lunes, 5 de octubre de 2026

6. El lago Van: urarteos, caucásicos y armenios

 


Tras una noche tormentosa que nos impidió dar un paseo por el lago que da nombre a la ciudad el sol luce a rabiar. El problema de dormir una sola noche en cada lugar - se escogen estos lugares por su relevancia histórica o geográfica - es que no da tiempo a disfrutarlos. Después de desayunar, doy una vuelta alrededor del hotel: en la trasera una terraza, el lago, una cadena montañosa al fondo, en el altiplano armenio, y en medio el Süphan, 4058 m, la cima blanca. Por muy poco se nos pasa esta extraordinaria vista. Una panorámica limpia, inesperada, bella.

Urarteos




El lago de Van es la geografía y la historia que hoy nos toca. Turquía tiene 1300 sitios arqueológicos. Hoy vemos uno de los más antiguos, del reino de Urartu (en la Biblia, reino de Ararat), una civilización de la Edad del Hierro (siglos IX y VI a. C.) que dominaba la metalurgia, la arquitectura en piedra y la ingeniería hidráulica. Sus límites territoriales, el espacio que marca los tres lagos que Armenia considera parte de la Armenia histórica: el lago Van (epicentro del reino), el lago Urmia (en Irán) y el lago Sevan (en Armenia). La region estaba protegida contra enemigos externos, los asirios, por un relieve accidentado en el que destacan tres cimas: el monte Ararat, el monte Nemrut y el Süphan.



Visitamos su capital (Tushpa), junto a lla Ciudadela de Van, una fortaleza tallada en roca con inscripciones cuneiformes y tumbas reales. El rey Menua (c. 800 a. C.) construyó el Canal de Menua (o Canal de Shamiram): un acueducto de piedra de más de 50 km que traía agua dulce desde las montañas lejanas hasta Tushpa. Sorprendentemente, tramos de esta obra de ingeniería siguen en uso hoy en día. Solo 13 personas en el mundo conocen, leen y escriben el idioma urarteo, entre ellos el guardián del principal asentamiento. Los medos pusieron fin a su reinado.




Hay fortificaciones similares en todo el reino de Urartu, excavadas en laderas y afloramientos en Armenia, Turquía e Irán. Por aquí pasaron los medos, aqueménidas, armenios, partos, romanos, persas sasánidas, bizantinos, árabes, selyúcidas, safávidas, afsáridas, otomanos y rusos que controlaron la fortaleza en un momento u otro. 




La inscripción más famosa de la ciudadela, o al menos la que se conserva, es la que hizo tallar en un lugar casi inaccesible de la roca Darío en el siglo V a. C. y acabó Jerjes tras suceder a su padre. Se grabó en escritura cuneiforme en tres idiomas: persa antiguo, elamita y Babilonio (Acadio). Es una fórmula imperial que glorifica la divinidad Ahura Mazda, establece la legitimidad del rey y rinde homenaje a su padre. Fragmento:


"Yo soy Jerjes, el gran rey, rey de reyes, rey de países de muchas razas, rey de esta gran tierra a lo largo y a lo ancho, hijo del rey Darío, un Aqueménida".


La novia tribal




Para amenizar los muchos kilómetros que hacemos en bus, Ugur nos cuenta esta historia. Habla de una tribu caucasita - pero podría ser de los Safi (o Safi-khel) -, una tribu tradicional de origen kurdo y chiíta, fronteriza con Turquía, Irán e Irak, existe la tradición de compensar a la familia de la novia con un regalo matrimonial obligatorio que entrega el novio que garantice el futuro de la novia. Se conoce como Mahr (dote del novio). Los ancianos de la tribu acordaban fijar la dote en base a un porcentaje del peso físico de la novia. El cálculo era sobre el 10%: Si la novia pesaba, por ejemplo, 50 kilos, el 10% de su peso equivalía a 5 kilos de oro. Si el marido se divorciaba sin una causa, la mujer conservaba íntegramente este patrimonio en oro.


Se dice que ante la imposibilidad de reunir tal cantidad de oro, los novios huían lejos de la aldea, consumaban y al cabo de un tiempo volvían para ser perdonados. En vez del oro acordaban un equivalente negociado en cabezas de ganado, tierras o plata. Si no había acuerdo la novia tenía todo que perder.


Akdamar




Nos acercamos en barco a Akdamar, una pequeña isla en el lago Van, el lago que los armenios reclaman como propio, pero que la historia les ha arrebatado. El agua intensamente azul se agita levemente. En los bordes se va elevando el terreno hasta que por detrás aparecen bloques montañosos con algunos picos nevados. El día luminoso intensifica el colorido ocre y el verde de la vegetación que lo va salpicando, las oscuras moles montañosas y las nubes que se arraciman en lo alto de los picos sin que lleguemos a ver la nieve. El sol y la ligera brisa se contrarrestan, calor y fresco al mismo tiempo. 




Una barcaza turística cubierta nos trae y nos lleva a la isla. En el restaurante de la misma empresa que la barcaza ofrecen el único pez que habita el lago, de la familia de las carpas, el lisa de perla o mújol de perla. También la típica carne de ternera ensartada en pinchos. Eso sí, a unos precios que casi duplican lo que se ofrece en el resto del territorio.




La isla alberga la Iglesia armenia de la Santa Cruz (915-921). Todos coincidimos en que es una joya. Fue encargada por el rey Gagik I Artsruni - que aparece en un relieve humillado ante Dios - y diseñada por un arquitecto escultor, Manuel. La mano de Manuel se ve en los bajorrelieves bíblicos exteriores, ciclos del Antiguo Testamento, tallados directamente sobre piedra volcánica (toba), pero sobre todo en la concepción de la Iglesia como una gran escultura exenta. En el interior pinturas abocetadas ,- casi han desaparecido los tonos pictóricos - representan escenas del Nuevo testamento. En lo más alto de la cúpula, una cruz de buen tamaño recuerda la identidad de quienes la construyeron.




La iglesia era parte de un complejo palaciego y monástico, del cual el templo de la Santa Cruz es la única estructura superviviente. El poder armenio sobre la región duró 113 años, con capital en Van, bajo el nombren de Reino de Vaspuracán, en torno al año mil. El resto del tiempo estuvo bajo dominio bizantino, selyúcida, mongol y otomano, aunque la Iglesia armenia mantuvo el control administrativo, cultural y espiritual directo sobre la isla durante 800 años. Todo terminó en 1915.


El viaje hasta Diyarbakir se hace largo y somnoliento, tanto que después de la cena no apetece salir a dar un paseo. Algunos lo hacen, taxi mediante.




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