jueves, 5 de noviembre de 2026

Correr: El Emil Zátopek de Jean Echenoz

 

 


Tanto la zancada de Emil Zátopek como la frase de Jean Echenoz respiran con naturalidad. Lo mismo sucede con la lectura del libro Correr del autor francés. Zátopek corría de forma tan natural, es decir, tan conforme a su fisiología que no le valía ningún otro sistema asignado previamente. Durante muchos años fue el mejor corredor de fondo del mundo con récords en varias especialidades, entre ellas las que mejor se le adaptaban como los 5.000 los 10.000 y la maratón. 

 

Jean Echenoz escribe las páginas justas, 144, tanto en su versión francesa como en la española, para contarnos no tanto la historia como el impulso espontáneo, no preparado, de correr que tenía el medio y gran fondista checo. Zátopek entrenaba conteniendo la respiración; Echenoz escribe conteniendo el impulso de todo escritor a desbordarse más allá de la vida.

 

Jean Echenoz no ha dejado de escribir como si respirara a lo largo de su carrera literaria. Las páginas justas que el lector necesita para comprender la pequeña historia que todo hombre lleva dentro. En sus novelas más conocidas se mantuvo fiel: Ravel (2007) – 128 páginas; 14 (2013) – 104 páginas. De las 16 novelas que tengo contabilizadas, solo en seis pasa brevemente de las 200 páginas.

 

Emil Zátopek dio el do de pecho, como el mejor tenor en el mejor escenario, en las Olimpiadas de Helsinki donde se llevó las tres medallas que coronan a un corredor de fondo: en los 5.000, en los 10.000 y en el maratón. 

 

La prosa de Jean Echenoz sigue respirando cuando Zátopek, en los olímpicos de Melbourne, entra en declive, porque el fondista sigue corriendo y enseñando a correr, hasta que con la Primavera de Praga la figura pública de Zátopek se apaga al implicarse políticamente defendiendo el reformismo de Alexander Dubček, cuando los tanques soviéticos irrumpen en Praga para abortar el experimento del socialismo con rostro humano.

 

Echenoz culminó su peripecia literaria de escribir como se respira con Ravel. De forma parecida al fondista checo, el compositor francés triunfa con el Bolero y después entra en declive. Es difícil saber y aceptar cuándo comienza tu declive. Esa madurez difícilmente uno la aprende. Suelen ser otros quienes se dan cuenta: no recuerda las notas, balbucea, olvida las palabras, un cuerpo que no le responde. Piensan, ese es tu Himalaya, hasta ahí has llegado, confórmate.

 

Quién no querría ser Zátopek en Helsinki, quién no querría ser Ravel en el Bolero, quién no querría escribir como Echenoz en Correr. La naturaleza nos ha puesto límites. Hasta aquí. Pero justamente el límite es el que queremos desbordar, por eso corremos, escribimos o componemos hasta alcanzar el Himalaya. En ese momento nuestra caja torácica se expande hasta explotar. Puede que finalmente comprendamos, puede que no, que, hasta ahí, que ya no damos más de si y que volvemos al polvo que nos constituyó.

 


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