


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