Tanto
la zancada de Emil Zátopek como la frase de Jean Echenoz respiran con
naturalidad. Lo mismo sucede con la lectura del libro Correr del autor
francés. Zátopek corría de forma tan natural, es decir, tan conforme a su
fisiología que no le valía ningún otro sistema asignado previamente. Durante
muchos años fue el mejor corredor de fondo del mundo con récords en varias
especialidades, entre ellas las que mejor se le adaptaban como los 5.000 los
10.000 y la maratón.
Jean Echenoz
escribe las páginas justas, 144, tanto en su versión francesa como en la
española, para contarnos no tanto la historia como el impulso espontáneo, no
preparado, de correr que tenía el medio y gran fondista checo. Zátopek
entrenaba conteniendo la respiración; Echenoz escribe conteniendo el impulso de
todo escritor a desbordarse más allá de la vida.
Jean Echenoz
no ha dejado de escribir como si respirara a lo largo de su carrera literaria.
Las páginas justas que el lector necesita para comprender la pequeña historia que
todo hombre lleva dentro. En sus novelas más conocidas se mantuvo fiel: Ravel
(2007) – 128 páginas; 14 (2013) – 104 páginas. De las 16 novelas que
tengo contabilizadas, solo en seis pasa brevemente de las 200 páginas.
Emil Zátopek
dio el do de pecho, como el mejor tenor en el mejor escenario, en las
Olimpiadas de Helsinki donde se llevó las tres medallas que coronan a un
corredor de fondo: en los 5.000, en los 10.000 y en el maratón.
La
prosa de Jean Echenoz sigue respirando cuando Zátopek, en los olímpicos de
Melbourne, entra en declive, porque el fondista sigue corriendo y enseñando a
correr, hasta que con la Primavera de Praga la figura pública de Zátopek se
apaga al implicarse políticamente defendiendo el reformismo de Alexander
Dubček, cuando los tanques soviéticos irrumpen en Praga para abortar el
experimento del socialismo con rostro humano.
Echenoz
culminó su peripecia literaria de escribir como se respira con Ravel. De
forma parecida al fondista checo, el compositor francés triunfa con el Bolero
y después entra en declive. Es difícil saber y aceptar cuándo comienza tu
declive. Esa madurez difícilmente uno la aprende. Suelen ser otros quienes se
dan cuenta: no recuerda las notas, balbucea, olvida las palabras, un cuerpo que
no le responde. Piensan, ese es tu Himalaya, hasta ahí has llegado, confórmate.
Quién
no querría ser Zátopek en Helsinki, quién no querría ser Ravel en el Bolero, quién no
querría escribir como Echenoz en Correr. La naturaleza nos ha puesto
límites. Hasta aquí. Pero justamente el límite es el que queremos desbordar,
por eso corremos, escribimos o componemos hasta alcanzar el Himalaya. En ese
momento nuestra caja torácica se expande hasta explotar. Puede que finalmente comprendamos,
puede que no, que, hasta ahí, que ya no damos más de si y que volvemos al polvo
que nos constituyó.


No hay comentarios:
Publicar un comentario