El sórdido mundo de la prostitución. Mujeres jóvenes,
algunas madres con hijos, incluso menores, algunas reclutadas con engaños,
otras de forma voluntaria por necesidad, todas explotadas sexualmente, forzadas
a trabajar en horarios extenuantes, con los pasaportes retenidos hasta pagar
una supuesta deuda contraída por el hecho de venir a España desde sus países
(Brasil, Colombia, Rumanía), una deuda que se incrementa a diario por las
causas más inverosímiles: pagar a un médico y a un abogado, pagar las sábanas
que utilizan en el oficio, la comida, la cama, los gastos más comunes.
No sé si fue la época dorada de la prostitución en
España, la de los clubs de carretera en los años 90 y 2000, pero esa es la que
la serie El castillo refleja. La época de los grandes prostíbulos en la
costa levantina y en la frontera con Francia. Chulos de rostro y maneras
patibularias convertidos en empresarios del sexo, que se asociaron en limpias
organizaciones con abogados que blanqueaban sus negocios, en ambigua relación
con policías y concejales.
Una época en la que la sociedad no veía con malos ojos
la prostitución: los novelistas alardeaban de sus servicios en las llamadas
novelas de aprendizaje, aquella vez en que un tío los inició, cuando el
adolescente perdía el miedo ante una mujer mayor ‘servicial’ y ‘cariñosa’, la
época en que las mujeres de la vida, como se decía entonces, se ofrecían en los
arcenes de la carretera a cualquiera que parase el coche para hacer un trato de
sexo a cambio de varios billetes de mil pesetas.
Durante las dos últimas décadas la sociedad ha dado un
giro moral en muchas cosas. Entre ellas el sexo comercial que ahora se ve
sucio. El castillo es una serie reciente de Movistar. Para mostrar la
sordidez que asocia al sexo - esa es la perspectiva - adopta los estilemas del falso
documental, como si una cámara oculta rastrease un mundo que se aparta de la
luz, como si los actores - chicas prostituidas, proxenetas, policías, puteros -
no fuesen profesionales sino cogidos por sorpresa en sus oscuros negocios, como
si los escenarios no hubiesen sido preparados, como si las charlas, la
violencia implícita y explícita, la trata, la sórdida cotidianeidad hubiese
sido captada in situ. Hasta el grano de la filmación difiere de la limpia
imagen digital de las grandes series.
La idea es buena, pero llevarla a la práctica es otra
cosa. A menudo la espontaneidad de los actores chirría, solo unos pocos saben
simular (notablemente Raúl Arévalo y Valentina Vidal). En algunos casos, se
lleva tan al límite que ofende a la vista, especialmente en el último capítulo
en el inverosímil personaje de la jueza. Pero ya digo que la idea es buena. Lo
que sucede con este tipo de series, ya sean documentales o de ficción, es que
siempre llegan tarde: las buenas series y películas son aquellas que permiten
al espectador enjuiciar la realidad del presente, pero para eso se necesita
valentía.



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