Pongámonos
en Trump presidente (cuánto me cuesta anteponer el cargo y el honor del cargo
delante de este individuo). Pongámonos mejor en Trump expresidente, cuando lo
sea. Habrá perdido las prerrogativas del cargo, aunque no todas. Tendrá un
grave problema porque hay varias causas pendientes contra él. Las de la primera
presidencia y las de la segunda presidencia. Entre ellas el asalto al Congreso.
Ahora, la de información privilegiada, para él y su familia (sus hijos, su
yerno, no se sabe si Melania se ha aprovechado de información privilegiada, el
staff que lo rodea), para aumentar el valor de sus acciones comprando y
vendiendo cuando sabía o sabían lo que había de ocurrir. Además, se ha metido
en una guerra que no podía ganar, que se puede decir que ha perdido, sin
autorización del Congreso. El proceso será largo, pero probablemente será
condenado, si no se muere antes o le afecta la demencia.
Cualquiera
que haya seguido su trayectoria política se sorprende que un hombre con un
discurso tan desarticulado, con una sintaxis tan simple en su expresión, con
desprecio e insulto a sus rivales, también a sus aliados, haya llegado tan
lejos.
El sentir vergüenza ajena no es simplemente un reflejo
físico derivado de la incomodidad o el asco. También implica una mezcla de
compasión y empatía. Sientes vergüenza ajena cuando el hijo de alguien se
equivoca al recitar su papel en una obra del colegio. Sientes vergüenza ajena
por un cónyuge que intenta calmar a su pareja, que está muy borracha y se
muestra agresiva, en una cena con amigos. Sientes vergüenza ajena cuando te
sientes implicado, aunque solo sea como ser humano, cada vez que alguien humilla
a quienes le rodean, incluso cuando ellos son los últimos en darse cuenta. Así
es como me sentí por Jill Biden la noche de la debacle de su marido en el
debate.
Vivir como estadounidense consciente en la era de Trump
es vivir en una vergüenza constante: moral, estética, intelectual y política.
Si el Gobierno fuera el guion de una obra de teatro o de una película, no sería
ni una farsa ni una tragedia, sino más bien una especie de parodia absurda, una
mezcla de «Esperando a Godot», «Pulp Fiction» y «Dos tontos muy tontos».
La
sorpresa principal no viene, sin embargo, de la personalidad de Trump, el mundo
de la política está lleno de individuos semejantes, sino de sus votantes. ¿Qué
dice de nosotros? Un montón de preguntas que hacer sobre este fenómeno. ¿Se
debe a la mala educación? ¿Los votantes estamos tan ideologizados que somos
ciegos a cualquier información? ¿O estamos tan sumidos en nuestros asuntos que nos
importa un bledo la política? La calidad del sistema educativo, la
profesionalidad de los periodistas, la transmisión de valores en la familia, en
la escuela, en los medios sociales. Un 33%, dice una información, seguirían
votándolo a pesar de todo. Trump dijo en una ocasión que si asesinara a alguien
en la quinta avenida aún le seguirían votando.
Mutatis
mutandis, ya tú sabes.

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