miércoles, 3 de junio de 2026

Desear

 


 

Los seres humanos nos miramos obsesivamente los unos a los otros para decidir qué queremos.

 

Cómo se construye la personalidad social. No somos en solitario, aunque nuestro destino lo sea - nadie nos acompaña en el viaje definitivo -, pero mientras vivimos formamos parte de redes sociales. Somos seres sociales, vivimos acompañados. Pierre Bourdie – La distinción (1979)- cree que estamos marcados por el medio - la clase - en el que hemos crecido: nuestros gustos, nuestros hábitos, deseos y conductas. Lo más duro de aceptar: es difícil, casi imposible, saltar a otro estrato social. Aunque tengamos dinero y una buena escuela, los límites de nuestro conocimiento y acción están predeterminados por lo que se espera de nosotros y por los límites de nuestro mundo que hemos aprendido a no transgredir. El libro de Bourdieu se puede leer con gran provecho en cómic.

 

Las normas, los modelos, los establecen quiénes no están sujetos a la necesidad, quienes tienen la libertad de abrir caminos porque para ellos la novedad no supone ningún coste. Las clases inferiores están encerradas en el círculo de la subsistencia, unas, y en lo admisible, otras. Las clases medias, que han asumido el orden social como natural, son los clientes perfectos para los bancos, las empresas y el gobierno. 

 


Una década antes que Bourdieu, René Girard - Mentira romántica y verdad novelesca (1961) – argumentó, basándose en estudios de la gran novela europea, que la personalidad social se organizaba en torno al deseo mimético. Nuestras aspiraciones, gustos y deseos buscan modelos que imitar. El deseo humano no es lineal, sino triangular: necesitamos un modelo que nos diga qué vale la pena querer. Así se forma el triángulo mimético: nosotros, sujetos deseantes; el objeto deseado; el mediador o modelo, que da valor al objeto poseyéndolo, exhibiendo su posesión.

 

Si son modelos lejanos a nuestro círculo generan conductas positivas, desangustiadas, pero si son cercanos generan conflictos: poseer el cochazo del vecino o su mujer. Contemplar el tren de vida de Elon Musk o Bad Bunny no interfiere en la vida de nuestros deseos, pero envidiamos el éxito profesional de un compañero de pupitre, verlo nos altera. Al imitar el deseo del vecino, compañero de trabajo o amigo, al desear el mismo objeto indivisible (el mismo puesto, la misma pareja, el mismo estatus), la admiración original se convierte en envidia, celos y resentimiento. La cultura humana, los mitos antiguos y los sistemas de leyes nacen para contener esa violencia contagiosa que el propio deseo mimético genera inevitablemente.

 

Bourdieu fundamentaba sus cabildeos en la sociología y en la estadística. Existe el ascensor social, pero afecta a unos pocos. La mayoría queda atrapada en sus círculos de pertenencia, en su clase social. El deseo de imitación es un mecanismo de poder, clase y supervivencia social.

Girard basaba sus intuiciones en análisis más abstractos, la comparativa novelística. 

 

La neurociencia ha corroborado esos estudios. La dopamina alienta el deseo, la posibilidad de conseguir realizar nuestras aspiraciones. Nos procura más placer la posibilidad cercana de tener acceso sexual a la mujer que deseamos (dopamina) que el hecho mismo de yacer con ella (endorfinas). El reciente descubrimiento de las neuronas espejo da cuenta de la estrecha relación entre lo que deseamos y las personas a las que admiramos o con quienes empatizamos.

 

En todo caso, estar determinados por el deseo o la imitación hace de nosotros animales acorralados por la alienación: angustiados, estresados, infelices. Cómo salir del círculo carcelario del deseo. Hemos de acudir a las filosofías morales como el budismo el estoicismo, el cristianismo para domesticar el deseo.

 

Aplicado al contexto geopolítico, en las sociedades tribales el deseo frustrado generaba la búsqueda de un enemigo en el que descargar nuestra frustración. La sociedad, según Girard, se unificaba contra del chivo expiatorio. En las sociedades complejas en las que vivimos, multiculturales en vez de tribales, la unificación se hace en los extremos. El chivo expiatorio es para unos Trump o Sánchez, demonio encarnado, para otros es el héroe, lo que lleva a la actual polarización. 

 


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