Los seres humanos nos miramos obsesivamente los unos a
los otros para decidir qué queremos.
Cómo
se construye la personalidad social. No somos en solitario, aunque nuestro
destino lo sea - nadie nos acompaña en el viaje definitivo -, pero mientras
vivimos formamos parte de redes sociales. Somos seres sociales, vivimos
acompañados. Pierre Bourdie – La distinción (1979)- cree que estamos
marcados por el medio - la clase - en el que hemos crecido: nuestros gustos,
nuestros hábitos, deseos y conductas. Lo más duro de aceptar: es difícil, casi
imposible, saltar a otro estrato social. Aunque tengamos dinero y una buena
escuela, los límites de nuestro conocimiento y acción están predeterminados por
lo que se espera de nosotros y por los límites de nuestro mundo que hemos
aprendido a no transgredir. El libro de Bourdieu se puede leer con gran provecho en cómic.
Las
normas, los modelos, los establecen quiénes no están sujetos a la necesidad,
quienes tienen la libertad de abrir caminos porque para ellos la novedad no
supone ningún coste. Las clases inferiores están encerradas en el círculo de la
subsistencia, unas, y en lo admisible, otras. Las clases medias, que han
asumido el orden social como natural, son los clientes perfectos para los
bancos, las empresas y el gobierno.
Una
década antes que Bourdieu, René Girard - Mentira romántica y verdad
novelesca (1961) – argumentó, basándose en estudios de la gran novela
europea, que la personalidad social se organizaba en torno al deseo mimético.
Nuestras aspiraciones, gustos y deseos buscan modelos que imitar. El deseo
humano no es lineal, sino triangular: necesitamos un modelo que nos diga qué
vale la pena querer. Así se forma el triángulo mimético: nosotros, sujetos
deseantes; el objeto deseado; el mediador o modelo, que da valor al objeto poseyéndolo,
exhibiendo su posesión.
Si
son modelos lejanos a nuestro círculo generan conductas positivas,
desangustiadas, pero si son cercanos generan conflictos: poseer el cochazo del
vecino o su mujer. Contemplar el tren de vida de Elon Musk o Bad Bunny no
interfiere en la vida de nuestros deseos, pero envidiamos el éxito profesional
de un compañero de pupitre, verlo nos altera. Al imitar el deseo del vecino,
compañero de trabajo o amigo, al desear el mismo objeto indivisible (el mismo
puesto, la misma pareja, el mismo estatus), la admiración original se convierte
en envidia, celos y resentimiento. La cultura humana, los mitos antiguos y los
sistemas de leyes nacen para contener esa violencia contagiosa que el propio
deseo mimético genera inevitablemente.
Bourdieu
fundamentaba sus cabildeos en la sociología y en la estadística. Existe el
ascensor social, pero afecta a unos pocos. La mayoría queda atrapada en sus
círculos de pertenencia, en su clase social. El deseo de imitación es un
mecanismo de poder, clase y supervivencia social.
Girard
basaba sus intuiciones en análisis más abstractos, la comparativa
novelística.
La
neurociencia ha corroborado esos estudios. La dopamina alienta el deseo, la
posibilidad de conseguir realizar nuestras aspiraciones. Nos procura más placer
la posibilidad cercana de tener acceso sexual a la mujer que deseamos
(dopamina) que el hecho mismo de yacer con ella (endorfinas). El reciente
descubrimiento de las neuronas espejo da cuenta de la estrecha relación entre
lo que deseamos y las personas a las que admiramos o con quienes empatizamos.
En
todo caso, estar determinados por el deseo o la imitación hace de nosotros
animales acorralados por la alienación: angustiados, estresados, infelices.
Cómo salir del círculo carcelario del deseo. Hemos de acudir a las filosofías
morales como el budismo el estoicismo, el cristianismo para domesticar el
deseo.
Aplicado
al contexto geopolítico, en las sociedades tribales el deseo frustrado generaba
la búsqueda de un enemigo en el que descargar nuestra frustración. La sociedad,
según Girard, se unificaba contra del chivo expiatorio. En las sociedades
complejas en las que vivimos, multiculturales en vez de tribales, la
unificación se hace en los extremos. El chivo expiatorio es para unos Trump o
Sánchez, demonio encarnado, para otros es el héroe, lo que lleva a la actual polarización.

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