martes, 5 de mayo de 2026

Esa voz

 

 


Algunos lo recordarán. Después de la comida, la mesa redonda, el tapete verde, las cartas con el paso del tiempo pegado en sus bordes, las copas y la botella de Soberano, la espiral de humo expulsada de los pulmones y adensándose por encima de las cabezas, el olor acre de los caliqueños, las mujeres ausentes, salvo quizá quien servía las copas, algunos niños de pie, alrededor, mirando con curiosidad la mano de cartas, hasta que la conversación subía de tono y alguien los desplazaba fuera diciendo que aquello no era cosa de niños. Esa estampa de otro tiempo todavía se puede encontrar en locales viejunos de los arrabales de la ciudad o en pequeñas poblaciones en las que solo se detiene el Alsa si un viajero lo pide.

 

Durante décadas ha sido la forma estandarizada de ocio para muchos hombres, hombres que solo apreciaban la compañía de otros hombres en un juego que les validaba como tales, y donde los niños por imitación aprendían a comportarse. Ese instinto de camaradería, el aprecio mutuo y las pequeñas o grandes humillaciones que comportaba el juego ha ido desplazándose y ascendiendo a medida que aumentaba el nivel de vida hacia barrios más céntricos y locales más exclusivos donde los niños ya no son admitidos, pero sí la compañía femenina, no como sirvientas o camareras sino como damas de compañía.

 

Había una voz cazallosa que por su tono áspero y ronco se elevaba fácilmente por encima de las demás. Solía rematar un chiste con una carcajada sonora o si no era suyo con una frase soez que invitaba a las risas. El resto de las voces, las melifluas y las menos rasposas, no podían competir. A ese hombre, en cuanto el Soberano le calentaba la boca, las palabras le llegaban con facilidad, se hacía con la conversación y daba juego repartiendo las cartas, alentando a unos y acallando a otros, de modo que toda coalición ganadora pasaba por él. Una reputación que al ir creciendo avalaba negocios y construía liderazgos.

 

El poderío de ese hombre estaba en su voz. Si además tenía temple y las palabras las encadenaba con facilidad podía llenar y encandilar auditorios. Tenerlo en el equipo u organizar el equipo en torno a él podía ser la mejor opción. Quién no ha visto hacerse el silencio cuando un hombre así tomaba la palabra. Un poder que seduce a hombres y mujeres por igual (alguien dijo de una mujer y quedó grabado: "El coño se le hacía agua cuando oía a ese hombre"), el mejor abrigo para el invierno, las bermudas más sueltas para el calor.

 

Se diría que un hombre así solo puede ser de derechas, tal como la caricatura lo describe. Cuadra con la imagen del patriarca que en los últimos años se ha levantado como monigote para poder asaetearle mejor. Toda una generación lo ha puesto en una diana para lanzar sus flechas contra él. Y, sin embargo, caído en desgracia como está, cuando se le pone un micrófono delante, y cámaras, todos, hasta la autoridad moral que le juzga, callan ante el poderío de su voz, seducidos todos por el mal que no lo parece.

 


No hay comentarios: