lunes, 15 de junio de 2026

La bola (Jot Down)

 


Estos días me he entretenido con un libro, La bola, y lo que se ha escrito alrededor, en general, textos almibarados y laudatorios, unos y, otros, los críticos, obedeciendo a un periodismo tan relamido como demodé. El autor escribe sobre la fascinación que muchos jóvenes escritores sintieron por un personaje que les atraía pero que se les escapaba, una mujer de Santa Pola se supo después. Quizá agorafóbica, para encandilarlos les enviaba fotografías de una mujer en bragas y lencería fina, que no era ella; se valía, como fotógrafa, de su peluquera, para hacerse pasar por ella. El objetivo era que escribiesen en una revista nueva que enfatizaba lo estético por encima de lo verdadero, si tal distinción es posible. 

 

Durante un tiempo Jot Down, la revista, fue ese tipo de producto cultural que uno asocia a lo novedoso y moderno. Se habló del New Yorker español. Muchos de quienes aceptaron la invitación lo hicieron gratis con tal de aparecer en la revista de moda. Provenían de los entonces - años 2000 - novedosos foros de Internet donde se dieron a conocer, por ejemplo, El Aerópago, donde aquella mujer aparecía como Shizuka, o de los comentarios en el blog de Arcadi Espada, Diarios. Escribían sobre cualquier tema, ciencia, temas culturales, cine, deportes y entrevistas. Como la revista nació en Internet, los textos eran largos, sin limitación. 

 

El momento de gloria de Jot Down, si hemos de seguir el hilo de La bola, fue cuando Mar de Marchis - ese era el nom de plume con que esos jóvenes escritores la conocieron - consiguió llegar a un trato con Prisa (Juan Luis Cebrián o Manuel Mirat) para entregar un ejemplar mensual de la revista con El País dominical. Un acuerdo que duró tres años – entre 2015 y 2019 - y sirvió de ayuda financiera a una revista que nació con pocos recursos. Ahora la revista languidece en Internet. (El enlace lleva al punto de vista editorial de Jot Down sobre La bola)

 


La bola tiene interés para lector mientras mantiene la fascinación por un personaje que la mayoría desconoce. El libro no es una novela, tampoco una biografía, ni siquiera un ensayo, sino una especie de crónica alargada sobre ese momento de fascinación que atrajo como una candela a moscas en busca de miel. Una narración basada en hechos reales, anuncia: cómo una mujer desconocida, con las armas de una voz susurrante al otro lado del teléfono y un teclado y fotografías robadas a su peluquera, consiguió encandilar a un grupo de jóvenes ardientes, seducidos por la promesa de sexo y nominación (lo que Mar ofrecía, pero no para sí).

 

Cuando llega al punto en que El confidencial y Vanity Fair desvelaron el nombre que se ocultaba detrás de Mar de Marchis, la fascinación se hace añicos como también decae el interés que estaba despertando la lectura. Entonces la realidad se apodera del relato y devuelve al personaje a la banalidad (soledad, enfermedad, muerte), la de cualquiera, tras el breve fulgor de caballo desbocado que cada uno había creído que era el vivir. La primera parte parece escrita a dos manos. La del autor, Daniel Verdú, vecino alicantino del personaje, y la de Enric González, que si damos crédito a lo que leemos fue quien más intimó con María Jesús Marhuenda Irastorza. Lo que sigue al desvelamiento parece escrito por alguien que ha perdido todo interés por el personaje o que no se ha esforzado lo suficiente para seguir más allá. Otra versión aparece en este enlace.

 

Durante al menos la mitad de nuestra vida nos fascinan los personajes de novela, primero los aventureros, más tarde los románticos envueltos en apasionadas historias de amor, después los constructores de imperios militares, políticos o empresariales. Experimentamos en nuestra imaginación con distintos tipos de héroes a los que nos gustaría parecernos. Por eso leemos novelas. Durante el último tercio de nuestra vida, tras un breve periodo de atracción por la figura del antihéroe, lo que nos interesa son los temas asociados a las preguntas básicas. Al acercarnos al final nos interrogamos sobre la muerte y quizá sobre nuestra huella. Por eso leemos biografías de científicos u hombres notables o ensayos que nos acercan a la filosofía y, puede que al final, busquemos la luz que las religiones prometen. En fin.




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